Los discípulos de Emaús

Conocimos a Jesús bastante antes. Las circunstancias no importan tanto porque lo que verdaderamente importa es que vimos en Él al Mesías. Nuestro pueblo llevaba siglos esperando el cumplimiento de la Promesa. Es complicado ser parte de la nación santa, del Pueblo de Dios, permanentemente abiertos a la espera del Mesías. Tenía que llegar. Y el sueño de todo judío es que llegue durante el tiempo de su vida en la tierra. Y sucedió para nosotros. Lo escuchamos predicar, enseñar, vimos sus obras, nos sacudió con… con milagros. Sí, milagros. Nosotros fuimos testigos de acciones tan poderosas de las que parecían existir solo en los rollos que se leen en el templo. No sabemos si usted puede imaginarse algo así. NOSOTROS vimos milagros. ¿Cómo no seguirle después? Y sobre todo le escuchamos palabras de vida eterna y comprendimos a nuestro Padre Abraham dejando todo para buscar una tierra nueva.

Los discípulos de Emaús

Por eso, el día de Viernes Santo, al verle pasar ensangrentado, flagelado, al ver cómo todos le insultaban en las estrechas calles de Jerusalén, cómo pasaba ante el desprecio de los mercaderes, que no le querían ahí apartando la atención de los clientes, molestos por la suciedad de su sangre y el tumulto de los gritos violentos de la gente… Por eso, al verle pasar camino del Gólgota, decidimos huir. Primero Él, después todos. Era claro que irían a por nosotros, a por todos aquellos que habíamos escuchado con gusto sus palabras, que habíamos llevado a nuestras familias a conocerle, que le habíamos abierto nuestras casas y nuestras almas. Y decidimos huir. Salir de la ciudad era sin duda lo mejor. Correr al campo, a algún lugar tranquilo donde no supieran quién fue Jesús de Nazaret y donde nadie hiciera preguntas.

Las mujeres y los niños salieron primero. En apenas tres días conseguimos deshacer la casa y mandarles a todos a Emaús. Nosotros dos nos quedamos rezagados para cerrar: cerrar las casas, cerrar los negocios… cerrar nuestras vidas como discípulos de Jesús, el crucificado. Caminábamos rápido, sin querer preguntarnos cómo era posible todo aquello, deseando respuestas para un futuro incierto. Entonces apareció Jesús. Era Él, sí. No le reconocimos todavía, pero era Él. Se unió a nuestra marcha y quiso saber de nuestra angustia. Nos detuvimos de golpe: “¿Eres tú el único que no sabe lo que ha sucedido en Jerusalén en estos días?” Ay, se me suben los colores al pensarlo. JAJAJA. Le preguntamos al Señor si no sabía… y ¡Él era el único que de verdad sabía! Sin decir quién era, sin reproches, una vez más volvió a darnos la catequesis que ya habíamos oído de sus labios. Qué difícil es cambiar los esquemas mentales; qué valor hay que tener para escuchar lo que Dios dice y no lo que nosotros queremos escuchar. Le invitamos a cenar, le reconocimos al partir el pan y… ¡regresamos! Sin miedo ya, con esperanza, dispuestos a ser testigos del Mesías, que está resucitado.

___
Juan L. Calderón
Un nuevo comienzo, Reflexiones diarias para Cuaresma y Pascua.

Tienes algo que decir

Te invitamos a comentar, aportar, sugerir, elogiar, objetar, refutar... sobre los temas y artículos que aquí presentamos.

facebook Sigue nuestro grupo de oración en Facebook.

Apuntes del camino es nuestro weblog o bitácora, donde presentamos pequeñas reflexiones sobre los temas cotidianos que encontramos a lo largo de nuestra peregrinación...

Te invitamos a comentar, aportar, sugerir, elogiar, objetar, refutar... sobre los temas y artículos que aquí presentamos... Lo único que te pedimos es que lo hagas con respeto y caridad, según los valores del Evangelio...

Para dejar tu petición de oración visítanos en

Oremos juntos

«Como la cierva sedienta busca las corrientes de agua, así mi alma suspira por ti, mi Dios. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo» (Salmo 42, 2-3)...

Recibe nuestros artículos por email...

Subscríbete a nuestro blog y recibirás una notificación cada vez que publiquemos un nuevo artículo.

Join 922 other subscribers

Enlaces recomendados