El domingo pasado nos visitó en la parroquia un sacerdote joven. Venía promoviendo las vocaciones sacerdotales, y su homilía fue buenísima — de esas que te dejan pensando más allá del almuerzo del domingo. En un momento dado, dijo algo que se me quedó dando vueltas en la cabeza: que en nuestros días hay más mártires que en los primeros siglos del cristianismo.

Me llamó la atención, no porque lo dudara, sino porque ya lo había escuchado de labios del Papa Francisco. Lo dijo en más de una ocasión. En una homilía en Santa Marta, hablando de las persecuciones que nunca terminan, dijo: “Hoy hay más mártires que en los primeros tiempos del cristianismo”. Y lo repitió en la Plaza de San Pedro en abril de 2023, ante miles de fieles: que los mártires “son más numerosos en nuestro tiempo que en los primeros siglos”.
¿Exageración? Las cifras dicen que no. El Papa Francisco instituyó en 2023 una Comisión de Nuevos Mártires para documentar a quienes habían perdido la vida por causa de Cristo en el primer cuarto de este siglo. El resultado: 1,624 cristianos asesinados por su fe entre el año 2000 y el 2025 — 643 solo en África, 357 en Asia y Oceanía, 304 en América, 277 en Oriente Medio y el Magreb, y 43 en Europa. Y eso sin contar a quienes no quedaron registrados. Robert Royal, que lleva décadas estudiando el tema, llegó a una conclusión impresionante: en el siglo XX, murieron más cristianos por su fe que en los diecinueve siglos anteriores juntos.
La sangre no ha dejado de correr. Solo cambió de geografía.
Hoy, martes, la Iglesia recuerda a tres mártires romanos: Nereo, Aquileo y Pancracio. Tres nombres que suenan lejanos, pero que tienen mucho que decirnos.
Nereo y Aquileo eran soldados pretorianos —hombres del sistema, habituados a obedecer órdenes y a no hacerse preguntas. Eso cambió el día que encontraron a Cristo. El Papa San Dámaso, que mandó poner una inscripción sobre su tumba en la Vía Ardeatina, lo resume mejor que cualquier biógrafo: “Al convertirse al cristianismo, abandonaron toda violencia y prefirieron abandonar el ejército antes que ser crueles con los demás. Proclamaron su amor a Cristo en esta tierra y ahora gozan de la amistad de Cristo en la eternidad”.
Dos soldados que tiraron los escudos. Que arrojaron las armas. Que prefirieron perder el rango, el sueldo, el futuro, antes que traicionar a quien habían decidido seguir. Cuando llegó el momento de la prueba final, entregaron la vida..
Y luego está Pancracio. Un muchacho de catorce años —catorce, como los muchachos que vemos los domingos en Misa— que llegó a Roma desde Frigia con su tío Dionisio. Se convirtió al cristianismo. Y al día siguiente de su bautismo, fue arrestado. El emperador Diocleciano intentó persuadirlo personalmente. Le habló por largo tiempo. Le hizo muchas promesas. Pero Pancracio no cedió. En el lugar del martirio —la Vía Aurelia, a las afueras de Roma— se arrodilló, levantó los ojos y las manos al cielo, y dio gracias a Dios porque había llegado a ese momento.
Solo catorce años. Y entrego su vida con tal fortaleza que solamente puede venir de una fe madura en Cristo.
Tres mártires, tres decapitaciones, una sola ciudad: Roma. Dos veteranos que eligieron la cruz sobre el escudo. Un adolescente que levantó los ojos al cielo en vez de bajar la cabeza. La misma elección, en cuerpos distintos.
Esa elección sigue haciéndose hoy.
En Nigeria, donde en 2023 fueron asesinados más de cuatro mil cristianos por razones vinculadas a la fe —más que en el resto del mundo combinado. En Irak, donde el padre Ragheed Ganni se negó a cerrar su parroquia en Mosul y fue ejecutado por terroristas un Domingo de la Trinidad. En Pakistán, donde un niño de diez años llamado Abish Masih murió en un atentado contra su iglesia; en su cuaderno, encontraron escrito: “Haciendo del mundo un lugar mejor”. En Libia, donde veintiún coptos fueron decapitados en la orilla del mar en 2015, y cuyo martirio el Papa Francisco reconoció incluyéndolos en el Martirologio Romano. En Somalia, en Siria, en la República Democrática del Congo, en las Islas Salomón.
La arena del Coliseo tiene distintos nombres ahora. Pero la pregunta que se le hace al cristiano sigue siendo la misma.
Nereo, Aquileo y Pancracio —y todos estos testigos de hoy— nos dicen algo que nos cuesta escuchar: que el seguimiento de Cristo es radical. Sin paños tibios. Sin doble vida. Sin un pie adentro y otro afuera.
No digo que sea fácil. Yo mismo me pregunto qué haría en su lugar. Pero precisamente eso es lo que me sacude: ellos tampoco eran superhombres. Eran un par de soldados, un adolescente… y cientos de fieles comunes y corrientes. La diferencia es que cuando llegó el momento, cada uno de ellos sabía a Quién pertenecía.
Y aquí está lo que más me inquieta de todo esto — y te lo digo con toda honestidad: no hace falta que nadie nos ponga un cuchillo en el cuello para que seamos testigos de Cristo. Tal vez nunca tengamos que perder la vida a manos de las fieras, de la espada o de un fusil. Pero sí tenemos que entregarla, día a día, muriendo a nuestras pasiones, a nuestro egoísmo, a la tibieza tan cómoda que nos instala en una fe de domingo que no compromete nada. Eso también es martirio —el martirio cotidiano del que hablaba el mismo Francisco: “un perder la vida por Cristo, cumpliendo el propio deber con amor”.
Lo que Dios espera de nosotros no es tan diferente de lo que esperó de ellos. Solo tiene una escala distinta.
San Nereo, San Aquileo, San Pancracio —y todos los mártires, los de antes y los de ahora —, ¡rueguen por nosotros!

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