“Cualquiera que sea la carga que nos imponga, Cristo mismo la lleva con nosotros. Él no nos impone un yugo para aplastarnos, sino para mantenernos unidos a Él” (San Agustín de Hipona).

Sentirse cansado y agobiado es parte de la vida. Ahora bien, podemos hacerlo sin Jesús o junto a Él y, por tanto, terminar descansando en Él. Si meditamos sobre esto, nos daremos cuenta de que, en el fondo, no sabemos descansar bien en Jesús, por eso nos sentimos tan cansados.
Hermosa promesa de Jesús, en el Evangelio de hoy, tomado de San Mateo 11, 25-30: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré».
¡Qué gran noticia! ¡Jesús me recibe, así como esté! Me invita a acercarme a Él, sin esperanzas baratas, sino que me ofrece su corazón.
Decía San Juan Crisóstomo: “No llama a este o a aquel, sino a todos los que están fatigados, a los que están en el dolor, a los que están en el pecado. Y no viene a castigarlos, sino a perdonar sus pecados y darles el verdadero descanso”.
Dice también el Evangelio: «Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón».
El llamado es a acudir a Jesús con humildad. La humildad de María, la humildad del leproso, la humildad de muchos otros en las Escrituras. Más que pedir y pedir, le presento mis necesidades y que Él decida lo que me conviene. Eso es confianza, eso es humildad.
Decía Santa Teresita de Lisieux: “Cuando me siento abrumada por mis propias imperfecciones, me acuerdo de sus palabras. Ir a Él no requiere ser perfecto, sino estar cansado y necesitar de su amor”.
Aquí estoy, Señor, después de las pruebas de esta semana, preparado para una nueva y más profunda aventura contigo. No me sueltes, que te necesito.
¡Adelante con fe!
Diácono Richie

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