Pedro

No sé qué hacer. No sé qué pensar. No sé lo que siente mi corazón. No sé quién soy, porque Él me eligió para ser Pedro, la piedra, la base de la Iglesia. Y yo… yo soy un traidor, un violento, el de la espada, el de las tres negaciones, el cobarde. No sé ya quién soy, porque durante tres años fui su sombra, su compañero, su discípulo. Y ahora solo soy un derrotado. Ya nada tiene sentido. No sé a dónde iré. Después de conocer a Jesús, la vida ya solamente tiene sentido con Él y en Él. ¿Para qué vivir si Él ya no vive? ¿Cómo encontrar un propósito al quehacer cotidiano? Antes de encontrarle, yo sabía ser pescador, tener familia, sobrevivir trabajando mucho y deseando simplemente llegar a viejo con mis hijos y mis nietos, poder contarles viejas historias de anillos encontrados en el vientre de un pez, ir a la sinagoga, rezar, vivir sencillamente, esperar la muerte muy anciano mirando al mar de Galilea.

Pedro

Algunos de los nuestros me han sobresaltado. Dicen que Jesús vive, que se les ha aparecido y que nos busca. Nos busca. Está vivo. ¿Y yo? A mí, no, Señor, a mí no. Yo no soy digno. Yo te negué tres veces, dije que no te conocía. No te acerques a mí, Jesús, no vengas. Abandóname como yo te abandoné. No vengas. No me hagas enfrentarme a mi vergüenza. ¿Cómo puedo presentarme ante ti y sostenerte la mirada cuando yo soy lo peor de tu rebaño, oveja perdida, hijo pródigo aún escapado? No vengas, mi Jesús, no vengas. Mi corazón desea que estés vivo, porque sin ti nada tiene esperanza ni futuro. Pero no quiero verte, no puedo verte. Estoy manchado de vergüenza y pecado. No vengas, mi Jesús, no vengas.

“La paz con vosotros” fue su primera palabra y una espada atravesó mi alma. Crueldad de Jesús que me tortura. Me tortura con la suavidad de su voz, con el calor de su abrazo, con su mirada compasiva. Yo le vi mirar así ya muchas veces: a los pecadores, a los publicanos, a los paralíticos. Y ahora me mira a mí, oveja negra sin pastor, oveja maldita de un rebaño bendecido, la que no fue capaz de morir con el pastor. Me mira Jesús y mi cuerpo tiembla; mi alma llora. Me quema su mirada de amor. Esa mano que me tiende, que me acaricia, que me acoge.

“Soy yo, Pedro, soy yo. ¿Y tú… tú aún eres Pedro?”

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Juan L. Calderón
Un nuevo comienzo, Reflexiones diarias para Cuaresma y Pascua.

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