Italia, finales del siglo X. Un joven de veinte años está de pie junto a su padre, obligado a mirar. El duque Sergio degli Onesti ha desafiado a un pariente por unas tierras, y ahora desenvaina. El hijo hace de testigo. Cuando todo termina, hay un padre victorioso, un hombre muerto sobre la hierba y un muchacho que ya jamás será el mismo.

Ese muchacho se llamaba Romualdo.
Y huyó. Huyó de la sangre, del cuerpo en el suelo, del peso de haber estado allí. Se refugió en el monasterio de San Apolinar in Classe, a las afueras de Rávena, y se quedó cuarenta días haciendo penitencia. Cuarenta días a solas con Dios y con el horror que llevaba dentro. Y de aquella huida —de aquel encierro voluntario— nació todo lo demás.
Romualdo descubrió en la celda algo que le cambió el rumbo: que el lugar donde uno se queda quieto delante de Dios puede dejar de ser una prisión y volverse un encuentro. Se hizo monje. Y ocurrió algo hermoso: su padre, el mismo del duelo, siguió sus pasos años más tarde y entró también a la vida monástica. La muerte que abrió la historia se cerró con dos conversiones. La santidad se contagia.
Buscaba el silencio por encima de todo, y se pasó la vida viajando. Esta es la hermosa paradoja de Romualdo: predicaba más con la vida que con los sermones, y fue un caminante incansable. Recorrió Italia y llegó hasta los Pirineos fundando ermitas; renunció una y otra vez a la dignidad de abad, y levantó siempre casas pequeñas, convencido de que en las grandes estructuras se pierde el silencio. Hasta Camaldoli —el claro de los Apeninos, el Campo de Maldolo, que dio nombre a su orden— fue para él una etapa más en el camino. Caminó toda su vida para sembrar lugares donde otros pudieran quedarse quietos delante de Dios. El símbolo de los camaldulenses lo resume en dos palomas bebiendo del mismo cáliz. Soledad y comunión, juntas.
Mientras otros padres espirituales redactaban reglas extensas y minuciosas, Romualdo resumió su sabiduría entera en siete consejos breves y contundentes. Sus biógrafos, primero Bruno de Querfurt y luego San Pedro Damián, nos los conservaron. Es la “Breve Regla”. Y empieza así: “Siéntate en tu celda como en el paraíso”.
El paraíso. Esa es la palabra que Romualdo elige para nombrar ese cuarto pequeño y desnudo: el huerto del Edén, el lugar del encuentro. Allí el monje vigila sus pensamientos “como el buen pescador acecha a los peces”, canta los salmos y se sostiene en la presencia de Dios. San Juan Pablo II recordaría siglos más tarde que Romualdo llegó a decir que en los salmos está el único camino de la oración honda: una via in psalmis. El salmista ya lo había cantado: «habitaré en la casa de Yahvé un sinfín de días» (Sal 23,6). Eso es la celda para él: la casa del Señor, habitada sin prisa, día tras día.
Mil años después, sus hijos siguen custodiando esas celdas; la amenaza solo ha cambiado de forma. En febrero de este año, 2026, el prior general de los camaldulenses, Dom Matteo Ferrari, escribió una carta a sus monjes sobre las pantallas: internet, los teléfonos, las redes, las películas en línea. Su advertencia fue que la celda puede transformarse en “una sala de cine individual e individualista”, un lugar de dispersión y de huida de uno mismo. Y para recordarles lo que la celda está llamada a ser, citó a su fundador: “Siéntate en tu celda como en el paraíso. Olvídate del mundo y déjalo atrás”.
Tú y yo no vivimos en una ermita de los Apeninos. Pero todos llevamos dentro una celda: ese espacio interior donde nos quedamos a solas con nosotros mismos y con Dios. Y todos llevamos en el bolsillo una pantalla que pugna por llenarla de ruido. La pregunta de Romualdo, que su propia orden vuelve a hacerse hoy, es también la nuestra: ¿dejo que mi celda interior sea un paraíso, el lugar del encuentro, o la entrego a la dispersión?
Te confieso algo: San Romualdo es mi santo patrón; yo llevo su nombre. Durante años supe poco de él, hasta que un día me detuve a conocerlo y me encontré con este hombre que convirtió una huida en una vida entera de búsqueda de Dios. Por eso te animo a hacer lo mismo con el tuyo: busca al santo cuyo nombre llevas, averigua quién fue, cómo vivió, cómo amó a Dios. Tienes en el cielo a un amigo que reza por ti y a un maestro que tiene algo que enseñarte.
San Romualdo murió como había vivido: en una pequeña celda que se reservó para sí en Val di Castro. Era el 19 de junio de 1027, y la Iglesia lo recuerda cada 19 de junio. Hoy es su fiesta.
Antes de terminar, quiero compartirte su Breve Regla. Aunque no es una oración en el sentido estricto, sino una serie de consejos prácticos, sí quiero invitarte a meditar estos siete puntos que un hombre santo ofreció a aquellos que, como él, querían encontrar a Dios y quedarse a vivir con Él:
1. Siéntate en tu celda como en el paraíso.
2. Arroja a tus espaldas el recuerdo del mundo entero.
3. Vigila tus pensamientos como el buen pescador acecha a los peces.
4. Hay un solo camino, el de los salmos: no lo abandones. Si, recién llegado con tu fervor de novicio, no lo logras todo, esfuérzate por cantarlos con el espíritu y entenderlos con la mente, ahora en un lugar, ahora en otro; y cuando al leer empieces a divagar, no te detengas: apresúrate a corregirte con la atención.
5. Ponte ante todo en la presencia de Dios con temor y temblor, como quien está delante del emperador.
6. Destrúyete por completo (muere a tu propio ego).
7. Y siéntate como el pollito, contento con la gracia de Dios: si su madre no le da, nada prueba ni nada tiene que comer.
San Romualdo, ruega por nosotros.

Tienes algo que decir
Te invitamos a comentar, aportar, sugerir, elogiar, objetar, refutar... sobre los temas y artículos que aquí presentamos.