Todo apuntaba a que Jesús no debía ir a Jerusalén, porque las circunstancias no lo favorecían. Dice el Evangelio de hoy (Lucas 9,51-62): «Jesús tomó la firme determinación de emprender el viaje a Jerusalén.»
El Señor estaba convencido de llevar su predicación allí. Sabía que en Jerusalén le esperaba, no sólo la muerte, sino también la vida. Jesús sabía que sin cruz no habría resurrección, ni habría victoria sobre la muerte.
Veámoslo así: La libertad de la resurrección exige la muerte en la cruz. Jesús nos muestra el camino a Jerusalén, donde se encuentra la cruz, para que encontremos la libertad. «Para vivir en libertad, Cristo nos ha liberado» (Gálatas 5,1). El amor lo impulsaba a seguir adelante.
Eres llamado a dejar que el Espíritu Santo transforme tu antigua vida de pecado. Busca ese aspecto de tu vida, que necesite ser transformado, decídete a entregarlo y abraza la cruz. Con confianza, con alegría, pues vas a ganar una vida llena del poder de Dios.
Dile al Señor como en la lectura: «Te seguiré adonde vayas.» La verdad es que no sabemos cuál fue la decisión de ellos, pero sí sabemos cuál debe ser la nuestra.
Por algo nos recuerda el Señor por medio de san Pablo: «Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza» (2 Corintios 12,9).
Yo respondo: Sí, Señor, te seguiré a donde quiera que Tú me lleves.
¡Adelante con fe!
Diácono Richie
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