Tengo un amigo evangélico. De los buenos. De esos con quienes uno se puede sentar a hablar de fe sabiendo que el otro busca lo mismo: el terreno común que nos une, la mesa donde cabemos los dos. Cuando conversamos, venimos a encontrarnos en Cristo, no a ganarnos una discusión.

El otro día la conversación llegó hasta María. Y él, con toda sinceridad, me dijo que llamarla “Madre de Dios” le sonaba a exageración. Que María es la madre de Jesús —del Jesús hombre—, y que de ahí a “Madre de Dios” hay un salto que le incomoda. Lo dijo buscando entenderme, sin asomo de pelea. Y mientras lo escuchaba, sentí algo curioso: por su boca acababa de hablar un obispo del siglo V llamado Nestorio.
Mi amigo nunca ha oído ese nombre. La frase que dijo tiene mil seiscientos años. Un concilio entero se reunió para responderla. Y él la pronunció pensando que era suya.
¡Cuánta razón tenía Qohélet! «Lo que fue, eso será; lo que se hizo, eso se hará. Nada nuevo hay bajo el sol» (Qo 1,9). El escritor sagrado del Eclesiastés se refería a que, generación tras generación, los hombres siguen cometiendo los mismos errores una y otra vez.
Chesterton también se dio cuenta. Él decía que la gente habla de la ortodoxia como de algo pesado, gris y seguro, cuando es la aventura más vertiginosa que existe. “Es siempre sencillo caer—escribió—; hay una infinidad de ángulos en los que se cae, uno solo en el que se está en pie”. Al borde del camino, fila tras fila, los mismos precipicios de siempre. “Haber caído en cualquiera de las modas, desde el gnosticismo hasta la Ciencia Cristiana, habría sido obvio y soso. Pero haberlas esquivado todas ha sido una aventura trepidante; y en mi visión el carro celeste vuela atronando a través de los siglos, las herejías torpes por el suelo y la verdad salvaje tambaleante, pero en pie”.
Los precipicios siguen abiertos. Lo que cambia es el traje con el que se visten. Lo triste es que hay gente buena caminando peligrosamente cerca del borde.
Empecemos por el argumento de mi amigo. Decir que María es madre únicamente del Jesús hombre —y dudar en llamarla Madre de Dios— es asomarse al precipicio de Nestorio. Para frenar este error, la Iglesia respondió en el Concilio de Éfeso en el año 431, con una sola palabra: Theotokos, la que da a luz a Dios. Esta declaración parece tocar solo a María, pero en realidad define nuestra salvación. En Cristo hay una unidad perfecta: todo lo que Jesús hace y padece como hombre, lo hace y lo padece el Hijo de Dios. Por eso, cuando María lo carga, está cargando a Dios hecho niño. Y cuando Jesús muere en la cruz, no es un simple hombre el que está colgado en el madero; es Dios mismo quien ha asumido nuestra carne para entrar en nuestra muerte y vencerla desde dentro. Quien separa al hombre Jesús del Hijo de Dios deja en el pesebre y en el madero a un simple mortal. Y ningún hombre —por especial que sea— puede sacarnos del abismo.
Por eso, décadas después, la Iglesia defendió el misterio desde el flanco opuesto. Con el mismo cuidado con que rechazó separar la divinidad de la humanidad, rechazó también confundirlas. En el Concilio de Calcedonia en el año 451, se proclamó que en Cristo hay una sola Persona en dos naturalezas, sin mezcla y sin división. Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre. Dios entero y hombre entero, precisamente para poder salvar al hombre entero. Esta herejía la proponía Eutiques y se conoció como monofisismo.
Un paso más allá está el precipicio de Arrio: “Jesús fue el más grande de los hombres, un maestro incomparable, pero no Dios”. Arrio iba aún más lejos: enseñaba que el Hijo “salió de la nada” y que era de una sustancia distinta a la del Padre. Nicea lo refutó en el año 325, confesando al Hijo engendrado, no creado, Dios verdadero de Dios verdadero, de la misma sustancia del Padre. Una criatura, por alta que sea, jamás alcanza a tender el puente entre el hombre y Dios; hace falta que el puente sea Dios mismo bajando hasta nosotros. Es lo que hoy sostienen, sin saber de dónde viene, los Testigos de Jehová, que para sostenerlo hasta retocan el Evangelio: donde Juan escribió «y la Palabra era Dios» (Jn 1,1), su traducción dice «un dios», con minúscula e insinuando otro Dios “mayor”. Añadieron dos letras y cambiaron toda la fe en Jesucristo.
El otro extremo se asoma en el precipicio contrario. Por cuidar la unidad de Dios, algunos disuelven a las Tres Personas en una sola que se pone máscaras: hoy hace de Padre, mañana de Hijo, después de Espíritu. Es lo que enseñó Sabelio en el siglo III, y lo que repiten hoy algunas corrientes llamadas pentecostales unicitarias que proclaman “Solo Jesús”. Bautizan únicamente en el nombre de Jesús y tienen la Trinidad por un invento. Sin embargo, al leer la Escritura encontramos que el día del bautismo del Señor, los Tres aparecen a la vez: el Hijo en el agua, el Espíritu como paloma, y la voz del Padre que dice «Éste es mi Hijo amado» (Mt 3,17). Dios es comunión de Tres desde siempre, y por eso San Juan pudo escribir que «Dios es Amor» (1 Jn 4,8): el amor pide alguien a quien amar, y en Dios ese Alguien es eterno.
Otro precipicio se abre en el terreno de la salvación. “Dios ayuda al que se ayuda”; “el cielo se gana a pulso”. Así pensaba Pelagio —que el hombre puede obrar el bien y salvarse sin necesidad interior de la gracia—, a quien la Iglesia condenó en Cartago en el año 418, con San Agustín al frente. La salvación es don, es regalo, es gracia, y se recibe con las manos abiertas y vacías: la gracia llega primero, gratis, y nuestra libertad coopera con ella. Y aquí hay que detenerse, porque algunos hermanos evangélicos nos acusan justo de lo contrario: de querer salvarnos por nuestras obras y no por la fe. Pero resulta que fue la Iglesia Católica quien derrotó esa herejía. Como dijo San Pablo: «Pues habéis sido salvados gratuitamente, mediante la fe. […] es un don de Dios» (Ef 2,8). Las obras vienen después, como el fruto viene del árbol: brotan de una fe viva, «la fe que actúa por la caridad» (Ga 5,6), pues «la fe, si no tiene obras, está realmente muerta» (St 2,17). El verdadero heredero de Pelagio hoy es el evangelio de la prosperidad, que convierte la fe en una palanca para arrancarle bienes a Dios: “con suficiente fe, yo provoco la bendición”. De la misma raíz brotan el “yo declaro” y “yo decreto” que hoy se oyen en tantos labios de tantos, como si la palabra del hombre tuviera el poder creador que solo a Dios pertenece.
Hay también un precipicio que parece santo. Donato, en el siglo IV, enseñaba que la Iglesia verdadera es la de los puros, y que un ministro indigno no puede dar sacramentos válidos. San Agustín le respondió que la fuerza del sacramento viene de Cristo, y no de la virtud del que lo administra; por eso un sacerdote pecador absuelve de verdad, y el perdón que recibes en la confesión es real. El donatismo sigue muy vivo y de modos que reconocemos. Cada vez que alguien toma los pecados de los miembros de la Iglesia —los escándalos de abusos, tan reales y tan graves— para concluir que la Iglesia entera es falsa, está cayendo en la herejía de Donato. Un ejemplo fueron quienes atacaron al Papa Francisco acusándolo de toda clase de agendas —falsas todas—, como si la santidad de la Iglesia dependiera de que sus pastores nos resulten simpáticos. Entre los Doce, Judas traicionó a Jesús, Pedro lo negó y todos salieron huyendo y lo dejaron solo. La Iglesia no dejó por eso de ser de Cristo. El Señor mismo lo dijo con el trigo y la cizaña: «Dejad que ambos crezcan juntos hasta la siega» (Mt 13,30). La Iglesia es santa porque es el Cuerpo de Cristo; es Él quien nos sostiene aun con nuestras manos sucias.
Cerca está el precipicio de Montano, otro del siglo II. Él anunciaba una “nueva profecía”: el Espíritu hablando hoy con revelaciones frescas, por encima de lo recibido de los apóstoles. En esa pendiente cayó hasta Tertuliano, hombre brillante. Y en ella se explica algo que vemos todos los días: la multiplicación incesante de iglesias, cada una fundada sobre lo que “el Espíritu le reveló” al pastor de turno al abrir su Biblia. El absurdo salta a la vista en cuanto uno lo piensa: el Espíritu Santo no puede revelar “verdades” distintas, mucho menos que se contradigan. «Pues Dios no es un Dios de confusión, sino de paz» (1 Co 14,33). El Espíritu sigue actuando —da dones, mueve los corazones, llama a conversión—; pero lo que ilumina es siempre el mismo Evangelio. La Revelación quedó completa con los apóstoles; el Espíritu la profundiza, sin estrenar otra.
Queda el precipicio iconoclasta, que acusa a los católicos de idólatras por tener imágenes de Cristo y de los santos. La controversia es antigua: la Iglesia la cerró en el segundo Concilio de Nicea, en el año 787, la misma ciudad donde había confesado la divinidad del Hijo. La objeción reapareció siglos después en parte de la Reforma —sobre todo en la tradición reformada, que vació sus templos de imágenes, mientras luteranos y anglicanos las conservaron—. Pero no hacía falta un concilio; nos basta abrir la Biblia. El mismo Dios que prohibió los ídolos mandó a Moisés labrar dos querubines de oro y ponerlos sobre el Arca de la Alianza (Ex 25,18-20); y el Templo de Jerusalén, casa de Dios, estaba cubierto de figuras talladas de querubines, palmeras y flores (1 R 6). Más aún: cuando el pueblo moría mordido por serpientes, Dios mandó a Moisés fundir una serpiente de bronce y alzarla en un asta, y el que la miraba quedaba sano (Nm 21,8-9). El propio Jesús tomó aquella imagen para hablar de sí mismo ante Nicodemo: «Y, del mismo modo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre» (Jn 3,14). El ídolo es un dios falso al que se adora; la imagen es una ventana que deja pasar la luz hacia el Dios verdadero. Esa es la enseñanza de San Basilio que aquel concilio hizo suya: la veneración dada a la imagen pasa a quien la imagen representa. Y desde que Dios se hizo visible en Cristo, lo visible puede conducirnos a Él.
El más antiguo de todos los precipicios es también el más sutil. Ya en tiempos de los apóstoles había quienes enseñaban que la materia no cuenta, que el cuerpo es una cárcel, y que salvarse es alcanzar un saber escondido, una conciencia superior. Hubo incluso quien predicó que el cuerpo de Cristo fue pura apariencia, que Dios no pudo tocar de verdad nuestra carne. Lo llamaron gnosticismo y docetismo, y reaparece intacto en la Ciencia Cristiana, en la Nueva Era, en cada espiritualidad que promete elevarse dejando atrás el cuerpo y el mundo. San Juan dio la prueba para reconocer el engaño: «En esto podréis reconocer quién tiene el espíritu de Dios: todo el que confiesa que Jesucristo vino como verdadero hombre, ése tiene el espíritu de Dios» (1 Jn 4,2). Porque «la Palabra se hizo carne» (Jn 1,14). Dios abrazó la materia: la tomó, la habitó, la salvó desde dentro. Por eso la carne es buena, y el cuerpo resucitará.
Mira bien lo que la Iglesia ha venido haciendo durante veinte siglos. En el filo de cada uno de estos precipicios fue colocando una baranda. Esas barandas se llaman dogmas, y siguen ahí, firmes, después de que pasaran imperios y modas. Lo que duele es ver a tanta gente de buen corazón caminar junto a ellas sin verlas. Y conviene decir por qué no las ven: porque la voz que todavía las señala, la única que sigue avisando “¡cuidado, aquí hay un abismo!”, es la Iglesia Católica. Como la advertencia viene de ella, muchos desconfían de la advertencia misma, y siguen caminando hacia el borde. La baranda fue siempre eso: amor que vigila al borde del abismo, puesta ahí para que ninguno de sus hijos cayera.
La próxima vez que escuches una de estas frases —en una canción, en una prédica, quizá en tu propia boca—, ¿la reconocerás? ¿Sabrás cuántos siglos tiene, y qué precipicio guarda la baranda que la Iglesia puso para ti?
Volviendo a mi amigo del principio, la próxima vez que me siente a conversar con él voy a mostrarle una oración que la Iglesia guarda casi desde su fundación. Se conoce como el Sub tuum praesidium y es la oración más antigua que se conserva dedicada a la Virgen. Fue hallada en un papiro griego del siglo III que hoy se guarda en Manchester, Inglaterra, y desde entonces se reza en los ritos bizantino, copto, ambrosiano y latino.
Hay un viejo verso castellano que el romance popular pone en boca del rey Alfonso: “Cosas tenedes, mio Cid, que farán fablar las piedras”. Me permito tomárselo prestado y dirigírselo a Nestorio. Porque resulta una fina ironía de la historia que, mientras el arzobispo de Constantinopla escandalizaba a la cristiandad en el siglo V pretendiendo negarle a la Virgen el título de Madre de Dios, el papiro hallado en las arenas de Egipto demostrara que “las piedras” —y los fieles— ya lo proclamaban casi dos siglos antes de que él naciera.
Te la comparto y te invito a que la recemos juntos, pidiéndole a la Virgen que no cese de interceder para que todos aquellos que dicen seguir a su Hijo, un día puedan ser «un solo rebaño, bajo un solo pastor» (Jn 10,16).
Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios; no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades; antes bien, líbranos de todo peligro, ¡oh siempre Virgen, gloriosa y bendita!
Que ella nos guarde en la baranda de la verdad, para que caminemos seguros, sin miedo a los precipicios de la historia. Amén.

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