Por el respeto de la vida humana

París, 1958. Un médico joven se inclina sobre el microscopio y cuenta cromosomas. Donde debería haber cuarenta y seis, hay cuarenta y siete. Acaba de descubrir la causa del síndrome de Down: un cromosoma de más en el par 21. Es la primera vez en la historia que se identifica el origen genético de un síndrome, y ese hallazgo convertirá a Jérôme Lejeune en el padre de la genética moderna.

Por el respeto de la vida humana

Lejeune comprendió enseguida que su descubrimiento podía usarse de dos maneras opuestas. Una: investigar para sanar, para aliviar la vida de esos niños que tanto amaba. Otra: detectar a tiempo a los que venían “distintos” y eliminarlos antes de nacer. El mundo se inclinó por la segunda. Y Lejeune, que pudo quedarse cómodamente con el aplauso del mundo científico, gastó el resto de su vida en defender a los suyos. A ese descarte silencioso lo llamó por su nombre: “racismo cromosómico”. Y a su oficio lo definía con una frase que lo retrata entero: “La medicina es el odio a la enfermedad y el amor al enfermo”.

Me acordé de Lejeune al leer la intención que el Papa León XIV nos confía para este mes de julio:

Por el respeto de la vida humana
Oremos por el respeto y la protección de la vida humana en todas sus etapas, reconociéndola como un don de Dios.

Un don. Esa sola palabra lo cambia todo.

Una cosa es mirar la vida como un producto —algo que se fabrica, se evalúa y se acepta o se descarta según cumpla ciertos requisitos— y otra muy distinta es recibirla como un regalo. El regalo se acoge entero, con todo lo que trae.

El salmo 139 lo canta con ternura: «Porque tú has formado mi cuerpo, me has tejido en el vientre de mi madre» (Sal 139,13). Y unos versículos más adelante, una palabra que a un genetista le habría arrancado una sonrisa: «Mi embrión veían tus ojos» (Sal 139,16). Antes de que ninguna prueba de laboratorio pudiera ver nada, los ojos de Dios ya contemplaban con amor a ese niño que comenzaba a formarse. La vida humana es mirada por Dios desde el primer instante. Tejida por Él. Querida por Él.

El Papa León XIV hablaba de esto hace unos días. El pasado 22 de junio recibió en el Vaticano a la Fundación Lejeune, con motivo del centenario del nacimiento del genetista, y advirtió que “ningún médico debería permitirse jamás, basándose en algoritmos de laboratorio, decidir sobre la vida de un embrión o de una persona anciana”. Esa sola frase resume toda la intención de julio: el comienzo y el final, el embrión y el anciano, la vida entera. Y añadió algo que convendría que grabáramos en nuestras conciencias: “el valor de la persona no depende de lo que realiza o produce”.

Esto vale para el niño que aún no nace y para el abuelo que ya olvidó nuestro nombre. Vale para el enfermo terminal y para el que nació distinto. La dignidad se recibe con la vida y dura lo que dura la vida. Santa Teresa de Calcuta lo dijo al recibir el Premio Nobel de la Paz: “El mayor destructor de la paz hoy es el aborto”.

Lejeune vivió todo esto desde la fe. Fue amigo de San Juan Pablo II —que oró ante su tumba en 1997— y fue el primer presidente de la Pontificia Academia para la Vida. A sus pacientes los llamaba “los pobres entre los pobres”, y atendió miles. Murió un Domingo de Resurrección, el 3 de abril de 1994. En 2021 la Iglesia lo declaró Venerable, y este año celebramos el centenario de su nacimiento. Una vida entera puesta al servicio de los más frágiles, por amor a Aquel que vino «para que tengan vida, y la tengan en abundancia» (Jn 10,10).

La Red Mundial de Oración del Papa nos invita cada mes a unir nuestro corazón al del Santo Padre por una necesidad concreta del mundo. Este mes la necesidad tiene rostro: la vida más indefensa, la que no puede defenderse sola. Y la oración, como siempre, pide también manos: acoger en vez de descartar, acompañar en vez de abandonar, cuidar la vida frágil que tenemos cerca —en la familia, en el hospital, en el anciano de la casa de al lado.

Y quizás valga la pena preguntarnos, con honestidad: cuando miro al más débil —al que aún no nace, al que ya no produce, al que nació distinto—, ¿veo un problema que resolver o un don que acoger?

Este mes, yo me uno a la oración del Papa… y te invito a que te unas conmigo.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

Señor de la vida,
Tú nos creaste por amor y nos llamaste a vivir en plenitud.
Cada persona es un don sagrado que refleja tu rostro,
desde el primer instante de su existencia
hasta el último respiro de su camino en la tierra.

Hoy te pedimos la gracia de reconocer y custodiar
el valor único e irrepetible de cada ser humano.
Que aprendamos a acoger la vida sin condiciones,
a sostener con ternura la fragilidad,
a acompañar con respeto cada etapa,
y a defender con valentía a quienes no tienen voz.

Perdónanos, Señor,
cuando caemos en la indiferencia o en la cultura del descarte,
cuando dejamos de ver en el otro a un ser digno de amor.
Danos un corazón nuevo, capaz de elegir siempre la vida,
y manos generosas que la protejan con gestos concretos.

Haz de tu Iglesia un testimonio vivo del Evangelio de la vida,
un hogar abierto donde toda existencia sea celebrada,
donde nadie se sienta sobrante,
y donde la dignidad sea respetada y cuidada siempre.

Señor Jesús,
que amemos la vida como Tú la amas:
con ternura, fidelidad y entrega.
Que sepamos proclamar, con palabras y gestos,
que cada vida humana vale el don total de sí mismo.

Amén.

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