Todavía no es el final

“Al final todo acaba bien. Y si no acaba bien, es que todavía no es el final.” La frase es del escritor brasileño Fernando Sabino, y a primera vista parece optimismo de taza de café: una de esas líneas bonitas que se cuelgan en la pared y se olvidan antes del almuerzo. Pero si uno la sostiene un poco más, empieza a brillar distinto, porque dice una verdad que, leída desde la fe, resplandece con esperanza.

Todavía no es el final

El optimismo apuesta a que las cosas saldrán bien. La esperanza cristiana descansa sobre Alguien que ya hizo que salieran bien. Benedicto XVI lo puso por escrito en su encíclica Spe salvi: el cristiano sabe que “su vida, en conjunto, no acaba en el vacío”. Tiene un futuro, y ese futuro cambia el presente. San Pablo lo había dicho en un versículo que muchos se saben de memoria: «en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman» (Rom 8,28). Todas las cosas. También las que ahora mismo parecen un desastre sin arreglo.

Esto se entiende mejor en boca de quienes lo han vivido en carne propia.

Santa Catalina de Siena, en su Diálogo, hablaba a los que se rebelan por lo que les sucede, y les decía: “Todo procede del amor, todo está ordenado a la salvación del hombre, Dios no hace nada que no sea con este fin”.

Santo Tomás Moro escribió a su hija Margarita desde la Torre de Londres, la víspera de subir al cadalso. Un padre que sabía que al amanecer lo esperaba la muerte, y aun así tomó la pluma para serenar a su hija: “Nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que Él quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor”.

Y Juliana de Norwich, una mujer que pasó la vida enclaustrada en una pequeña celda en la Inglaterra del siglo XIV, recibió en oración una certeza que dejó escrita en sus Revelaciones del amor divino: “todas las cosas serán para bien … Tú misma verás que todas las cosas serán para bien”.

Tres vidas, una sola certeza.

Conviene preguntarse de dónde sacaban esa seguridad, porque sería fácil confundirla con una ilusión, con cerrar los ojos para esquivar lo que duele. La certeza de estos santos descansa sobre un hecho concreto, ocurrido un domingo de madrugada a las afueras de Jerusalén.

J.R.R. Tolkien, católico ferviente y autor de El Señor de los Anillos, acuñó una palabra para nombrar ese tipo de giro: eucatástrofe. El vuelco dichoso e inesperado que llega cuando la historia parecía perdida del todo, el momento en que la trama da media vuelta y la oscuridad se rompe. Para Tolkien, todos los buenos relatos guardan un destello de eso. Y la Resurrección de Cristo es la mayor eucatástrofe de todas porque rompió las cadenas de la muerte y transformó un aparente fracaso en la mayor victoria de la historia de la redención.

El Evangelio cuenta que dos discípulos caminan de Jerusalén a Emaús el mismo domingo de Pascua, cabizbajos, deshechos. Resumen su tristeza así: «Nosotros esperábamos que iba a ser él quien liberaría a Israel» (Lc 24,21). Esperábamos. En pasado. Para ellos, la historia había terminado, y había terminado mal. Lo que ignoraban es que el desconocido que caminaba a su lado, escuchando sus quejas, era precisamente el final que creían perdido. Todavía no era el final; el final venía caminando junto a ellos.

Ese es el desenlace que la fe nos promete, y el último libro de la Biblia lo describe así: «Enjugará las lágrimas de sus ojos, y no habrá ya muerte ni llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo habrá pasado. Entonces, el que está sentado en el trono dijo: Voy a hacer nuevas todas las cosas» (Ap 21,4-5).

Escribo esto desde mi casa, en un día cualquiera, sabiendo que tú y yo vivimos casi siempre en la mitad del relato, esa parte incómoda donde todavía se nos esconde cómo va a encajar todo. Tengo capítulos que, si los cierro hoy, cierran en derrota: una pérdida, una puerta que no condujo a ninguna parte, una oración que parece quedarse sin respuesta. Y la fe me repite, con la terquedad mansa de las verdades grandes, que esa página todavía no es la última. Que el Autor sigue escribiendo. Que el bien que aún no veo ya viene en camino.

Si hoy estás en uno de esos capítulos, quédate con esto: lo que tienes delante todavía no es el final.

Antes de terminar, te invito a que reces conmigo con esta meditación-oración de San John Henry Newman, de sus Meditaciones y devociones, una oración para los días en que el desenlace se esconde:

Dios me ha creado para hacerle un servicio determinado. Me ha encomendado una tarea que no ha confiado a ningún otro. Tengo mi misión; quizá nunca la conozca en esta vida, pero me será revelada en la otra. Por lo tanto, confiaré en Él. Sea lo que sea, dondequiera que esté, nunca podré ser desechado. Si estoy enfermo, mi enfermedad puede servirle; si estoy perplejo, mi perplejidad puede servirle; si estoy apenado, mi pena puede servirle. Él no hace nada en vano. Puede prolongar mi vida o acortarla; Él sabe lo que hace. Puede quitarme los amigos, puede arrojarme entre extraños, puede hacerme sentir desolado, hacer que mi ánimo se hunda, ocultarme el futuro; pero, aun así, Él sabe lo que hace.

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