Tú en mí, yo en Ti

En biología hay un fenómeno que se llama microquimerismo fetal. Si no lo conoces, aguántate, que te vas a sorprender.

Tú en mí, yo en Ti

Durante el embarazo, las células del bebé atraviesan la placenta y entran al cuerpo de la madre. Y las células de la madre hacen el camino inverso: cruzan hacia el bebé y se alojan en sus órganos. Un intercambio real, bidireccional, de células vivas. Lo que hace siglos se intuía como un vínculo único entre madre e hijo, resulta que tiene nombre científico y prueba de laboratorio.

Lo más asombroso es lo que pasa después del parto. Esas células del hijo, en muchas mujeres, permanecen en el cuerpo materno durante décadas. Se han encontrado células fetales en el corazón de la madre, en su hígado, en su cerebro. En algunas mujeres, hasta el final de su vida. El hijo, literalmente, habita en ella.

Esas células no están ahí de adorno. En muchos casos, parecen actuar según la necesidad: si hay una lesión cardíaca, pueden integrarse al tejido del corazón; si hay una herida, pueden ayudar en la cicatrización. El hijo que ella cargó nueve meses sigue dejando en su madre una presencia viva, silenciosa, casi escondida; como si, desde adentro, todavía la acompañara y la cuidara.

Hay un teólogo francés, Xavier León-Dufour, que escribió algo sobre la relación entre la madre y su hijo en el vientre que ahora, a la luz de todo esto, cobra una dimensión que él mismo quizás no imaginó. Dice que la madre le comunica la vida al embrión “por el contacto de la placenta con la mucosa uterina. El niño crece así en la unión, sin digerir otra cosa. Morar recíprocamente es estar presente uno en el otro sin ninguna fusión ni confusión, en una perfecta comunión… La unidad es perfecta y, sin embargo, siguen siendo DOS”.

León-Dufour usaba esa imagen para hablar de la perijorésis —la inhabitación mutua de las Personas de la Trinidad. Yo quiero usarla para hablar de María.

Piensa en lo que esto significa para ella.

María cargó a Jesús nueve meses. Nueve meses de contacto placentario, de intercambio celular, de respiración compartida. Nueve meses en que las células de Jesús —el Hijo de Dios hecho carne— entraron al cuerpo de su Madre y se establecieron en ella. En su sangre, en sus órganos, quizás en su corazón.

María llevó células de Jesús en su cuerpo por el resto de su vida.

Cuando estuvo al pie de la Cruz y vio morir a su Hijo, no era solo su alma la que sufría. Era también su cuerpo —ese cuerpo que llevaba a Jesús adentro— el que participaba del misterio de la Pasión. Y cuando el Resucitado se le apareció, ¿cómo no reconocerlo? Ella lo llevaba consigo desde antes de que Él naciera.

La ciencia descubre hoy lo que la fe contempló por siglos: que entre María y Jesús hubo una unión que no terminó en Belén ni en el Calvario.

Esa misma unión que María tuvo con Jesús, en el orden de la gracia, la tiene con nosotros.

En la Cruz, Jesús le dice a Juan —y en Juan, a todos sus discípulos: “Ahí tienes a tu madre” (Jn 19,27). No es un gesto de cortesía. Es la entrega de una madre a sus hijos. María, que había llevado a Jesús en su seno, recibe ahora a los hijos de Jesús en su corazón.

La maternidad espiritual de María funciona como toda maternidad: desde adentro. Ella intercede, acompaña, cuida, ora por sus hijos con esa misma solicitud que tienen las células del hijo por el cuerpo de la madre —buscando el punto de necesidad, actuando en silencio, sin que el hijo se dé cuenta.

Hay madres que cuando pierden un hijo, encuentran algún consuelo en saber que algo de ese hijo permanece en ellas. El microquimerismo les dice que es literalmente cierto. María, que vivió el dolor de perder a su Hijo en el Calvario, también sabe que Él permanece. Y nosotros, hijos suyos por adopción, permanecemos en su corazón de la misma manera.

Pero aquí el misterio da un paso más, el más grande de todos.

Jesús, en el discurso del Pan de Vida, usa exactamente el mismo lenguaje que León-Dufour usa para describir la relación entre la madre y su hijo: “El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí, y yo en él” (Jn 6,56). Permanecer. Morar. Estar uno en el otro.

En la Comunión, Jesús entra en nosotros. No como metáfora, no como un simple recuerdo, no como símbolo vacío. Entra de verdad —su Cuerpo, su Sangre, su Alma, su Divinidad— en nuestra pequeñez. Y algo de nosotros permanece en Él.

El microquimerismo nos da una imagen de eso. La madre que recibe células de su hijo y las integra en sus propios tejidos. El fiel que recibe a Cristo es incorporado por Él —literalmente— a su vida. Las células del hijo sanan a la madre desde adentro; Cristo transforma al que lo recibe desde adentro también.

La diferencia es esta: en el microquimerismo, las células del hijo llegan solas, sin que él lo sepa, sin que lo decida. En la Eucaristía, Jesús viene porque quiere. Se entrega porque ama. Se queda porque así lo prometió.

Francisco, uno de los niños de Fátima, desde su inocencia, lo expresó con una claridad admirable. Después de recibir la Comunión de manos del Ángel, comentó: “Yo sentía que Dios estaba en mí, pero no sabía cómo”.

Ninguno de nosotros sabe cómo. Pero sabemos que Él está.

Señor Jesús, tú que te hiciste carne en el vientre de María y la habitaste desde adentro, habítame también a mí cada vez que te recibo en la Comunión. Transforma mi cuerpo y mi alma, mis pensamientos, mis afectos, hasta que pueda decir con San Pablo: «Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal 2,20).

Y por intercesión de María, que te llevó en su seno y nunca dejó de llevarte, haz que yo también te lleve a ti dondequiera que vaya. Amén.

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