El día que volví a ver


¿Te ha pasado alguna vez que la rutina te envuelve de tal manera que dejas de ver lo extraordinario de lo cotidiano? A mí me pasó hace poco. Quiero contarte algo que viví el domingo pasado, una pequeña historia que me sacudió el alma y que no he podido dejar de pensar ahora que nos acercamos a la fiesta de Corpus Christi.

El día que volví a ver

Había sido una semana agotadora. Llegué a la parroquia con la mente llena de ruidos, de cosas pendientes, de esas preocupaciones que a veces cargamos como si el mundo dependiera de nuestras fuerzas. Me senté en uno de los bancos de atrás, buscando un poco de silencio, pero mi cabeza seguía corriendo a mil por hora.

Entonces, empezó la Misa.

Durante la liturgia de la Palabra, confieso que me costó concentrarme. Pero al llegar el ofertorio, algo cambió. Unos bancos más adelante, noté a un hombre mayor. Iba con las manos gastadas por el trabajo, la cabeza baja y los ojos fijos en el altar. Había en él una quietud tan profunda que me obligó a detenerme. Lo observé durante la Consagración. Cuando el sacerdote elevó la Hostia, vi cómo a este hombre se le iluminaba el rostro; cerró los ojos un instante, apretó las manos contra el pecho y susurró algo que no alcancé a escuchar, pero que se notaba que venía desde lo más hondo del corazón. No era un espectador; estaba encontrándose con Alguien.

En ese preciso instante, el ruido en mi cabeza se apagó. Sentí como si el mismo Jesús me tocara el hombro y me dijera al oído: “Mírame, estoy aquí. Todo esto lo hago por ti, hoy también”.

Fíjate, a veces guardamos la fiesta de Corpus Christi en una caja hermosa de tradiciones, procesiones y alfombras de flores. Y está bien, es precioso. Pero si nos quedamos solo en la procesión exterior, nos estamos perdiendo el núcleo del milagro.

El gran misterio de Corpus Christi no comenzó en una custodia de oro, sino en una mesa, durante la Cena que un Maestro celebró con sus doce amigos hace dos milenios. De ese encuentro íntimo nació cada Eucaristía, cada Misa que celebramos hoy; allí, el amor encontró la manera de quedarse para siempre.

A menudo pensamos en la Adoración Eucarística como ese momento a solas, en silencio, con el Sagrario o la Custodia. Aquellos que me conocen de cerca saben cuánto amo esos momentos. Pero hoy quiero recordarte —y recordarme a mí mismo— que ese Jesús al que adoramos en el silencio de la capilla, es el mismo que se hace presente, vivo y palpitante, en el altar durante la Misa.

La Misa no es la preparación para la Adoración; es el momento del encuentro en su estado más puro. Es el instante en que el Cielo rompe el tiempo y se une a la tierra. Cuando el pan y el vino se transforman, es Cristo que vuelve a entregarse, con el mismo amor con el que caminó hacia la Cruz, pero ahora vestido de pan para dársenos como alimento.

Volviendo a la historia, cuando llegó el momento de la Comunión, me puse en la fila detrás de aquel hombre. Al ver a la comunidad avanzar, me di cuenta de algo hermoso: ninguno de los que estábamos allí íbamos porque fuéramos perfectos o santos. Íbamos porque teníamos hambre. Íbamos al encuentro del Amigo que sabe exactamente dónde nos duele la vida.

Al llegar al altar, cuando el sacerdote me miró y dijo: “El Cuerpo de Cristo”, ya no quedaba nada de la distracción con la que entré. Mi “Amén” fue un grito de alivio, un “gracias, Señor, porque sé que no estoy solo”. Y al recibirlo, experimenté esa intimidad tan tuya y tan mía con Él, pero multiplicada por todos los que me rodeaban.

Jesús Sacramentado en la Misa no se queda en el altar, ni se encierra en el sagrario; se mete en nuestro pecho para caminar con nosotros la semana entera.

Por eso, al celebrar este Corpus Christi, mi invitación para ti es que volvamos a asombrarnos de la Misa. Que cuando vayas este domingo, dejes los ruidos en la puerta y te prepares para el encuentro más íntimo de tu vida.

No dejes que la costumbre te robe el milagro. Míralo en el altar, déjate mirar por Él en la Consagración, y recíbelo con el corazón abierto de par en par. Al final del día, el Sacramento del Amor se nos dio para eso: para recordarnos que el Dios del universo quiso quedarse con nosotros «todos los días hasta el fin del mundo».

Te abrazo fuertemente en la oración, y nos encontramos allí, en la Eucaristía.

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