“Media hora de meditación es esencial, excepto cuando estás muy ocupado; entonces una hora es necesaria.” Esta cita de San Francisco de Sales nos debe llevar a meditar sobre la importancia de la oración en nuestra vida diaria.

Por otro lado, en el Evangelio de hoy, tomado de San Mateo 10, 37-42, dice: «El que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí».
Esto de aceptar la cruz no parece tan atractivo, hasta nos puede parecer contradictorio y sin sentido. Tal vez el egoísmo está muy arraigado en nosotros. Pero recordemos que todo el que desee ser colaborador en el Reino va a enfrentarse a esta lucha diaria.
Hermanos, cuando morimos a nuestros propios deseos, entramos a la vida del Espíritu y, a la misma vez, el poder de Dios se va haciendo presente en nosotros, con una gloria cada vez mayor. La oración es esencial en este proceso. Si quiero crecer espiritualmente, debo dedicarle tiempo de calidad a mi oración diaria.
En una ocasión, alguien me dijo que su abuelo había sido masón. Sabemos que los masones rezan a un “ser supremo”, una especie de arquitecto que crea y deja que las cosas sigan por su cuenta sin cuidarlas. En este caso al que hago referencia, en la casa no se podía hablar de la fe ni de la Iglesia. Esto afectó a su mamá, a ella y hasta a sus hijos. Me compartió que romper ese ciclo le había costado mucho, y reconoció que la oración constante había sido la clave para abrazar aquella cruz que le había tocado vivir.
Lo que Dios nos está pidiendo en el Evangelio de hoy no es nada fácil. Requiere mucha humildad de nuestra parte. Requiere reconocernos frágiles pecadores, pero también hijos amados de Dios. Recordemos que la semana pasada la frase era: «No tengáis miedo».
Señor Jesús, enséñame a negarme a mí mismo para aprender a perder mi vida y ganar la tuya, y así abrir mi corazón a la acción del Espíritu Santo.
¡Adelante con fe!
Diácono Richie

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