Traer Belén

En las afueras del pueblo de Belén se encuentra la gruta en la que nació Jesús hace dos mil años. Esa desconocida cueva, que hasta entonces sólo importaba a su dueño porque le servía para dar cobijo a unos pocos animales, ha pasado a ser un lugar importante, muy importante.

Traer Belén

Allí se encuentra el primer suelo que tocó Dios hecho hombre. Aquel es el lugar en el que por primera vez los hombres podíamos ver al Dios invisible. Aquel Dios desconocido al que durante siglos nadie vio, ni oyó, ni tocó. En esa habitación de animales Dios podía ser visto, oído y tocado por primera vez. Por eso, esa gruta de Belén es un lugar importante, querido y entrañable para todos los que seguimos a Jesucristo.

¡Qué suerte poder ir a Belén durante estos días en los que recordamos lo que allí ocurrió! Como no nos resulta posible ir a Belén, traemos Belén a nuestras casas. Así nació la costumbre de poner durante las Navidades un «Belén» en algún rincón de todos los hogares cristianos. No es una tontería. Es un modo de acercarnos al misterio que celebramos estos días.

¿Sabes de quién fue la idea de los belenes? De san Francisco de Asís. Así cuentan lo que ocurrió cuando vivía en Greccio:

«Unos quince días antes de Navidad, Francisco dijo: “Quiero evocar el recuerdo del niño nacido en Belén y de todas las penurias que tuvo que soportar desde su infancia. Lo quiero ver con mis propios ojos, tal como era, acostado en un pesebre y durmiendo sobre heno, entre el buey y la mula…”

Llegó el día de alegría. Convocaron a los hermanos de varios conventos de los alrededores. Con ánimo festivo, la gente del país, hombres y mujeres, prepararon, cada cual según sus posibilidades, antorchas y cirios para iluminar esta noche que vería levantarse la Estrella fulgurante que ilumina todos los tiempos. Cuando llegó, el santo vio que todo estaba preparado y se llenó de alegría. Se había dispuesto un pesebre con heno, había un buey y una mula. La simplicidad dominaba todo, la pobreza triunfaba en el ambiente, toda una lección de humildad. Greccio se había convertido en un nuevo Belén. La noche se hizo clara como el día y deliciosa tanto para los animales como para los hombres. La gente acudía y se llenaba de gozo al ver renovarse el misterio… Los hermanos cantaban las alabanzas del Señor y toda la noche transcurría en una gran alegría. El santo pasaba la noche de pie ante el pesebre, sobrecogido de compasión, transido de un gozo inefable. Al final, se celebró la misa con el pesebre como altar, y el sacerdote quedó embargado de una devoción jamás experimentada antes.

Francisco se revistió de la dalmática, ya que era diácono, y cantó el Evangelio con voz sonora… Luego predicó al pueblo y encontró palabras dulces como la miel para hablar del nacimiento del Rey pobre y de la pequeña villa de Belén.»

Cuando vemos fotos de lugares donde hemos vivido un tiempo, hemos pasado un verano o hemos ido de excursión… nos traen muchos recuerdos. Cuando veo el Belén y me quedo mirándolo, qué fácil resulta que me asalten recuerdos de lo que allí ocurrió, imaginarme las cosas que nos cuenta el Evangelio, revivirlas y hablarle, darle gracias y comentar con María y con José lo que ellos pensarían…

¡Trae Belén a tu casa! No es como el árbol de Navidad ni como cualquier otro adorno. No es sólo para dar ambiente. ¡Empéñate en ponerlo, en cuidarlo, en enriquecerlo de detalles que lo hagan vivo y que manifiesten tu fe y tu cariño!

Te aconsejo que durante estos días, cuando puedas, hagas este rato de oración delante del Belén. Que cada vez que pases por delante le lances a Jesús, al menos, un «te quiero»; que le repitas muchas veces: ¡Ven, Señor Jesús! Que cantéis toda la familia villancicos delante del Belén.

Jesús, gracias por haberte hecho niño, por haber habitado esta tierra nuestra, por haberte hecho visible. Quiero vivir unas Navidades cristianas. Me serviré del Belén. Madre mía, que desee su venida como tú la deseaste. ¡Ven, Señor Jesús!

Dile ahora, con afecto, qué buscas estas fiestas, qué pretendes con el Belén, si le gusta, cómo aprovecharlo para crecer en piedad y amor a él…


Fuente: Diciembre. Adviento. Navidad, por el Padre José Pedro Manglano.

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