Hoy celebramos la Solemnidad de la Ascensión del Señor. Esta es la última vez que Jesús aparece físicamente visible entre sus discípulos y vuelve a la gloria, que desde la eternidad comparte con el Padre y el Espíritu Santo. Además, lleva consigo a la humanidad redimida.

El Señor resucitado y ascendido al cielo nos promete prepararnos un lugar para que un día lleguemos a compartir la gloria de su morada. Nosotros nos entregamos en sus manos, confiados en que Él nos perdonará, nos sanará, nos resucitará y nos glorificará.
Dice el Evangelio, tomado de San Mateo 28, 16-20: «Al verlo, ellos se postraron, pero algunos vacilaban». La primera lectura, tomada de Hechos 1, dice: «¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?»
La pregunta que debemos hacernos hoy es: ¿Soy de los que vacilan, de los que se quedan plantados mirando, o de los que se postran ante Él? En otras palabras, me dejo llevar por el temor y la duda que me paralizan, o soy un simple espectador ‘mirando la vida por el retrovisor’ (como dice una canción). Pero están también los que de rodillas reconocen que todo depende de Él.
Les comparto una interesante reflexión que nos va a ayudar en esta recta final. San Juan de Ávila utiliza la metáfora de una carnada para explicarnos cómo debe ser nuestra relación con el Consolador; dice: “Dale de comer al Espíritu Santo, y dale de comer tu corazón” (Sermón 27).
El santo explica que, para que el Espíritu Santo habite y consuele, debemos prepararle un ‘alimento’, que es nuestro propio corazón, vaciándolo de pasiones y mundanidad. No basta con simplemente desear su llegada; es necesario preparar el interior para que el Huésped Divino encuentre una morada adecuada, o sea, un corazón preparado.
El Evangelio termina con la promesa: «Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.»
¡Adelante con fe!
Diácono Richie

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