Medjugorje: El dedo que señala a Jesús

En el verano de 1981, la policía secreta yugoslava bajó hasta Medjugorje a buscar culpables, y Fray Jozo Zovko supo que vendrían por él. El párroco había recibido a los seis niños con recelo —tanta aparición le sonaba a exageración, incluso a peligro—. Pero cuando vio a su pueblo entero arrodillado en la colina y al régimen ateo afilando los cuchillos, se puso delante. Lo arrestaron, le fabricaron un delito político y lo encerraron año y medio. Salió de la cárcel y volvió al púlpito como si tal cosa. Entregó su libertad para custodiar la de su gente.

Medjugorje: El dedo que señala a Jesús

Diecinueve años más tarde, otro franciscano subía por última vez el monte de la Cruz. El Padre Slavko Barbarić había llegado en 1983 y se había gastado sin ruido en lo que nadie aplaude: confesar horas y horas, predicar, guiar el Rosario en el Podbrdo, escribir aquellos libritos suyos —“con el corazón”— que enseñaban a rezar, a ayunar, a adorar. El 24 de noviembre de 2000 dirigió el Vía Crucis en el Križevac, como cada viernes. Al terminar la última estación, se desplomó y murió al pie de la cruz. Entregó su último aliento sin bajar del monte.

Dos frailes, dos maneras de dar la vida. Y un mismo gesto: ninguno se puso jamás en el centro. Se hicieron a un lado para señalar a Otro. Esa es, en el fondo, la clave de todos los personajes de Medjugorje, y la única que de verdad importa.

Seis muchachos corrientes

En 1981 eran seis chiquillos de entre diez y dieciséis años: Ivanka, Mirjana, Vicka, Marija, Ivan y Jakov. Hoy son adultos con canas, casados, padres de familia, repartidos entre Bosnia, Italia y Estados Unidos. Cuarenta y cinco años después repiten lo mismo a quien quiera oírlos: que ellos no tienen nada de especial, que no los miren a ellos.

Tres —Vicka, Marija e Ivan— afirman ver todavía a la Virgen cada tarde. Los otros tres la ven una vez al año: Ivanka en el aniversario de junio, Mirjana en marzo, Jakov por Navidad. Dicen haber recibido unos secretos sobre el futuro, que Mirjana dará a conocer a su tiempo por medio de un sacerdote. No me detengo ahí; lo espectacular es lo de menos, y ellos serían los primeros en decirlo. Me conmueve más un detalle pequeño: a cada uno la Virgen le confió una porción de humanidad por la cual rezar. A unos, los enfermos; a otro, los jóvenes y los sacerdotes; a otra, las familias; a otra, las almas del purgatorio; a otra, los que aún no conocen el amor de Dios. Seis personas comunes, cada una abrazando de rodillas un pedazo del mundo.

Eso confirma lo que la Iglesia observó al estudiarlos de cerca: los frutos de Medjugorje se han ido soltando de los videntes, como el fruto se suelta de la rama madura. Ya no hacen falta como protagonistas. Son testigos que señalan y se apartan.

Una cadena de pastores

También los Papas han ido señalando, cada uno a su modo y a su hora. Juan Pablo II, que respiraba devoción mariana, expresó en privado su deseo de visitar Medjugorje y escribió de ella con afecto en cartas personales. Benedicto XVI, con su prudencia de teólogo, encargó al cardenal Ruini una comisión que estudiara el fenómeno a fondo. Francisco autorizó las peregrinaciones oficiales en 2019 y aprobó, en 2024, el reconocimiento del culto a la Reina de la Paz. Y León XIV envió en agosto de 2025 su saludo al Festival de la Juventud de Medjugorje, animando a los miles de muchachos congregados allí.

De la cautela al abrazo, sin prisa. La tarea del pastor empieza por discernir: separar el trigo de la cizaña para que el pueblo llegue a Cristo sin tropezar. También ellos, los sucesores de Pedro, apuntan el dedo hacia el mismo lugar.

La protagonista

Y llegamos a Ella, que es la razón de todo este desfile. La Reina de la Paz.

Resulta que la figura central de Medjugorje es, Ella también, una mujer que se aparta. En cuarenta y cinco años de mensajes jamás se ha predicado a sí misma. “Mi dedo —dijo una vez— está apuntado hacia mi Hijo.” Vino a hablar de Jesús, a girar las miradas hacia el Hijo, a empujarnos suavemente hacia Él. La Iglesia lo subrayó al examinar los mensajes: la obra de María aparece siempre sometida a Cristo; Ella no puede ni quiere ocupar su lugar.

Por eso a su título, Reina de la Paz, le corresponde otro: Rey de la Paz, que es Jesucristo. La Madre es el camino; el Hijo, la meta. Y cuando uno entiende esto, todo Medjugorje se ordena de golpe: los frailes que se hacen a un lado, los videntes que insisten en que no los miren, los Papas que disciernen, y la Madre que, con el dedo en alto, repite lo mismo que dijo en Caná: «Haced lo que él os diga» (Jn 2,5). La aldea entera es un brazo extendido. Y al final del brazo, un dedo. Y el dedo señala a Jesús.

El Padre Slavko murió en el monte, terminando el Vía Crucis, allí donde María acompaña a su Hijo paso a paso hasta el Calvario. Se me ocurre que la mejor manera de honrar a estos personajes es rezar los misterios que ellos vivieron en carne propia: los Dolorosos, los del amor entregado hasta el extremo. En ellos María se queda al pie de la cruz, de pie, señalándonos a Jesús incluso allí. La Madre Dolorosa es la misma Reina de la Paz: la que nos lleva al Hijo incluso cuando duele.

Acompáñame a rezar despacio los Misterios Dolorosos, pidiendo la gracia de saber hacernos a un lado, como los frailes, para que se vea solo a Cristo:

  1. La Oración de Jesús en el Huerto.
  2. La Flagelación del Señor.
  3. La Coronación de espinas.
  4. Jesús con la Cruz a cuestas camino del Calvario.
  5. La Crucifixión y Muerte de Jesús.

María, Reina de la Paz, ruega por nosotros.

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