Medjugorje: Las cinco piedritas

Patrick Latta vendía autos en Vancouver. Era bueno en lo que hacía; muy bueno. Cuando su hijo le preguntaba por Dios, Patrick levantaba un billete de un dólar y le decía: “Este es tu dios”. Su esposa Nancy, abogada, vivía igual de lejos de cualquier altar. Eran ricos, exitosos y, en materia de fe, perfectamente sordos.

Medjugorje: Las cinco piedritas

Un cuñado les regaló un librito con mensajes de Medjugorje. Nancy se lo lanzó a Patrick por encima de la mesa: “Toma, marido pagano, tíralo tú, que caiga sobre tu conciencia”. Patrick, para quitárselo de encima, lo abrió buscando el mensaje más corto, el más rápido de despachar. Leyó las palabras: “Te llamo a la conversión por última vez”. Y algo, dentro de aquel hombre de hierro, se quebró. Los dos se convirtieron. Vendieron cuanto tenían y se mudaron a los pies de la Colina de las Apariciones, donde hoy sostienen una casa de retiros para sacerdotes y reciben cada día a cientos de peregrinos.

Y aquí está lo asombroso: a Patrick y a Nancy les bastó la pura palabra. Nunca vieron a la Virgen. Nunca tuvieron una visión, ni un secreto, ni un sol que girara. Los derribó una frase impresa en una página de un libro. ¿Qué mensaje es este, capaz de convertir a un millonario que no creía en absolutamente nada?

Una religiosa francesa, Sor Emmanuel Maillard, lleva más de treinta años explicándolo por el mundo entero, y lo ha resumido en una imagen que viene del Padre Jozo: las cinco piedras. Cuando el pequeño David salió a enfrentarse al gigante Goliat, escogió del torrente «cinco piedras lisas» (1 Sam 17,40) y una honda. Nada más. Contra el Goliat de nuestro tiempo —el ruido, el vacío, la prisa que nos seca por dentro—, la Reina de la Paz nos pone en la mano cinco piedras igual de humildes. Son las de siempre. Y en eso está toda su fuerza.

La primera piedra: la oración del corazón

Sobre todo el Rosario, rezado despacio, como quien se sienta a contemplar la vida de Jesús apoyado en el corazón de su Madre. Rezar así es dejar que María nos lleve de la mano por los pasos del Hijo, misterio a misterio, hasta que la oración deja de ser una tarea y se vuelve compañía.

La segunda piedra: la Eucaristía

El corazón de todo. En Medjugorje, lo extraordinario —las apariciones— vive sometido a lo ordinario de cada altar: la Misa de cada día, la hostia que cualquiera puede recibir en su parroquia sin viajar a Bosnia. La Madre que se aparece señala siempre hacia el Sagrario, donde el Hijo se queda vivo y presente, todos los días, para todos.

La tercera piedra: la Sagrada Escritura

Aquí la propia Señora puso freno a los que corrían detrás de prodigios: “No vayáis en busca de cosas extraordinarias, sino tomad el Evangelio, leedlo y todo os será claro”. El mensaje remite al Mensaje—la Buena Nueva. Una Biblia abierta sobre la mesa de casa enseña más que cualquier secreto guardado.

La cuarta piedra: la confesión

Una vez al mes, pide la Madre. Frente a la parroquia de Santiago se alinea una hilera de confesionarios donde, a cualquier hora, sacerdotes escuchan y absuelven sin descanso en decenas de lenguas distintas. Llaman a Medjugorje “el confesionario del mundo”, y se lo han ganado: allí vuelven al sacramento personas que llevaban veinte, treinta, cuarenta años sin acercarse.

La quinta piedra: el ayuno

A pan y agua, los miércoles y los viernes. Un modo de aquietar la carne para que el alma vuelva a escuchar. Quien ha ayunado alguna vez por amor lo sabe: el estómago vacío despeja, de una manera extraña, el corazón.

Cinco piedras, y todas apuntan al mismo blanco. Quien reza, comulga, lee el Evangelio, se confiesa y ayuna está volviendo a Cristo por cinco caminos a la vez. Porque el mensaje entero de Medjugorje cabe en una sola palabra que la Virgen repite hasta el cansancio —conversión—, y convertirse es eso: girar otra vez el rostro hacia el Hijo. «Convertíos y creed en la Buena Nueva» (Mc 1,15), pidió Jesús al empezar a predicar. Los mensajes de la Virgen en Medjugorje no dicen nada distinto. Por eso la Reina de la Paz nos pone estas cinco piedritas en la mano y nos lleva con ellas hasta su Hijo, el Rey de la Paz.

Te propongo terminar rezando los misterios donde Jesús vivió en su propia carne estas cinco piedras: los Luminosos. En ellos baja a las aguas del Jordán, anuncia el Reino y llama a la conversión, se transfigura en luz, y en la última cena se queda hecho Pan para siempre. Y todo arranca en Caná, con María diciendo a los sirvientes la frase que resume Medjugorje entero: «Haced lo que él os diga» (Jn 2,5).

Acompáñame a rezar despacio los Misterios Luminosos, pidiendo la gracia de tomar en serio lo sencillo:

  1. El Bautismo de Jesús en el Jordán.
  2. La autorrevelación de Jesús en las bodas de Caná.
  3. El anuncio del Reino de Dios y la invitación a la conversión.
  4. La Transfiguración del Señor.
  5. La Institución de la Eucaristía.

María, Reina de la Paz, ruega por nosotros.

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