Mayo tiene algo de misterioso. Es el mes más suave del año, y la Iglesia, con esa sabiduría de siempre, se lo ha consagrado desde hace siglos a la Santísima Virgen María. No es casualidad. Hay algo en mayo que parece hecho a la medida de una Madre.

Y dentro de este mes tan mariano, el día 8 lleva una asombrosa coincidencia: ese día celebramos a Nuestra Señora de Luján —patrona de Argentina, Uruguay y Paraguay— y también a Nuestra Señora del Rosario de Pompeya, en Italia. Dos advocaciones, dos continentes, dos siglos distintos. Y sin embargo, cuando uno se detiene a mirar sus historias, descubre que hay un hilo invisible que las une. Un hilo que tiene forma de carreta.
Una carreta en el Río Luján
Corría el año 1630. Un hacendado portugués llamado Antonio Farías Sáa, que vivía en Santiago del Estero, quería constituir una capilla en su estancia en honor a la Virgen María. Le pidió a un amigo que le enviara desde Brasil una imagen de la Inmaculada Concepción. El amigo, para que pudiera elegir, le envió dos.
Las dos imágenes llegaron al puerto de Buenos Aires y, a principios del mes de mayo —siempre mayo—, fueron cargadas en una carreta rumbo al norte. Después de varios días de camino, la caravana se detuvo a orillas del Río Luján para pasar la noche. Al amanecer del día siguiente, los hombres quisieron continuar la marcha… y los bueyes no se movieron. Ni a jalones, ni a gritos, ni a ruegos. Los bueyes, plantados.
Fue un joven esclavo de ascendencia africana llamado Manuel quien tuvo la intuición. Propuso descargar uno de los cajones y ver si así los bueyes arrancaban. Lo hicieron. Luego pusieron ese cajón de vuelta y sacaron el otro, el que contenía la imagen de la Inmaculada Concepción. Y la carreta se movió sin esfuerzo.
El mensaje era tan claro que no hizo falta traducción: la Virgen quería quedarse ahí.
Manuel fue el primero en comprender lo que había ocurrido, y se convirtió en el primer custodio de aquella pequeña imagen de arcilla cocida, de apenas 15 pulgadas de altura. Desde ese día humilde a orillas de un río argentino, comenzó una devoción que hoy convoca a más de un millón de peregrinos al año.
Una carreta en el Valle de Pompeya
Doscientos cuarenta y cinco años después, en 1875, en el sur de Italia, ocurrió algo parecido. Aunque esta vez el protagonista no era un esclavo anónimo, sino un abogado converso llamado Bartolo Longo —canonizado por el Papa León XIV el 19 de octubre de 2025, hace apenas unos meses.
Bartolo había llegado al Valle de Pompeya —ese mismo valle donde en el año 79 el Vesubio sepultó la antigua ciudad romana— para administrar las propiedades de una condesa. Lo que encontró era desolación: una capilla casi en ruinas, campesinos alejados de la fe, una comunidad que se había olvidado de Dios. Una noche, mientras caminaba solo cerca de la capilla, escuchó en lo profundo de su corazón las palabras que cambiarían su vida: “Si buscas la salvación, promulga el Rosario. Esta es la promesa de María”. Cayó de rodillas y prometió: “No me iré de este valle hasta haber propagado aquí la devoción a tu Rosario”.
Para eso necesitaba una imagen. Fue a Nápoles a buscarla y consiguió un cuadro viejo, deteriorado, que estaba a punto de ser descartado: la Virgen entregando el Rosario a Santo Domingo y a Santa Catalina de Siena. El cuadro era tan humilde —y tan feo, según dijeron algunos— que la condesa que lo vio por primera vez comentó que parecía pintado a propósito para destruir la devoción a la Virgen.
Y aquí viene la carreta: para transportar aquella imagen desde Nápoles hasta Pompeya, Bartolo la entregó a un carretero que, después de envolverla en una sábana, la acomodó sobre un carro cargado de estiércol. Así llegó al valle la imagen que hoy es venerada por millones de peregrinos en todo el mundo: sobre un carro de estiércol, envuelta en una sábana, como si la Virgen quisiera recordarnos desde el principio que los caminos de Dios no son los nuestros.
El cuadro fue restaurado. Y apenas fue colocado en el altar de la pequeña capilla —todavía sin terminar— comenzaron los milagros. El primero fue la curación completa de una niña llamada Clorida Lucarelli, que padecía convulsiones epilépticas y había sido declarada incurable.
Lo que tienen en común
Cuando uno pone las dos historias una junto a la otra, lo primero que llama la atención es lo pequeño de los instrumentos. Una imagen de arcilla de 15 pulgadas. Un cuadro viejo que casi va a la basura. Un esclavo anónimo. Un abogado convertido del espiritismo. Una carreta que no se mueve. Otra que huele a estiércol.
La Virgen tiene predilección por lo humilde. No llegó a orillas del Río Luján en procesión solemne. No llegó a Pompeya en carroza de oro. Llegó como llega siempre: sin aspavientos, sin anuncio previo, de la manera más sencilla posible. Y fue precisamente en esa sencillez donde se manifestó la grandeza de Dios.
Lo segundo que une a estas dos advocaciones es la transformación. El Valle de Pompeya era tierra de ignorancia y abandono espiritual. Las orillas del Río Luján eran tierras vírgenes del continente americano recién evangelizado. En los dos casos, la presencia de María fue el comienzo de algo nuevo: comunidades que florecieron, santuarios que crecieron con las ofrendas de los pobres, peregrinaciones que no se han interrumpido desde hace siglos.
Y lo tercero —quizás lo más hermoso— es la fidelidad de María a sus hijos. San Bartolo Longo la llamó “Reina de las Victorias”. Los argentinos la llaman “la Virgen Gaucha”. Distintos nombres, distintos rostros, distinta tierra. La misma Madre.
Un mes, una Madre, una invitación
Estamos en mayo. El mes que la Iglesia le ha regalado a la Virgen. Y yo me pregunto: ¿qué carreta estoy cargando yo en este momento? ¿Qué peso llevo que todavía no he puesto en sus manos? Porque tanto en Luján como en Pompeya, la Virgen no esperó a que le construyeran una basílica para manifestarse. Se manifestó antes, en lo pequeño, en lo cotidiano, en una carreta ordinaria de un camino polvoriento.
Ella sigue haciendo lo mismo hoy.
San Bartolo Longo lo comprendió y en 1883 escribió una oración que se reza todavía hoy en todo el mundo cada 8 de mayo. Le llamó sencillamente “Acto de amor a la Virgen”, aunque todos la conocen como la Súplica a Nuestra Señora de Pompeya. Termino con un fragmento de esta oración, porque no encuentro palabras mejores con qué cerrar:
“¡Oh Reina del Santísimo Rosario, Madre de la Misericordia, Refugio de los pecadores y Consuelo de los afligidos! […] ¿Qué os cuesta, oh María, escucharnos? ¿Qué os cuesta salvarnos? Vos estáis sentada a su lado con corona de Reina, rodeada de gloria inmortal. Vuestro dominio es inmenso en los cielos, y la tierra con todas las criaturas os está sometida.”
Nuestra Señora de Luján, ruega por nosotros.
Nuestra Señora del Rosario de Pompeya, ruega por nosotros.

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