Imaginemos por un momento esta escena en la intimidad de una capilla en Venecia. Un hombre respetado, revestido con la dignidad de la Iglesia, deja a un lado los signos visibles de su oficio. Albino Luciani, futuro Papa Juan Pablo I, describía ese instante sagrado de esta manera:
“Personalmente, cuando hablo solo con Dios y la Virgen, más que adulto, prefiero sentirme niño. La mitra, el solideo, el anillo desaparecen; mando de vacaciones al adulto y también al obispo, para abandonarme a la ternura espontánea que tiene un niño delante de papá y mamá.”

Hay una libertad profunda en este gesto. Ante Dios, los títulos, las responsabilidades, las defensas interiores y las seguridades humanas pierden su peso. Queda la persona en su verdad más honda: criatura amada, hijo necesitado, alma llamada a confiar. Luciani se presenta ante el Padre y ante la Virgen con la espontaneidad del niño que se sabe recibido. En esa imagen se resume una actitud central del Evangelio: para entrar en el Reino hay que aprender a ser pequeños.
Jesús lo enseñó con un gesto sencillo. Llamó a un niño, lo puso en medio de los discípulos y les explicó que para ser grande en el Reino de los Cielos, hace falta hacerse pequeño como aquel niño (Mt 18,4). La enseñanza de Jesús contiene una paradoja luminosa: ser menos para ser más. El camino de la grandeza cristiana pasa por la humildad. El alma se eleva cuando desciende; madura cuando se vuelve sencilla; se fortalece cuando aprende a depender de Dios.
Toda la Biblia respira esta lógica. Dios mira la pequeñez de María y hace maravillas en ella. Elige a David, el menor entre sus hermanos, para conducir a su pueblo. Jesús bendice al Padre porque revela sus misterios a los pequeños. La historia de la salvación muestra una y otra vez que Dios realiza sus obras más grandes en corazones humildes, disponibles y confiados.
Aquí conviene matizar un detalle. Está la fe infantil de aquellos que apenas comienzan a dar sus primeros pasos en la fe. Pero quienes se quedan en la puerta, viven una espiritualidad superficial, frágil, inmadura, muchas veces milagrera. San Pablo advierte sobre esa forma de vivir la fe (1Co 13,11).
Hacerse niño significa vivir ante Dios con corazón filial. El niño sabe recibir. Sabe dejarse levantar. Su seguridad nace de saberse amado y de dejarse amar. Esa disposición, purificada por la gracia, se convierte en confianza, humildad, transparencia, abandono. La infancia espiritual abre el alma a Dios porque la vacía de pretensiones y la dispone para recibirlo todo como don. Por eso, para tocar el cielo primero hay que aprender a ser pequeños.
Esta tensión evangélica donde menos es más encuentra su eco más puro en la teología de Santa Teresita de Lisieux. Ella descubrió que sus debilidades y limitaciones eran el terreno perfecto para la gracia. En lugar de intentar escalar la montaña de la perfección con sus propias fuerzas, Teresita prefirió el “caminito” de la infancia espiritual.
Ella misma se contemplaba como un pincel en las manos del Artista o como un pequeño grano de arena. Su intuición fue revolucionaria: la santidad consiste en dejarse amar en nuestra pequeñez. Cuando nos reconocemos necesitados, vacíos de méritos propios, “obligamos” a Dios a inclinarse hacia nosotros. El abismo de nuestra nada atrae el abismo de su misericordia.
Otros santos caminaron por esta misma senda. San Francisco de Asís abrazó la sencillez evangélica como libertad interior. San Carlos de Foucauld hizo de su vida una oración de abandono en manos del Padre. Santa Teresa de Calcuta reconoció a Cristo en los más pequeños y sirvió desde una humildad concreta, cotidiana, perseverante. En todos ellos aparece la misma ley del Reino: Dios engrandece al corazón que se hace pequeño ante Él.
Hacerse niño requiere un coraje inmenso. El corazón del niño se mantiene expuesto, permeable a la realidad, dispuesto a conmoverse y a empezar de nuevo cada mañana. Es la madurez de la sencillez: un estado de pureza que se alcanza tras haber comprendido que las complejidades del mundo solo se sanan con la transparencia del alma.
Oremos con las palabras del Padre Léonce de Grandmaison, pidiendo la gracia de un corazón transformado:
Santa María, Madre de Dios, consérvame un corazón de niño, puro y cristalino como una fuente. Dame un corazón sencillo que no saboree las tristezas; un corazón grande para entregarse, tierno en la compasión; un corazón fiel y generoso que no olvide ningún bien ni guarde rencor por ningún mal. Fórmame un corazón manso y humilde, amante sin pedir retorno, gozoso al desaparecer en otro corazón ante tu divino Hijo; un corazón grande e indomable que con ninguna ingratitud se cierre, que con ninguna indiferencia se canse; un corazón atormentado por la gloria de Jesucristo, herido de su amor, con herida que sólo se cure en el cielo. Amén.

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