Medjugorje: El árbol se conoce por su fruto

Rita Petrozzi tenía diecinueve años cuando entró al convento de las Hermanas de la Caridad, en Turín, y allí pasó veintisiete sirviendo a los pobres. Pudo quedarse tranquila el resto de su vida. Pero por las calles de la ciudad veía muchachos que se dejaban morir de a poco, jeringa tras jeringa, y esos rostros se le clavaron dentro. Después de años de oración, en 1983 dejó la seguridad de su congregación, recibió del ayuntamiento de Saluzzo, en el Piamonte italiano, una casa abandonada en una colina y se metió allí con una docena de drogadictos a empezar de cero. Su “terapia” cabía en tres palabras: oración, trabajo y amistad. Ni metadona ni pastillas. La llamaron Madre Elvira, “la hermana de los drogadictos”.

Medjugorje: El árbol se conoce por su fruto

Esperaba unos cincuenta jóvenes. Llegaron a millares. Hoy la Comunidad del Cenáculo tiene más de setenta casas en una veintena de países, y en cuarenta años ha visto pasar a unas sesenta mil personas de la oscuridad a la vida. Una de sus casas más numerosas está en Medjugorje, a un paso de la colina, llena de muchachos que llegaron muertos por dentro y volvieron a reír. El lema que Madre Elvira eligió para todos ellos es el lema del pueblo entero: “de las tinieblas a la luz”.

Esos jóvenes son el argumento más difícil de rebatir de todo Medjugorje. Se puede discutir sobre las apariciones, los secretos, las fechas. Es mucho más difícil discutir con un muchacho que estaba enterrado en la droga y hoy ríe, trabaja y reza. Jesús dejó dicho cómo distinguir lo verdadero de lo falso: «Por sus frutos los conoceréis» (Mt 7,16). Un árbol que da este fruto no puede estar podrido. Veamos, entonces, qué cosecha ha dado esta tierra.

El confesionario del mundo

Frente a la parroquia de Santiago, una hilera de confesionarios funciona a casi cualquier hora, con sacerdotes que absuelven en decenas de idiomas. Allí vuelven al sacramento personas que llevaban décadas sin confesarse. Lo llaman “el confesionario del mundo”, y la fila de ojos enrojecidos explica la razón mejor que cualquier estadística.

La adoración eucarística

Cae la tarde y miles de peregrinos se arrodillan en silencio ante el Santísimo, a veces durante horas, bajo las estrellas. Lo más llamativo del lugar —lo que dicen ver en la colina— le cede el sitio, mansamente, al Señor escondido en un trozo de Pan. El que entiende eso, ha entendido Medjugorje.

Los grupos de oración

El fruto no se queda en la aldea. El peregrino vuelve a su casa, en España, en Manila, en Puerto Rico o en los Estados Unidos, y trae el fuego consigo: convoca a unos vecinos, abre la Biblia, saca el Rosario, y nace un grupo de oración en una sala de estar. Así, semana tras semana, Medjugorje se reparte por el mundo en miles de pequeñas brasas que surgen después de haber visitado este lugar.

Las vocaciones

Sacerdotes, religiosas, matrimonios sólidos: muchos cuentan que descubrieron su camino allí, subiendo el monte de noche o de rodillas ante el Sagrario. La Iglesia, al estudiar el lugar, tomó nota de esta cosecha de entregas a Dios brotadas a la sombra de la Reina de la Paz.

Las conversiones

Los Latta, que pasaron de millonarios a misioneros. María Vallejo-Nágera, la escritora española que llegó agnóstica y volvió creyente. Y, sobre todo, los anónimos: miles de personas que pasaron de una vida de pecado a un giro radical hacia el Evangelio, sin que su nombre aparezca en ningún titular.

Y los que vienen de lejos

A Medjugorje suben también ortodoxos, musulmanes, curiosos y descreídos. El oasis no pide credenciales en la entrada. Da de beber a todo el que llega con sed, y muchos se van con una sed nueva, la única que de verdad sacia.

Y aquí conviene mirar bien, porque todos estos frutos tienen una sola raíz y un solo nombre. No apuntan a la aldea, ni a los seis videntes —que hace tiempo dejaron de ser el centro—, ni siquiera apuntan a la Virgen, sino a Jesús resucitado, vivo y trabajando hoy en quien se deja tocar. El fruto de Medjugorje es gente que ha vuelto a vivir porque ha vuelto a Cristo. La Madre solo hace lo que hace toda madre buena: llevar a sus hijos al encuentro del Hijo.

A lo largo de estos días hemos recorrido su historia improbable, los hombres y mujeres que se hicieron a un lado para señalar al Señor, las cinco piedritas humildes de su mensaje, y ahora esta cosecha de vidas. Cuatro miradas a una misma cosa: Cristo vivo en medio de un siglo sediento. Madre Elvira se lo dice a sus muchachos —“la muerte no tiene la última palabra”—, y no es casualidad que a sus religiosas las llamara Hermanas Misioneras de la Resurrección.

Por eso hoy terminamos rezando los misterios de la vida que vence a la muerte: los Gloriosos. Cristo resucita, sube al Padre, envía el Espíritu, y al final corona a su Madre como Reina del cielo y de la tierra: la misma que en Medjugorje se presenta como Reina de la Paz. «Yo soy la resurrección y la vida» (Jn 11,25), dijo el Señor; eso es, al fin, todo lo que sus frutos proclaman.

Acompáñame a rezar despacio los Misterios Gloriosos, dando gracias por tanta vida nueva:

  1. La Resurrección del Señor.
  2. La Ascensión del Señor al cielo.
  3. La Venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles.
  4. La Asunción de María a los cielos.
  5. La Coronación de la Santísima Virgen como Reina del cielo y de la tierra.

María, Reina de la Paz, ruega por nosotros.

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