El 13 de mayo de este año, antes de comenzar la audiencia general en la Plaza de San Pedro, el Papa León XIV hizo un gesto pequeño pero lleno de significado. Descendió del papamóvil, caminó hasta la placa de mármol blanco que recuerda el lugar donde San Juan Pablo II fue herido en 1981. Se detuvo en silencio. Se arrodilló. Y acarició el escudo de Wojtyła grabado en la piedra. En ese gesto, Iglesia —con memoria agradecida— volvía al lugar de una herida. Era también una manera de decir que, en los momentos donde la vida queda expuesta, la mirada de los hijos busca a la Madre.

San Juan Pablo II vivió aquel atentado bajo la luz de la Virgen de Fátima. Con el paso del tiempo, habló de una “mano materna” que había guiado el camino de la bala y le había salvado la vida. Era la voz de un hijo que se sabe sostenido y reconoce la mano que lo sostuvo.
Hoy, lunes después de Pentecostés, la Iglesia mira a María como Madre de la Iglesia. Venimos de celebrar el fuego del Espíritu, el nacimiento misionero de la comunidad cristiana, la valentía nueva de los apóstoles. Y al día siguiente, casi como quien vuelve la mirada hacia el rincón más silencioso del Cenáculo, encontramos a María.
Ella estaba allí. Su maternidad tiene esa forma humilde y fuerte de quien acompaña el crecimiento de los hijos de Dios. Su presencia abre espacio, reúne, consuela, fortalece. María enseña a recibir el Espíritu con un corazón disponible. Y María siempre nos conduce hacia Jesús.
En el Calvario, Jesús miró a su Madre y al discípulo amado. Aquella escena abrió una casa dentro de la Iglesia. Juan recibió a María como quien recibe el más grande tesoro: una compañía para el camino, una Madre para las horas oscuras y para los comienzos nuevos. Y María recibió, en Juan, el rostro frágil de todos los discípulos. Desde aquella hora, la Iglesia aprende a vivir bajo una mirada materna.
Por eso esta fiesta tiene una delicadeza especial. Después del viento recio de Pentecostés, llega la ternura de una Madre. Después del fuego, la casa. Después del impulso misionero, la compañía que cuida el corazón de los discípulos.
María nos recuerda que la Iglesia también tiene rostro de madre cuando acoge, consuela, acompaña, espera, corrige con ternura y ora por sus hijos. Bajo su mirada, la comunidad cristiana aprende a ser hogar para los cansados, mesa para los hambrientos, abrazo para los heridos, camino para los que buscan a Dios…
Fue el Papa Francisco quien, en el 2018, instituyó la memoria de la Bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia. Aunque el título ya había sido proclamado por San Pablo VI en 1964, durante el Concilio Vaticano II.
En este día, te invito a que oremos juntos, como hijos, como Iglesia:
Oh, María, Madre y modelo de la Iglesia. Virgen oyente, Virgen orante, Virgen fecunda, Virgen oferente, Virgen vigilante, esposa, madre y reina.
Tú aceptaste al Verbo con inmaculado corazón, lo concebiste en tu seno virginal, y, al darlo a luz, preparaste el nacimiento de la Iglesia. Tú, junto a la cruz, aceptando el testamento del amor divino, tomaste como hijos a todos los hombres, nacidos a la vida sobrenatural por la muerte de Cristo. Tú, esperando con los apóstoles la venida del Espíritu, uniendo tus oraciones a las de los discípulos, te convertiste en el momento de la Iglesia suplicante.
Desde tu Asunción a los cielos, acompañas a la Iglesia peregrina con amor materno, y proteges nuestros pasos hacia la patria celeste, hasta la venida gloriosa del Señor. A ti acudimos en este día, para que la Iglesia, a impulsos del Espíritu, crezca en comunión y en espíritu de misión. Lleva esta humilde súplica a tu Hijo, para que él la presente al Padre, y no nos abandones a nosotros, para que siempre y en todo momento podamos hacer lo que él nos diga.
Que el Espíritu, que fecundó tus entrañas por la escucha y obediencia de la fe, siga renovando y rejuveneciendo la Iglesia por los caminos de la comunión y la unidad. Amén.
Oración de la Conferencia Episcopal Española.

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