Era el año 2000. María Vallejo-Nágera se sentía a salvo en Londres mientras los Balcanes ardían en el telediario. Escritora española, mundana, agnóstica de las convencidas, miraba la fe con la sonrisa condescendiente de quien ya lo tiene todo resuelto. Unas amigas anglicanas la arrastraron casi a la fuerza a un pueblo de nombre impronunciable, perdido en una Bosnia que aún humeaba. Iba persuadida de que aquello era “un puñado de mentiras” y de que volvería igual de incrédula, con una buena anécdota para los cócteles de Londres.

Llegó a una aldea todavía cosida de cicatrices: casas con impactos de metralla, familias enterrando a sus muertos. Y allí, entre los escombros, cayó derribada del caballo como Saulo camino de Damasco. Vio su alma por dentro, vio el amor de Dios, y se levantó siendo otra. El grupo entero de anglicanos volvió a Londres convertido al catolicismo. Hoy ella es una de las voces que más ha difundido Medjugorje en el mundo de habla hispana.
Era una más entre miles. Apenas una gota de un río que llevaba ya casi veinte años corriendo hacia un caserío que, por pura lógica, no debería figurar en ningún mapa. ¿De dónde venía ese río?
Una aldea improbable y una iglesia demasiado grande
Medjugorje significa “entre montañas”. Es un puñado de aldeas pobres de Herzegovina, de tierra pedregosa buena para la vid y el tabaco, sin un río que la riegue, católica en medio de pueblos ortodoxos y musulmanes. Antes de que nadie soñara con apariciones, sus gentes ya habían clavado una cruz enorme en lo alto del monte Šipovac, en 1933, para recordar los mil novecientos años de la Redención. Tanto pesó aquella cruz —križ— que el monte cambió de nombre, y hasta hoy se llama Križevac, el monte de la Cruz. El lugar estaba marcado por el madero mucho antes de que llegara la Señora.
Y estaba la iglesia. En 1969, en plena dictadura comunista y en un país de fuerte presencia musulmana, los aldeanos consagraron un templo de dos torres con capacidad para más de mil personas. En un pueblo de unas cuatrocientos familias. Los vecinos protestaron por el despilfarro: ¿quién iba a llenar semejante nave? Cuentan que el arquitecto se defendía diciendo que en sueños había visto cómo un día se quedaría pequeña. Se rieron de él. Doce años más tarde dejaron de reírse.
Jesús habló una vez de un grano de mostaza, «la más pequeña de todas las semillas» (Mt 13,32), que termina hecho árbol donde anidan los pájaros del cielo. Medjugorje sería ese grano: lo más pequeño, lo más improbable, escogido para volverse sombra de multitudes.
El comienzo
El 24 de junio de 1981, hacia las seis de la tarde, seis jóvenes de la aldea —los mayores apenas adolescentes— dijeron haber visto en la colina de Podbrdo a una Señora joven, hermosísima, con un niño en brazos. Volvieron al día siguiente. Y al otro. La Señora se presentó como la Reina de la Paz, Kraljica Mira, y pidió tres cosas: conversión, oración, paz. Las dos primeras son el manantial; la tercera, el agua que brota de ellas. Esa paz que Jesús había dejado a los suyos: «La paz os dejo, mi paz os doy» (Jn 14,27). Y que ahora brotaba en pleno desierto.
El puño de hierro
Era Yugoslavia. Un Estado comunista y ateo donde tener una Biblia podía costar el empleo y rezar en público rozaba la rebeldía. Que media aldea empezara a subir a una colina a rezar el Rosario sonaba, a oídos del régimen, a sublevación. El párroco, Fray Jozo Zovko, había recibido a aquellos niños con cautela, sin terminar de creerles al principio. Pero cuando vio a su pueblo arrodillado y a la policía secreta merodeando, los protegió. Lo pagó caro: lo arrestaron en agosto de 1981, le fabricaron un delito político a partir de una homilía sobre el Éxodo y lo encerraron año y medio. Salió de la cárcel y volvió a predicar. El miedo, en vez de apagar la oración, la multiplicó.
La oposición de casa
Y luego llegó el rechazo que más dolía: el de dentro. El obispo de Mostar, que al principio había mirado los hechos con simpatía, se volvió su opositor más firme. Lo cuento sin escándalo, porque también esto es parte de la historia y, bien mirado, de su grandeza. La Iglesia no se entusiasma con lo primero que reluce. Examina, duda, hace esperar, somete los hechos a años de escrutinio. Esa lentitud, que a tantos peregrinos exasperaba, es en el fondo un cuidado de Madre: prefiere tardar y acertar antes que correr y engañar a sus hijos. Medjugorje tuvo que crecer a la intemperie, sin el abrazo oficial, sostenido por la fe de su gente y por unos frutos que saltaban a la vista.
La guerra que no la borró
En 1991 Yugoslavia se rompió en pedazos y los Balcanes se desangraron. La guerra de Bosnia dejó más de cien mil muertos y dos millones de desplazados. A pocos kilómetros, Mostar quedó destrozada y su célebre Puente Viejo se vino abajo bajo los proyectiles. La aldea de la Reina de la Paz estaba en pleno ojo del huracán. Hubo intentos de bombardeo sobre la zona en la primavera de 1992; un proyectil llegó a abrir un cráter dentro del pueblo. No hirió a nadie. Y mientras Herzegovina entera huía, a Medjugorje seguían llegando peregrinos, incluso bajo el fuego. En 1993, en plena guerra, un matrimonio canadiense, los Latta, vendió cuanto tenía y se mudó allí para levantar una casa que acogiera sacerdotes. Cuando el mundo huía del lugar, ellos corrieron hacia él. Terminada la contienda, la pequeña aldea fue de las primeras en rehacerse, como una señal terca de que la vida pesa más que la muerte.
El abrazo prudente de Roma
Roma, mientras tanto, se tomaba su tiempo con la calma de los siglos. Comisión tras comisión, una investigación solicitada por Benedicto XVI y encabezada por el cardenal Ruini, un visitador apostólico enviado por el papa Francisco, el permiso oficial para peregrinar en 2019… hasta que, en septiembre de 2024, el Vaticano concedió su nihil obstat. Con palabras medidas, reconoció que “en medio de” Medjugorje el Espíritu Santo actúa para bien de los fieles, y autorizó el culto público a la Reina de la Paz. La Iglesia se reserva la última palabra sobre lo sobrenatural hasta que las apariciones concluyan, pero aquel sí, esperado durante más de cuarenta años, fue un abrazo grande. La Madre prudente abría por fin los brazos.
Cuarenta y cinco años de pie
Y aquí estamos. Cuarenta y cinco años después de aquella primera tarde de junio, la Reina de la Paz sigue entregando su mensaje el día 25 de cada mes, sin faltar uno solo. Es la aparición mariana más larga de la historia, y todavía está sucediendo. En aquella iglesia “demasiado grande” hoy no caben los peregrinos: unos dos millones y medio al año, que rezan en la explanada, hacen fila ante decenas de confesonarios en todos los idiomas, suben descalzos el Podbrdo y el Križevac. El grano de mostaza ya es un árbol enorme. El oasis que no debía existir sigue manando en mitad de un siglo sediento.
A mí me hace pensar. Dios eligió lo más pequeño —seis muchachos sin estudios, una aldea sin agua, una iglesia que sobraba por todas partes— para regar al mundo entero. Y me pregunto qué querrá hacer con lo pequeño y descartado de mi propia vida, eso que yo doy por inservible. Porque si algo enseña Medjugorje es que Dios escoge siempre lo pequeño y lo débil para confundir a los fuertes.
Te invito a terminar rezando. El Padre Slavko Barbarić, que durante años guió el rezo del Rosario en la colina y tituló uno de sus libros Oren juntos con el corazón gozoso, vivió una certeza sencilla: el Rosario es mirar la vida de Jesús apoyado en el corazón de su Madre. Los misterios Gozosos —el sí de María, la visita a Isabel, el Niño naciendo en un establo prestado, la pobreza hecha cuna de Dios— son los misterios de los comienzos humildes y escondidos. Los mismos de Medjugorje. En mi casa el Rosario se rezaba en familia, y todavía hoy no encuentro mejor manera de poner el día en manos de la Madre.
Acompáñame a rezar despacio los Misterios Gozosos, pidiendo que Dios haga grande lo pequeño también en nosotros:
- La Encarnación del Hijo de Dios.
- La Visitación de María a su prima Isabel.
- El Nacimiento de Jesús en Belén.
- La Presentación de Jesús en el Templo.
- El Niño Jesús perdido y hallado en el Templo.
María, Reina de la Paz, ruega por nosotros.

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