Marcos no fue uno de los Doce. Era apenas un joven cuando comenzó todo, probablemente el mismo muchacho que el Evangelio menciona en Getsemaní la noche del arresto de Jesús y que escapó corriendo, dejando en manos de los soldados el lienzo con que se cubría (cf. Mc 14,51-52). Una escena tan concreta, tan íntima, que parece sugerir que fue el propio Marcos quien se incluyó en el relato sin dar su nombre.

Su madre, María, tenía una casa conocida en Jerusalén, lugar de reunión de los primeros cristianos. Fue ahí adonde fue Pedro directo cuando lo liberaron milagrosamente de la cárcel: «marchó a la casa de María, la madre de Juan, por sobrenombre Marcos, donde se hallaban muchos reunidos en oración» (Hch 12,12). Marcos creció, literalmente, en medio de la Iglesia que nacía.
Acompañó a Pablo y a su primo Bernabé (cf. Col 4,10) en parte del primer viaje misionero, pero regresó a Jerusalén al llegar a Perge de Panfilia. Más tarde aparece vinculado a Pedro, y la tradición antigua lo recuerda en Roma como su intérprete. San Papías de Hierápolis —uno de los testimonios más antiguos que tenemos, de la primera mitad del siglo II— lo recoge con precisión: Marcos escribió con exactitud todo lo que recordaba de la predicación de Pedro. San Ireneo lo confirma: Marcos, el discípulo e intérprete de Pedro, nos transmitió por escrito lo que Pedro había predicado. Y Clemente de Alejandría añade el detalle humano: fueron los propios oyentes de Pedro en Roma quienes le pidieron a Marcos que pusiera por escrito lo que escuchaban. Pedro lo aprobó y autorizó que se leyera en las iglesias.
La predicación de Pedro era mayormente en arameo. Marcos traducía al griego koiné, que funcionaba como la lengua franca de las comunidades cristianas en Roma. Aun así, en sus relatos conserva palabras y frases en arameo, específicas de Jesús como «Talitha kumi» y «Abba» que daban autenticidad al testimonio de Pedro. Aunque el texto es griego, Marcos también incorpora latinismos que no aparecen en otros Evangelios sobre milicia, moneda y leyes. De esta forma, Marcos funciona como el puente entre ese testimonio de primera mano y el mundo al que había que llegar.
Roma no era Jerusalén, y los destinatarios de la predicación de Pedro eran gentiles. Los romanos vivían rodeados de dioses: dioses del hogar, dioses de la ciudad, dioses del Imperio. Para un romano, añadir a Jesús al “panteón” no era un problema; el escándalo de la predicación de Pedro era afirmar que Jesús era el único Señor (Kyrios), lo que invalidaba a todos los demás dioses y, por extensión, la autoridad divina del César.
Esto es lo que afirma el Evangelio de Marcos desde el primer versículo: «Comienzo del Evangelio de Jesús, el Cristo, Hijo de Dios» (Mc 1,1). Y de ahí en adelante, narra los milagros que manifiestan ese poder: Jesús tiene dominio sobre la enfermedad, sobre el mar, sobre los demonios, sobre la muerte. No es uno más entre muchos dioses; es el único Dios.
Según una antigua tradición, después de Roma, Marcos fue a Alejandría, donde estableció una comunidad y fue el primer obispo de la Iglesia en Alejandría. Murió mártir en esa ciudad y, aunque la fecha es incierta, la tradición la sitúa en la década de los 60. Sus reliquias fueron llevadas a Venecia en el 828 y reposan hoy en la basílica que lleva su nombre. En 1968, el Papa Pablo VI devolvió parte de ellas al Patriarcado de Alejandría, donde se veneran en la catedral copta de El Cairo.
En la iconografía católica, Marcos es simbolizado por un león alado. Este símbolo tiene varios significados. Por un lado, al comienzo de su evangelio, San Marcos describe a Juan el Bautista como la «voz del que clama en el desierto» (Mc 1,3). Esta voz potente suele asociarse al rugido de un león. Por otra parte, los cuatro evangelistas se asocian a la visión de Ezequiel (1,10) y a los cuatro Vivientes del Apocalipsis (4,7). Marcos es representado por el león.
Oración
Señor, Dios nuestro, que enalteciste a tu evangelista san Marcos con el ministerio de la predicación evangélica, concédenos aprovechar de tal modo sus enseñanzas que sigamos siempre fielmente las huellas de Cristo. Que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.

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