Con poco más de veinte años, Benito le dio la espalda a Roma. Había llegado desde Nursia para estudiar, como cualquier hijo de familia acomodada, pero la ciudad —con su ruido, su relajo, su prisa— le resultó un lugar donde el alma se extraviaba. Así que juntó lo poco que necesitaba y se marchó. Caminó hacia el silencio.

Terminó en Subiaco, en una cueva escondida entre peñascos, a la que todavía hoy llaman el sacro speco, la gruta sagrada. Allí vivió tres años en soledad. Un monje llamado Román, que habitaba cerca, le bajaba el pan atado a una cuerda desde lo alto de la roca. Benito rezaba, ayunaba y, sobre todo, hacía una cosa que en aquel siglo revuelto pocos se detenían a hacer: escuchaba.
Para él, escuchar era lo primero. La Regla que Benito escribiría años después —la única obra suya que ha llegado hasta nosotros— empieza justamente con esa palabra: “Escucha, hijo, los preceptos del maestro e inclina el oído de tu corazón”. Esa palabra venía de lejos. La tomó de un salmo que él mismo cita al comienzo de su Regla: «Venid, hijos, escuchadme» (Sal 34,12).
Aquel silencio que él buscaba para estar a solas con Dios empezó a atraer gente. Primero unos pastores. Después hombres cansados del mismo ruido del que Benito había huido, que querían aprender a vivir de otra manera. Y un día los monjes de un monasterio cercano le pidieron que fuera su abad. Aceptó, y les pidió lo que se pedía a sí mismo. A algunos aquello les pesó tanto que decidieron envenenarlo. San Gregorio Magno, que escribió su vida, cuenta que pusieron veneno en su copa; Benito trazó sobre ella la señal de la cruz, y la copa se hizo pedazos. Volvió a su cueva.
Ya era tarde para esconderse. Los discípulos seguían llegando, y Benito, en el valle del Aniene, organizó una docena de pequeños monasterios, cada uno con su comunidad. Hacia el año 529 subió a lo alto de un monte, a Montecassino, y allí dio forma definitiva a su proyecto y lo puso por escrito. La Regla cabe entera en una idea sencilla: enseñar a buscar a Dios.
Benito llamó a la vida del monje “una escuela del servicio del Señor”. Una escuela, con su horario y su paciencia, donde se aprende poco a poco. Repartió el día entre la oración y el trabajo, en un equilibrio tan sano que con el tiempo se resumió en tres palabras, ora et labora, reza y trabaja. La fórmula es posterior; el espíritu es suyo. Y en cada página de la Regla está el cuidado: a los enfermos, que se les atienda como a Cristo; a los huéspedes, que se les reciba como a Cristo, sobre todo a los pobres y a los peregrinos.
Ese equilibrio salvó más de lo que Benito alcanzó a ver. Cuando el imperio se derrumbaba y Europa quedaba a oscuras, sus monjes fueron los que copiaron los libros, cultivaron la tierra, enseñaron a leer, acogieron al viajero y guardaron encendida una luz que parecía a punto de apagarse. Un continente entero aprendió a vivir en aquellas casas donde la primera palabra era “Escucha”. Siglos después, en 1964, al reconsagrar la abadía de Montecassino —reconstruida sobre las ruinas que dejaron los bombardeos de la guerra—, san Pablo VI lo proclamó Patrono de Europa. Y Benedicto XVI, que tomó su nombre precisamente por él, resumió su vida en una sola expresión: quaerere Deum, buscar a Dios.
Su hermana Escolástica, consagrada también a Dios, vivía cerca. Se veían una vez al año. San Gregorio cuenta que en el último de esos encuentros ella le pidió que se quedara conversando de las cosas del cielo; como Benito quería volver a su monasterio, Escolástica inclinó la cabeza y se puso a rezar, y se desató una tormenta que lo obligó a quedarse. Murió ella tres días después, y Benito vio su alma subir al cielo como una paloma. Poco después le llegó su hora. Pidió que lo llevaran al oratorio, recibió la Eucaristía y, de pie, sostenido por los brazos de sus hermanos, con las manos levantadas hacia el cielo, entregó el alma. Escuchaba todavía.
Vivimos rodeados de ruido —el de la calle y el de dentro, que muchas veces es peor—. Pantallas, prisas, mil voces a la vez. Y la primera palabra de Benito sigue siendo la primera palabra de toda vida de fe: antes de hablarle a Dios, antes de pedirle, antes de entenderlo, escucharlo. A mí me cuesta. Me distraigo, reviso el teléfono, lleno los silencios de palabras. Y cada tanto, pienso en San Benito y las palabras de aquel salmo, y recuerdo que Dios cabe mejor en el silencio que en mi ruido.
Hoy, 11 de julio, la Iglesia celebra su fiesta. Te dejo con la oración que ese día rezamos en la Misa, para pedir la gracia que él vivió:
Señor y Dios nuestro,
que hiciste del abad San Benito
un esclarecido maestro en la escuela del servicio divino,
concédenos que, sin anteponer nada a tu amor,
avancemos con un corazón generoso
por el camino de tus mandamientos.
Por nuestro Señor Jesucristo. Amén.
San Benito, ¡ruega por nosotros!

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