Era el domingo 7 de mayo de 2023. El Papa Francisco apareció en la ventana del Palacio Apostólico y, frente a miles de peregrinos reunidos en la Plaza de San Pedro, hizo dos preguntas: ¿Adónde vamos? ¿Cómo vamos?

Son preguntas que, en apariencia, cualquiera podría responder de manera automática. Pero el Papa las planteaba con una seriedad que incomoda, porque en el fondo sabe —y nosotros también— que muchas veces vivimos sin planteárnoslas de verdad. Corremos, hacemos cosas, llenamos el día… pero sin un rumbo determinado.
Ese mismo domingo, al terminar la oración del Regina Caeli, el Papa anunció que el día anterior había sido beatificada en Granada, España, una joven llamada María de la Concepción Barrecheguren García. Conchita, como la llamaban todos. Murió en 1927 con 22 años, postrada en una cama. Y el Papa pidió un aplauso para ella desde la ventana del Vaticano.
Al principio uno se pregunta: ¿qué hizo esta joven para merecer ese aplauso? La respuesta, cuando la encuentras, sorprende por su sencillez.
En su reflexión de aquel domingo, el Papa Francisco meditó sobre las palabras de Jesús en el Evangelio de Juan: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6). Y ofreció lo que él llamó la brújula para alcanzar el Cielo: amar a Jesús, el camino, convirtiéndose en señales de su amor en la tierra.
Una brújula. No una lista de logros. No un currículum espiritual. No grandes gestas ni obras que pasen a los libros de historia. Simplemente: amar a Jesús y ser señal de ese amor allí donde estás.
Después añadió: cuando experimentemos cansancio, desconcierto, e incluso fracaso, recordemos hacia dónde se dirige nuestra vida. Nuestra patria está en el Cielo.
Y acto seguido mencionó a Conchita.
Conchita Barrecheguren nació el 27 de noviembre de 1905 en Granada. Fue bautizada el 8 de diciembre —fiesta de la Inmaculada— en la parroquia del Sagrario de la Catedral, y recibió por nombre: María de la Concepción del Perpetuo Socorro.
Desde niña tuvo una salud muy frágil. Una enterocolitis aguda casi le roba la vida al año de nacida; sus padres la encomendaron a la Virgen de Lourdes, y la niña se recuperó. Por indicación médica, nunca asistió a una escuela; sus propios padres se encargaron de su educación. Desde muy joven sintió el llamado a ser Carmelita, pero la enfermedad se lo impidió.
En octubre de 1926, a su regreso de una peregrinación a Lisieux —la ciudad de Santa Teresita—, una leve ronquera anunció la tuberculosis. Poco a poco la enfermedad fue minando su cuerpo, ya de por sí débil. Los médicos la trasladaron a una casa que la familia tenía junto a los bosques de la Alhambra, confiando en que el aire fresco de la Sierra Nevada pudiera aliviar su respiración.
Conchita vivió veintiún años, cinco meses y dieciséis días. Y en ese tiempo —según describió el vicepostulador de su causa— “nunca buscó ni vivió cosas llamativas. Simplemente fue cristiana”.
Eso fue todo. Y eso fue suficiente.
Hay un detalle en la historia de Conchita que me parece uno de los más hermosos de toda su causa: la historia de su padre.
Francisco Barrecheguren era un hombre sencillo, de familia vasco-catalana, que había pasado la vida cuidando a dos mujeres enfermas: su hija y su esposa. Cuando Conchita murió en 1927, Francisco siguió adelante, sosteniendo a su esposa enferma con la misma fidelidad y dedicación de siempre. Cuando ella también murió, en 1937, Francisco quedó solo.
Entonces, a los 65 años, decidió ingresar como postulante en la Congregación de los Misioneros Redentoristas. Hizo su profesión religiosa en 1947 y fue ordenado sacerdote en Madrid dos años más tarde. Fue destinado a Granada, donde combinó su labor pastoral con la gestión de la correspondencia relativa al proceso de beatificación de su hija. Murió en 1957. La Iglesia lo considera hoy Venerable.
Cuando le preguntaron al vicepostulador quién había influido más en quién, si el padre en la hija o la hija en el padre, la respuesta fue esta: “Francisco dirá, con gran humildad, que fue ella, Conchita, la que con su santidad influyó mucho en su vida cristiana”. Y añadió: “El hecho es que los dos son santos, y que mutuamente debieron ayudarse para llegar a la santidad”.
Una hija enferma que santifica a su padre. Un padre que a los 65 años se hace sacerdote porque ha visto de cerca cómo se vive de cara a Dios. Esto es lo que hace la santidad: contagia.
Pienso en la cantidad de personas que se sienten “del montón” ante Dios. Que no predican, ni evangelizan en las calles, ni tienen grandes carismas, ni fundaron nada. Que simplemente están en su casa, en su trabajo, en su enfermedad, en su rutina.
A veces me pregunto si estoy haciendo suficiente. Si mi fe es suficientemente visible, suficientemente activa, suficientemente… espectacular. Y entonces pienso en Conchita, que pasó sus últimos meses en una cama, y que sin embargo encendió en su padre la llama que lo llevó al altar.
La santidad ordinaria no es una santidad menor. Es la más exigente de todas, porque requiere vivir cada día —sin aplausos, sin público, sin ningún “significativo” externo— orientado hacia Dios. Con la brújula siempre puesta en él.
El Papa Francisco lo dijo ese domingo: “Fe en Jesús no es un paquete de ideas en las que creer, sino un camino a recorrer, un viaje a cumplir, un camino con Él”. Conchita recorrió ese camino desde una cama de enferma, en una casa junto a los bosques de la Alhambra, sin llegar jamás al convento que soñaba.
Y llegó al Cielo de todas formas.
Fue beatificada el 6 de mayo de 2023, en la Catedral de Granada. La Iglesia le asignó como memoria litúrgica el 13 de mayo, el día en que murió en 1927 y, como dice la Carta Apostólica, “nació para el Cielo”. Un detalle que a Conchita, con su devoción mariana, seguramente le habría arrancado una sonrisa: el 13 de mayo es también el día en que, exactamente diez años antes de su muerte, la Virgen se apareció por primera vez en Fátima.
Te dejo con la oración oficial de su beatificación, que resume perfectamente qué pide la Iglesia al interceder por ella:
“Oh Dios, que hiciste a la beata María de la Concepción testigo admirable del misterio de la Cruz de tu Hijo, concédenos, por su intercesión, que, conformándonos a tu voluntad en la hora de la prueba y reconociéndote en los que sufren, obtengamos plenamente los frutos de la redención.”
María de la Concepción del Perpetuo Socorro, ¡ruega por nosotros!

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