Hace casi tres mil años, en la antigua Grecia, había un momento en que los caminos hacia Olimpia debían quedar abiertos.

Las ciudades griegas podían vivir enfrentadas entre sí. Había tensiones, rivalidades, conflictos, guerras. Pero cuando se acercaban los Juegos Olímpicos, se proclamaba una tregua sagrada: los atletas, los peregrinos y los espectadores debían poder viajar hasta Olimpia y regresar a sus ciudades sin ser atacados.
No era todavía la paz plena. No era el Evangelio. No era la fraternidad como la entendemos desde Cristo.
Pero había allí una intuición profundamente humana: para encontrarnos, primero hay que dejar de atacarnos.
Esa imagen antigua —los caminos abiertos hacia una misma meta— puede ayudarnos a entender la intención de oración que el Papa León XIV nos propone este mes de junio:
Por los valores del deporte
Oremos para que el deporte sea un instrumento de paz, encuentro y diálogo entre culturas y naciones, y para que promueva valores como el respeto, la solidaridad y la superación personal.
El deporte no es poca cosa. A veces lo reducimos al marcador, a la medalla, al campeonato, al aplauso o al fracaso. Pero, cuando se vive bien, el deporte toca algo más profundo. Enseña a esperar el turno. A respetar una regla común. A reconocer al otro. A trabajar en equipo. A levantarse después de caer. A ganar sin humillar y a perder sin resentimiento.
Eso lo vemos en los grandes estadios, sí. Pero se aprende en las canchas pequeñas. En el parque del barrio. En el equipo de la escuela. En el niño que ayuda al contrario a levantarse. En la joven que entrena aunque nadie la esté mirando. En el entrenador que no solo quiere formar atletas, sino personas. En los padres que animan sin presionar. En el árbitro que recuerda que sin reglas no hay juego posible. En el saludo al rival antes y después del partido.
Ahí también se construye paz.
Porque la paz no comienza únicamente en las mesas de negociación. También comienza en el corazón que aprende a no mirar al otro como enemigo. Y el deporte, cuando conserva su alma, puede enseñarnos eso: que el rival no es alguien a quien destruir, sino alguien con quien puedo dar lo mejor de mí.
San Pablo entendía bien ese lenguaje. Al hablar de la vida cristiana, no tuvo miedo de usar imágenes tomadas del deporte: la carrera, la disciplina, la meta, el combate. «Ya sabéis que en las carreras del estadio todos corren, pero sólo uno recibe el premio. ¡Pues corred, de manera que lo consigáis!» (1Co 9,24). Y más adelante añade que él mismo castiga su cuerpo y lo esclaviza, no sea que, después de haber predicado a otros, quede descalificado.
Esa palabra, en ese contexto, impresiona: descalificado.
San Pablo no habla como quien se cree dueño de la meta. Habla como quien sabe que también necesita vigilancia, humildad, perseverancia. Si él, apóstol de Cristo, se toma tan en serio la carrera de la fe, cuánto más nosotros deberíamos preguntarnos hacia dónde estamos corriendo, qué estamos buscando, qué clase de victoria nos mueve.
Porque no toda victoria engrandece el alma. Hay triunfos que dejan heridos por el camino. Hay competencias que despiertan soberbia. Hay pasiones deportivas que terminan en insultos, violencia o desprecio. Hay presiones que convierten a niños y jóvenes en máquinas de rendimiento, olvidando que antes que atletas son personas.
Por eso esta intención del Papa llega en un momento muy oportuno.
Necesitamos recuperar el deporte como lugar de formación humana. Como espacio donde el cuerpo se fortalece, pero también el carácter. Donde se aprende disciplina, pero también alegría. Donde se busca superar los propios límites, pero sin pisotear al otro. Donde la excelencia no se confunde con arrogancia, ni la derrota con inutilidad.
La Iglesia mira el deporte con simpatía porque mira a la persona entera. El cuerpo también habla de Dios. La amistad también educa. El esfuerzo también puede purificar el corazón. Y una cancha, cuando se vive con nobleza, puede convertirse en una pequeña escuela de respeto, solidaridad y fraternidad.
El Papa nos invita a rezar para que el deporte sea instrumento de paz, encuentro y diálogo entre culturas y naciones. Esa oración no se queda lejos de nosotros. Nos toca muy de cerca.
Nos toca cuando hablamos de un equipo contrario.
Nos toca cuando nuestros hijos juegan.
Nos toca cuando ganamos.
Nos toca cuando perdemos.
Nos toca cuando celebramos.
Nos toca cuando opinamos desde la grada, desde la televisión o desde las redes sociales.
También ahí se nota qué valores llevamos dentro.
Tal vez por eso aquella antigua tregua olímpica sigue teniendo algo que decirnos. Los griegos abrían los caminos para que los atletas pudieran llegar a Olimpia. Nosotros necesitamos abrir otros caminos: caminos de respeto, de diálogo, de amistad social, de convivencia. Caminos donde los pueblos no se miren solo como adversarios, sino como compañeros de una misma humanidad.
El deporte no puede salvar el mundo por sí solo. Pero sí puede recordarnos algo que el mundo olvida con facilidad: que es posible encontrarnos sin destruirnos; competir sin odiarnos; esforzarnos sin despreciar; celebrar sin excluir; ganar sin perder el alma.
Este mes, yo me uno a la oración del Papa. Te invito a que tú también lo hagas.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
Señor de la vida,
te damos gracias por el don del deporte,
por quienes glorifican a Dios con el ejercicio de sus cuerpos,
por las amistades que nacen en la cancha
y la alegría de jugar en equipo.
Tú nos enseñas que en la vida, como en el juego,
nadie se salva solo.
Necesitamos del otro para crecer,
para aprender a respetar, superar límites,
y celebrar juntos los logros alcanzados.
Te pedimos que el deporte sea siempre
escuela de fraternidad y no de rivalidad vacía,
espacio de encuentro y no de exclusión,
camino de paz y no de violencia.
Haz que quienes practican, entrenan o animan
descubran en el deporte un lenguaje universal
que acerca culturas, une pueblos,
y siembra respeto, solidaridad y superación personal.
Señor Jesús,
que cada deporte sea parábola de una vida vivida contigo,
colaborando con esfuerzo y alegría,
viviendo con humildad en la derrota
y gratitud en la victoria que nos ofreces en tu resurrección.
Que nunca falte en nosotros tu Espíritu,
que nos hace un solo equipo, unido contigo
para construir comunión y fraternidad en la historia.
Amén.
Puedes acceder El Video del Papa en: https://www.youtube.com/watch?v=BG1kzfjsSWY

Tienes algo que decir
Te invitamos a comentar, aportar, sugerir, elogiar, objetar, refutar... sobre los temas y artículos que aquí presentamos.