Podemos argumentar, sin temor a equivocarnos, que la mayoría preferimos que nos presenten un Evangelio de gozo, paz y perdón, sin mención alguna del sufrimiento. Preferimos hablar de pajaritos volando por el campo, antes que hablar de cargar la cruz.

Se nos olvida que el pecado requiere purificación, y sin ella es imposible que haya vida nueva en Cristo. A esto llamamos morir a la vieja vida.
Por eso, cuando decidimos seguir a Jesús, somos transformados en nuestro interior. Cuando rechazamos el pecado, crece en nosotros la alegría y la paz interior.
De la misma manera, cuando rechazamos a Jesús, no sólo perdemos la paz, sino que nos dará trabajo ver sus obras en nuestras vidas y escuchar su voz. Entonces habrá división en las familias y parece que no es posible seguirlo.
Dice el Evangelio de hoy, San Lucas 12, 49-53: «¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división.» Palabras fuertes.
Hermanos, para amar a Jesús, para seguirlo y escucharlo, tenemos primero que conocerlo. Y para conocerlo íntimamente debemos buscarlo en la oración, la Palabra y los Sacramentos. Cuando mantenemos este tipo de intimidad con Él, es que comenzamos a entender el mensaje del Evangelio. Antes de eso, sólo creemos que entendemos.
Ahí, en intimidad con Él, es cuando todas las ideas, creencias y opiniones habrán perdido fuerza ante la Verdad, que es Cristo. Y todo comienza a hacer sentido.
Cuando nos hacemos pequeños como niños, cuando ponemos toda nuestra confianza en Él, es cuando llega a iluminar nuestras vidas y a llenarnos de su paz y esperanza.
Dice el Salmo 39: «Me levantó de la fosa fatal, de la charca fangosa; afianzó mis pies sobre roca, y aseguró mis pasos.»
Deja que Jesús te enamore con su Palabra.
¡Adelante con fe!
Diácono Richie

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