Fuera de la Iglesia no hay salvación

En Salamanca, hacia el año 1539, un fraile dominico subió a su cátedra con una pregunta que llevaba meses quitándole el sueño.

Fuera de la Iglesia no hay salvación

El Padre Francisco de Vitoria conocía, como todos, una fórmula que la Iglesia repetía desde hacía más de mil años: fuera de la Iglesia no hay salvación. Unas pocas palabras firmes, claras, sin matices aparentes. Las había estudiado, las había enseñado, las creía. Pero al otro lado del océano acababa de abrirse un mundo entero que esas palabras no parecían contemplar. Millones de hombres y mujeres habían nacido, vivido y muerto en tierras que ningún misionero pisó jamás. Nunca oyeron el nombre de Cristo. Y nunca rechazaron el Evangelio, porque nadie se lo anunció.

Y Vitoria, mirando de frente esa realidad, se topó con una grieta que no lograba cerrar. ¿Podía Dios condenar a un hombre por no creer en Aquel de quien nunca le hablaron? ¿Cabía en el corazón del Padre castigar una ignorancia de la que el ignorante no tenía culpa alguna? El maestro de Salamanca se quedó suspendido sobre esa pregunta, como quien se asoma a un precipicio sin saber todavía qué hay en el fondo.

Conviene que nos asomemos con él. Porque la pregunta de Vitoria sigue viva, y la respuesta es mucho más hermosa de lo que la frase, mal leída, deja sospechar.

Una frase que nació para unir

La frase que desvelaba a Vitoria tenía ya trece siglos de camino. La acuñó San Cipriano de Cartago alrededor del año 258: Salus extra Ecclesiam non est, “no hay salvación fuera de la Iglesia”. Y aquí está el primer malentendido que conviene deshacer, porque cambia todo lo demás.

Cipriano no estaba pensando en los paganos remotos ni en los pueblos que no conocían a Cristo. Escribía en medio de una crisis interna: cristianos bautizados que, por orgullo o por disputa, amenazaban con romper la comunión y formar iglesias paralelas. A ellos les hablaba. Su frase era un abrazo, una advertencia de padre: no se rompan, no se vayan, la salvación está aquí, en la unidad, en este Cuerpo. Era un llamado a quedarse, dicho a los que querían marcharse.

Los Padres lo expresaron con una imagen que el Catecismo todavía recoge: la Iglesia como el Arca de Noé, la nave que atraviesa el diluvio y lleva a salvo a los que van dentro. San Ambrosio la describió como el barco cuyo velamen es la Cruz, empujado por el viento del Espíritu. La frase, en su origen, señalaba hacia dentro: miren qué barco tan seguro, no se tiren al agua.

Cuando la frase se endureció

Con los siglos, la expresión fue ganando solemnidad y perdiendo contexto. En el IV Concilio de Letrán (1215) y en la bula Unam Sanctam de Bonifacio VIII (1302), la fórmula se volvió jurídica, categórica. Y el Concilio de Florencia, en 1442, le dio su versión más severa: declaró que nadie que estuviera fuera de la Iglesia católica —“no sólo los paganos, sino también judíos o herejes y cismáticos”— podía alcanzar la vida eterna si no se unía a ella antes de morir.

Hay que entender por qué se hablaba así. En aquella Europa se daba por supuesto que el Evangelio ya había llegado a todos los rincones del mundo conocido. Si alguien no era cristiano, se asumía que era porque había rechazado a Cristo a sabiendas. Bajo ese supuesto, la frase tenía una lógica: quien cierra la puerta por dentro, se queda fuera por decisión propia.

El problema es que el supuesto era falso. Y un día el mundo creció de tamaño en un instante.

El mundo se hizo más grande

Eso es exactamente lo que estremeció a Vitoria. América le puso delante a millones de almas que destrozaban la vieja suposición. No habían rechazado nada. Sencillamente, nunca habían tenido la ocasión de aceptar o rechazar. Y la conciencia del teólogo se rebeló contra la idea de un Dios que condenara a alguien por una ausencia de la que no era responsable.

Vitoria llegó a una conclusión que hoy nos parece evidente, pero en su momento fue un arranque de valentía: a quien nunca recibió el anuncio, su ignorancia lo excusa. No se le puede exigir fe en lo que jamás le fue propuesto. La Escuela de Salamanca empezó a poner palabras a algo que la Iglesia siempre había llevado dentro, aunque la fórmula heredada no lo dijera en voz alta.

Tres siglos después, el Magisterio lo precisó con claridad. El Papa Pío IX, en 1863, enseñó que quienes ignoran sin culpa la verdadera religión, pero obedecen la ley que Dios escribió en sus corazones y se esfuerzan por vivir rectamente con la ayuda de la gracia, pueden alcanzar la vida eterna. La misericordia de Dios, dijo en esencia, opera por caminos que nuestros ojos no alcanzan a ver.

Vitoria miró el precipicio y descubrió que en el fondo no había un abismo. Había un Padre.

Dos maneras de caer

Aun así, la frase es de las que invitan a despeñarse, y se puede caer por dos lados opuestos del risco.

Por un lado está el rigorismo, la lectura al pie de la letra. El ejemplo más célebre es un sacerdote de Boston, el Padre Leonard Feeney, que a mediados del siglo XX enseñó la versión más estrecha posible: solo se salva quien está formalmente bautizado e inscrito en la Iglesia católica visible; todos los demás, sin excepción, se condenan. Lo curioso, casi paradójico, es que la Iglesia tuvo que corregirlo precisamente por defender la frase con demasiada literalidad. En 1949, una carta del Santo Oficio le recordó que, para salvarse, basta a veces estar unido a la Iglesia por el deseo, aun sin pertenecer a ella de modo visible. Feeney se obstinó, y en 1953 fue excomulgado por su desobediencia. Murió reconciliado con la Iglesia años más tarde.

Por el otro lado está el precipicio contrario, mucho más de moda: el indiferentismo. La idea cómoda de que da igual la religión que uno tenga, que todas son caminos equivalentes, que la fe en Cristo es un detalle prescindible. Esta lectura vacía de sentido la Cruz y apaga el ardor misionero de la Iglesia.

La Declaración Dominus Iesus, del año 2000, sostuvo las dos verdades sin soltar ninguna: “es necesario mantener unidas estas dos verdades, o sea, la posibilidad real de la salvación en Cristo para todos los hombres y la necesidad de la Iglesia en orden a esta misma salvación”. Cristo es el único Salvador, y su salvación está realmente al alcance de todos. Las dos cosas, a la vez, siempre.

La frase, dicha al derecho

El Concilio Vaticano II tomó la vieja fórmula y la dijo al derecho. No cambió ni una coma del dogma; pero le devolvió su rostro.

La Lumen Gentium afirma que la Iglesia es necesaria para la salvación, y enseguida aclara dónde está el peso: no podrían salvarse quienes, “sabiendo que Dios fundó, por medio de Jesucristo, la Iglesia católica como necesaria para la salvación”, se negaran a entrar o a perseverar en ella. El que se pierde es el que cierra la puerta sabiendo lo que cierra. Y el mismo Concilio, unas líneas más adelante, abre una ventana de par en par: “Los que sin culpa suya no conocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan a Dios con sincero corazón e intentan en su vida, con la ayuda de la gracia, hacer la voluntad de Dios, conocida a través de lo que les dice su conciencia, pueden conseguir la salvación eterna”.

El Catecismo lo corona con una frase que da vuelta por completo nuestra manera de oír el dogma. Preguntándose cómo entender aquel “fuera de la Iglesia no hay salvación”, responde que, formulado en positivo, significa que “toda salvación viene de Cristo-Cabeza por la Iglesia que es su Cuerpo”.

Ahí está la clave. La frase nunca midió quién se queda afuera. Señala de dónde brota la gracia que salva a todos: de Cristo, por su Cuerpo que es la Iglesia. Hasta la gracia que alcanza al hombre que jamás oyó hablar de ella pasa por este cauce, aunque él no lo sepa. Por eso Juan Pablo II se atrevió a darle la vuelta también a la fórmula, y dijo que se puede afirmar igualmente sine Ecclesia nulla salus, “sin la Iglesia no hay salvación”: quien se salva sin conocerla guarda con ella, sin saberlo, una relación misteriosa y verdadera. La Iglesia no trabaja para sí misma. Existe para llevar a Cristo a todos, y a todos hasta Cristo.

Lo que de verdad nos pide la frase

Tantos siglos discutiendo dónde termina la Iglesia, y resulta que la frase nunca habló de fronteras. La habíamos leído como una aduana que revisa pasaportes y cierra la puerta. Y todo este tiempo era un manantial.

Una aduana decide quién entra y quién no. Un manantial, en cambio, solo sabe brotar; y el agua, una vez que sale, baja a buscar al sediento esté donde esté. La Iglesia es eso: el lugar donde Dios hizo brotar la gracia para que corriera por toda la tierra. Quien se acerca a la fuente y bebe a conciencia, dichoso él. Pero el agua de esa misma fuente riega valles que la fuente no ve.

Y aquí hay una consecuencia que conviene no perder de vista, porque es la que nos toca a ti y a mí. Si la salvación de tantos pasa misteriosamente por la Iglesia, entonces lo que la Iglesia anuncia importa, y mucho. Saber que Dios quiere salvar a todos no nos deja sentados; nos pone de pie. Como dice Dominus Iesus, la certeza de esa voluntad salvífica “no disminuye sino aumenta el deber y la urgencia del anuncio”. El manantial brota gratis. Pero alguien tiene que ir contándole al sediento dónde está la fuente.

Yo me pregunto cuántas veces, teniendo el agua tan cerca, me he callado el camino. Cuántas conversaciones en las que pude nombrar a Cristo y preferí el silencio cómodo. La frase, bien entendida, no me sirve para juzgar quién se condena. Me sirve para recordar de dónde viene todo lo bueno que tengo, y para sentir el deseo —ese sí, urgente— de compartirlo.

Vitoria resolvió su angustia desde la cátedra, defendiendo con la pluma a los que nunca habían oído el nombre de Cristo. En ese mismo siglo, en esa misma España, otro hombre resolvió la misma pregunta de otra manera: agarró sus cosas y se fue a Oriente a llevarles ese nombre en persona. Se llamaba Francisco Javier. Uno pensó la respuesta; el otro la caminó. Y los dos amaban al mismo Dios que quiere que «todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad» (1 Tm 2,4).

Te dejo con la oración que la Iglesia reza cada 3 de diciembre, en la fiesta de aquel misionero incansable:

Señor, Dios nuestro, que quisiste que numerosos pueblos llegaran a conocerte por medio de la predicación de San Francisco Javier, concede a todos los bautizados un gran celo por la propagación de la fe, para que así tu Iglesia pueda alegrarse de ver aumentados sus hijos en todo el mundo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

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