Hay voces que uno reconoce aunque el teléfono suene lejos, aunque haya ruido en la cocina, aunque el perro ladre justo en el momento más dramático de la conversación. También hay rostros que uno distingue entre muchos: el rostro de la madre que espera, del amigo que entiende, del abuelo que pregunta por tercera vez cómo se prende el celular, y uno vuelve a explicarle con paciencia… o al menos con una paciencia razonablemente cristiana.

El rostro y la voz tienen algo profundamente humano. Nos sacan del anonimato. Nos recuerdan que cada persona es alguien concreto, con historia, heridas, talentos, cansancios, esperanzas y hasta esas manías que nos hacen únicos e irrepetibles. Por eso resulta tan oportuno el mensaje del Papa León XIV para la LX Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, titulado “Custodiar voces y rostros humanos”. El Papa nos invita a mirar la comunicación desde lo esencial: antes que pantallas, plataformas, mensajes, audios, publicaciones o respuestas generadas por inteligencia artificial, hay personas.
Y esa palabra —personas— ya cambia el tono de todo.
Vivimos en un tiempo maravilloso y agotador. Podemos enviar una foto en segundos, hablar con alguien que está lejos, hacer una reunión desde la sala de la casa, buscar información al instante y pedirle ayuda a una herramienta digital para casi cualquier cosa. Todo eso puede servir mucho. La tecnología bien usada acerca, organiza, enseña, informa, entretiene y hasta evita que uno se pierda cuando insiste en que “yo sé llegar” mientras el GPS mira en silencio nuestra soberbia.
Pero junto con tantas posibilidades aparece una pregunta sencilla: ¿estamos comunicándonos mejor o simplemente más rápido?
Porque una cosa es mandar mensajes y otra muy distinta es encontrarse. Una cosa es reaccionar y otra es escuchar. Una cosa es compartir contenido y otra es cuidar la verdad. Una cosa es recibir respuestas inmediatas y otra es pensar con calma. El Papa nos recuerda que custodiar rostros y voces humanas significa cuidar aquello que hace posible el encuentro verdadero.
En otras palabras: la comunicación empieza cuando recuerdo que al otro lado hay alguien. Una persona de carne y hueso.
Pensemos en una escena común. Una familia está sentada a la mesa. Hay comida, conversación posible, historias del día, algún comentario sobre el precio de todo —porque eso también une generaciones—, y de pronto cada cual mira la pantalla de su celular. Nadie hizo nada grave. Nadie tuvo mala intención. Pero algo pequeño se perdió: una mirada, una risa compartida, una pregunta que pudo abrir el corazón.
La tecnología entra muchas veces así: despacio, en silencio, con apariencia de urgencia. “Déjame contestar esto rápido.” “Déjame ver quién escribió.” “Déjame revisar una cosa.” Y la vida, que también estaba allí esperando, se queda sentada con el plato servido.
Custodiar el rostro del otro puede comenzar por gestos muy simples: levantar la mirada cuando alguien habla, escuchar hasta el final, dejar que una conversación tenga pausas, mirar a los ojos, regalar presencia. Hay mensajes que pueden esperar. Hay personas que necesitan sentirse vistas ahora.
También necesitamos custodiar nuestra voz. La voz propia. La que piensa, discierne, pregunta, se equivoca, aprende y vuelve a empezar. En su mensaje, León XIV advierte sobre el riesgo de renunciar al pensamiento propio. Esta advertencia toca la vida diaria. Hoy podemos recibir una respuesta automática en segundos, pero la formación de una conciencia, de un criterio, de una mirada madura sobre la realidad, sigue pidiendo tiempo.
Y aquí conviene decirlo con sencillez: pensar exige. A veces mucho. Por eso resulta tan tentador que otro piense por nosotros. Una aplicación, una tendencia, un titular, un video corto, un comentario con muchas reacciones. Todo llega ya empaquetado, listo para compartir, listo para indignarse, listo para opinar. El problema aparece cuando vivimos a fuerza de impulsos y olvidamos el arte de preguntar: “¿Esto será verdad?”, “¿esto ayuda?”, “¿esto hiere a alguien?”, “¿esto construye comunión?”, “¿esto merece ser compartido?”
En más de un grupo de WhatsApp parroquial —ese lugar donde conviven santos, memes, cadenas piadosas y alarmas mundiales cada quince minutos— alguien ha reenviado una noticia con tono urgente. En segundos, todos opinan. Alguien se asusta. Alguien se molesta. Alguien manda siete “manitas orantes”, que suelen ser el incienso propio del apocalipsis digital. Luego alguien verifica y descubre que la noticia era falsa, vieja o sacada de contexto.
Ahí también se juega la caridad.
La caridad digital existe. Consiste en verificar antes de compartir, corregir con delicadeza, evitar convertir el rumor en noticia, cuidar la fama de los demás, aportar calma cuando todo invita al sobresalto. En tiempos de tanta información, una persona serena se vuelve casi un ministerio.
Otro punto muy humano del mensaje del Papa es la preocupación por las relaciones simuladas. Hoy una máquina puede imitar una voz, fabricar una imagen, responder con tono amable, crear la impresión de cercanía. Algunas de estas herramientas pueden ser útiles. Pero el corazón humano necesita vínculos reales. Necesita personas que acompañen, comunidades que escuchen, familias que abracen, amigos que aparezcan, pastores que orienten, vecinos que saluden.
Detrás de muchas pantallas hay soledad. Y esa soledad merece una respuesta tierna, concreta, cristiana.
Pensemos en una persona mayor que pasa gran parte del día sola. Tal vez conversa con un dispositivo porque siempre responde. Tal vez recibe más atención de una máquina que de sus propios familiares. Esa imagen debería tocarnos el corazón. La pregunta pastoral surge sola: ¿qué soledades estamos dejando a cargo de la tecnología porque nos falta tiempo para llamar, visitar, acompañar?
La respuesta comienza con algo sencillo: una llamada. Un café. Un “¿cómo estás?” dicho con verdadera intención de escuchar la respuesta. A veces queremos cambiar el mundo con grandes proyectos, y el Evangelio nos lleva primero al rostro concreto que tenemos cerca.
Los jóvenes también necesitan esa cercanía. Muchos reciben aprobación, estímulo y compañía a través de pantallas. El mundo digital les habla sin pausa: “mira esto”, “compárate con esto”, “compra esto”, “sé esto”, “opina esto”. Frente a ese ruido, la familia, la escuela, la parroquia y la comunidad cristiana pueden ofrecer algo distinto: espacios donde el joven pueda ser escuchado, hacer preguntas, crear, pensar, orar y descubrir su propia voz.
Porque una persona educada digitalmente usa herramientas. Una persona acompañada humanamente descubre para qué vale la pena usarlas.
El mensaje del Papa propone una respuesta esperanzadora: responsabilidad, cooperación y educación. Son palabras grandes, pero se pueden vivir en lo cotidiano. Responsabilidad es revisar una fuente antes de reenviar. Cooperación es conversar estos temas en familia, en la escuela, en la parroquia, en el trabajo. Educación es enseñar a niños, jóvenes y adultos a moverse en el mundo digital con libertad interior.
También los adultos necesitamos aprender. Y con humildad. A veces un adolescente entiende una aplicación en tres minutos y uno todavía está buscando dónde está el botón de “guardar”. Ese aprendizaje compartido puede convertirse en una oportunidad preciosa. Los jóvenes pueden ayudar a los mayores con la herramienta; los mayores pueden ayudar a los jóvenes con la prudencia. Todos tienen algo que enseñar. Todos tienen algo que recibir.
La Iglesia tiene mucho que aportar en este momento cultural. Puede recordar, con voz serena, que la comunicación verdadera nace del encuentro. Puede formar criterios. Puede cuidar a los vulnerables. Puede promover una cultura de la verdad. Puede animar a usar la tecnología con intención, creatividad y servicio. Puede recordarnos que el prójimo tiene rostro.
Quizá por ahí comienza todo: volver a mirar rostros.
El rostro del niño que quiere contar algo.
El rostro del anciano que espera una visita.
El rostro del joven que busca sentido.
El rostro del que piensa distinto.
El rostro del que ha sido herido por un comentario cruel.
El rostro del que necesita una palabra de esperanza.
Y volver a escuchar voces.
La voz que pide ayuda.
La voz que narra una historia.
La voz que tiembla.
La voz que canta.
La voz que reza.
La voz que merece ser acogida antes que respondida.
En un tiempo capaz de producir mensajes instantáneos, imágenes perfectas y respuestas veloces, custodiar voces y rostros humanos se vuelve una forma concreta de amor. Cada vez que elegimos escuchar con paciencia, pensar antes de reaccionar, verificar antes de compartir, mirar a quien nos habla y usar la tecnología para servir mejor, estamos sembrando una comunicación más humana.
Y eso, en el fondo, también es evangelizar.
Porque la Buena Noticia siempre se transmite mejor cuando tiene rostro, voz, cercanía y corazón.
Oremos:
Madre y Señora nuestra, tú que guardabas todas las cosas en tu corazón, mira los rostros y escucha las voces de nuestro tiempo. Inspira a los comunicadores a tejer historias de paz, a mirar al prójimo con ternura y a romper las barreras del aislamiento. Guíanos para que, a través de nuestros gestos y palabras, seamos siempre portadores de una verdadera Buena Noticia. Amén.

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