Entre los capuchinos corre de convento en convento una cuarteta que siempre arranca una sonrisa:
“Santo es hoy quien fue abogado.
¡Obra del poder divino!
Le costó ser capuchino
y morir martirizado.”

Me imagino al fraile que la compuso, con su hábito marrón y su capucha echada hacia atrás, disfrutando de lo que acababa de rimar. Porque la vida de San Fidel de Sigmaringa tiene esa doble textura: es a la vez simpática y profunda, tierna y heroica. Hay en ella detalles que hacen reír… y otros que te dejan sin palabras.
Empecemos por el nombre.
Cuando Marcos Rey —ese es su nombre de pila— ingresó a los capuchinos en 1612, ya tenía 35 años. Había sido abogado exitoso, doctorado en Friburgo, profesor de filosofía, preceptor de hijos de nobles en un recorrido por toda Europa. Y de repente, lo deja todo. Nadie lo entiende muy bien. Él sí. Pero eso viene después.
El día que le impusieron el hábito y el nombre religioso, el Padre Guardián* —con esa picardía que a veces tienen los superiores religiosos— le dijo sonriendo: “Sé fiel, Fidel, hasta la muerte, y recibirás la corona de la vida”. Esas palabras son un eco del Apocalipsis: «Mantente fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida» (Ap 2,10).
El Padre Guardián no sabía que estaba profetizando. El tiempo se encargaría de demostrarlo.
Marcos Rey había nacido en 1577 en Sigmaringa, una pequeña ciudad alemana a orillas del Danubio. Por sus venas corría sangre española —Rey era su apellido paterno— mezclada con la vigorosa sangre alemana de su madre, Genoveva Rosenberger. Desde joven fue conocido por tres cosas: su inteligencia extraordinaria, su piedad sólida y su defensa gratuita de los más pobres. El pueblo lo llamaba “el abogado de los pobres”.
Pero la jurisprudencia le fue decepcionando. Un día, un colega sin escrúpulos intentó convencerlo de arreglar un caso a favor del mejor postor. Marcos quedó estupefacto, colgó la toga y empezó a buscar otra cosa. Encontró a los capuchinos. Y en ellos encontró la combinación perfecta entre el silencio que anhelaba y el celo apostólico que lo empujaba.
Como fraile fue extraordinario. Predicaba con tal sencillez y tal fuego que hasta los herejes —que los había en cantidad en la Suiza de aquella época— iban a escucharlo. Tanto lo admiraban, que precisamente por eso quisieron matarlo. Nadie convierte más que un predicador convincente, y eso lo sabían sus adversarios.
Una vez, en Altdorf, un caballero le advirtió después de uno de sus valientes sermones: “Padre, si queréis comer aquí buena sopa, debéis predicar de otra manera”. La respuesta de Fidel fue inmediata: “¿Y qué me importan a mí vuestras sopas? Yo no predico para que no me falte vuestra comida, sino que hablo lo que me manda la conciencia”.
Así era Fidel.
En 1622 lo enviaron a predicar a los grisones, una región de Suiza donde el protestantismo calvinista estaba muy arraigado y los ánimos, muy caldeados. Fidel aceptó la misión sabiendo perfectamente a qué se exponía. Antes de partir, en su última predicación en Feldkirch, dijo abiertamente: “Esta es la última vez que os predico. Por voluntad de Dios debo ir a la Rezia, y allí, seguramente y con gran placer mío, he de acabar mi vida”. En el camino, al ver el abrupto valle del Pretigau, comentó tranquilo a sus compañeros: “¡No saldré vivo de esta comarca!”
Y las cartas que escribió en esos días las firmaba así: “Fray Fidel, que pronto será pasto de gusanos”.
Difícil decidir si eso es humor negro o santidad pura. Yo creo que eran las dos cosas a la vez.
El 24 de abril de 1622, mientras predicaba en la iglesia de Seewis, le dispararon desde la misma nave. La bala pegó en el púlpito. Él no se movió. Al salir, una turba lo rodeó y le exigió que renunciara a la fe católica. Su respuesta fue corta y definitiva: “He venido para refutar vuestra herejía, no para abrazarla”. Lo golpearon, lo traspasaron con la espada. Sus últimas palabras fueron de perdón para sus asesinos.
Tenía 45 años. Solo había sido capuchino diez.
El nombre que le pusieron como broma aquel día en el noviciado resultó ser una profecía. Fidel fue fiel. Hasta la muerte.
La Iglesia recuerda a San Fidel cada 24 de abril. En el Oficio de Lecturas de este día, el Papa Benedicto XIV termina su “elogio” con unas palabras del propio Fidel en su último sermón — su testamento espiritual:
“¡Oh fe católica, qué estable y firme eres, qué bien arraigada, qué bien cimentada estás sobre roca inconmovible! El cielo y la tierra pasarán, pero tú nunca podrás pasar… Lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe.”
Oración
Señor Dios, que te has dignado conceder la palma del martirio a San Fidel de Sigmaringa cuando, abrasado en tu amor, se entregaba a la propagación de la fe, concédenos, te rogamos, que arraigados como él en el amor, lleguemos a conocer el poder de la resurrección de Jesucristo. Que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
* Padre Guardián no es un nombre, sino un título. Más que ser un superior, su función principal es animar la fraternidad y fomentar la unión.

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