Tú no sabes el dolor que es sentir las gotas de su sangre sobre la piel. Tú no estabas a los pies de su cruz mirando como moría aquel que me dio la vida. Quizás tu vida ha sido fácil y te gustaba escucharle, creías sus palabras y apreciabas sus discursos. Quizás le hizo un milagro a algún amigo tuyo. Quizás le mirabas con agrado por ser distinto. No sé y no importa. Yo tenía que estar a los pies de su cruz. Yo tenía que mancharme con su sangre. Yo tenía que estar cerca de Él cuando todos… cuando tú… le habíais dejado solo.

Qué fácil es estar cerca del Jesús triunfante. Qué fácil es gritar hosannas a su paso cuando todos aplauden y comer el pan por Él multiplicado. No te juzgo, eso lo hará Dios. Solo te digo que yo no, que yo necesitaba estar a su lado, escuchar sus gemidos y sus lágrimas. Porque yo fui mala, pecadora, juzgada, rechazada, odiada… como Él. Y cuando nadie me quería, cuando yo era sucia y puro pecado mortal, Él vino a mí a lavarme con el paso suave de sus palabras de perdón sobre mi alma.
Yo estuve muerta. Todos lo sabían y a algunos les convenía. Me mataban con su pecado y yo les dejaba hacer. Por un tiempo mi vida fue una muerte, muerte total del alma. Y tantos hipócritas mentirosos me juzgaban de día y me buscaban de noche, para escupirme mi pecado a la cara de día, para alimentar su pecado de noche. Yo estaba muerta. Entonces llegó Jesús a resucitarme, a sacarme de una vida de miseria interior, de la condena de ser pecado mortal en medio de Israel. Tendió sus manos hacia mí, me miró, me acarició el alma. Ningún hombre jamás me había mirado así. Su compasión no era la de quien mira a un muerto ajeno. Él no estaba bendiciendo mi tumba. ¡NO! Jesús me miró con vida en sus ojos. Y con la fuerza de su espíritu llenando el mío me gritó que viviera, que tenía otra oportunidad, que me fuera libre de pecado para no pecar jamás.
No, no siento rabia. Odiarles sería pecar. Y Él me ordenó que no pecara. Simplemente siento tristeza, dolor, desesperación. Porque yo volví a la vida porque Él me dio nueva vida. ¿Y ahora? ¿Quién les dará la oportunidad a otros de renacer de nuevo con la gracia? ¿Cómo seguirá este mundo adelante si mataron a nuestro bien y a nuestra esperanza? Mis lágrimas son de dolor y de tristeza porque vino el sol y preferimos la tormenta, porque vino Dios y elegimos odiarle. Me duele el alma al pensar que puedo ser la última flor del Edén que Jesús traía, porque no sé cómo volverá a florecer la primavera. Mi última obra de amor sobre esta tierra era embalsamar su cuerpo muerto. Habían pasado ya tres días, quizás olía mal me dijo el hombre de la tienda que me vendió los perfumes. Pero cómo negarle mi presencia a quien me sacó a mí de la sepultura. Entre llanto voy al sepulcro… y me parece ver la piedra movida.
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Juan L. Calderón
Un nuevo comienzo, Reflexiones diarias para Cuaresma y Pascua.

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