Estamos llamados a seguir reglas, por ejemplo, en los deportes, para que el árbitro no nos llame la atención ni nos descalifique. Seguimos las reglas en la escuela, para que haya un orden, y hasta en el tránsito seguimos reglas, para evitar una multa. Como ven, las motivaciones pueden ser variadas.

Dice en el Evangelio de hoy, tomado de San Juan 14, 15-21: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos». Fíjate que Jesús también nos pide obediencia, pero que lo hagamos por amor.
Jesús nos llama a ser obedientes porque estamos agradecidos de Él y sabemos que el amor que nos ha demostrado es infinito. A veces malinterpretamos el sentido de la obediencia, cuando la realidad es que nos ayuda a mantenernos en el camino correcto.
Dice también la Palabra: «Yo le pediré al Padre que os dé otro Defensor…» Cuando obedecemos los mandatos de Jesús, demostramos que lo amamos y al mismo tiempo, preparamos nuestro corazón para recibir al Espíritu Santo.
No importa dónde estemos en nuestra vida espiritual, debemos esforzarnos por obedecer a Dios y amarlo de todo corazón. Pero, ¿cómo logramos esto? A través de la oración, los sacramentos y siendo dóciles al Espíritu Santo. Pídele y Él te dará la capacidad de ser obediente y te mostrará el camino hacia la santidad.
Ya pronto celebraremos la Solemnidad de Pentecostés, la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles y la Virgen María. Pero antes de recibirlo, debemos ser obedientes, pues los que obedecen a Cristo son los que experimentan la plenitud del Espíritu.
Dice el Papa León XIV: “Obedecer a Dios, en efecto, no es un acto de sumisión que nos oprime o anula nuestra libertad; al contrario, la obediencia a Dios nos hace libres, porque significa confiarle nuestra vida”.
¡Adelante con fe!
Diácono Richie

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