Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote

En la capilla de un campo de concentración, un hombre consumido por la tuberculosis recibe el sacerdocio.

Se llama Karl Leisner. Lleva el cuerpo marcado por el hambre, la enfermedad y el cautiverio. Sobre el uniforme de prisionero, el alba blanca. A su alrededor, otros presos han preparado en secreto lo necesario para la ordenación. En Dachau, donde tantas vidas estaban atravesadas por el dolor, Cristo sigue llamando, consagrando y ofreciendo.

Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote

Era el 17 de diciembre de 1944. El obispo francés Gabriel Piguet, también prisionero, impuso las manos sobre aquel joven diácono alemán. Nueve días después —el 26 de diciembre, fiesta de San Esteban, el primer mártir— Karl Leisner celebró su primera Misa. Fue también la única. 

La imagen habla por sí misma: un sacerdote recién ordenado, débil hasta el extremo, de pie ante el altar, ofreciendo el Sacrificio de Cristo en uno de los lugares más oscuros del siglo XX. Allí, en una capilla pobre, escondida dentro de un campo de muerte, resplandeció la verdad más profunda del sacerdocio: Cristo es el que ofrece, Cristo es la ofrenda, Cristo es el Sacerdote eterno.

Hoy celebramos la fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. La Iglesia contempla a Cristo como Aquel que entra en nuestra historia para presentarla al Padre. La Carta a los Hebreos lo muestra como el Sumo Sacerdote que conoce nuestra debilidad, se acerca con misericordia y ofrece de una vez para siempre el sacrificio perfecto de su propia vida. Su sacerdocio permanece para siempre, porque su amor permanece para siempre.

Todo sacerdocio en la Iglesia nace de ese único sacerdocio de Cristo. El sacerdote ha sido configurado con Él para servir a su pueblo, perdonar en su nombre, partir el Pan de vida, anunciar la Palabra y acompañar a las almas hacia Dios. En cada Misa, detrás de la voz humana del sacerdote, la fe reconoce la acción viva del Señor. Cristo sigue entregándose. Cristo sigue intercediendo. Cristo sigue reuniendo a su Iglesia alrededor del altar.

El beato Columba Marmion entendió que la vida espiritual tiene su centro en Cristo. Todo parte de Él y todo regresa a Él. Para Marmion, crecer en santidad significa dejar que Cristo viva en nosotros, pensar con sus sentimientos, amar con su Corazón, ofrecer la propia vida unida a la suya. Esta enseñanza ilumina de modo especial el sacerdocio. El sacerdote está llamado a ser hombre de Cristo, hombre tomado por Cristo, hombre que lleva a Cristo porque vive de Cristo. San Juan Pablo II presentó sus escritos como un camino de santidad centrado en la filiación adoptiva en Cristo.

Esta fiesta es una invitación a mirar a Jesús. Él es el Sacerdote que intercede. Él es el Mediador que une la tierra con el cielo. Él es el Pastor que carga sobre sus hombros las heridas de su pueblo. Y Él es el Cordero que se ofrece y el Altar donde se consuma la ofrenda.

Fulton J. Sheen lo comprendió desde la Eucaristía. Su Hora Santa diaria ante el Sagrario fue el corazón de su sacerdocio. Allí encontraba la fuente de su palabra, la fuerza de su misión y la intimidad necesaria para pertenecer cada día más a Cristo. El sacerdote da a Cristo permaneciendo en Cristo. La predicación, la enseñanza, la dirección espiritual y el servicio pastoral reciben su fecundidad de esa unión escondida con el Señor.

La Hora Santa de Sheen nos recuerda que la Iglesia se sostiene en la presencia de Cristo. El sacerdote vuelve al Sagrario como el discípulo amado vuelve al pecho del Maestro. Allí aprende a mirar a las almas con misericordia. Allí entrega sus cansancios. Allí recibe el fuego que después reparte.

También cada bautizado participa del sacerdocio de Cristo. En el Bautismo fuimos incorporados a Él para ofrecer la vida como sacrificio espiritual: la oración, el trabajo, la familia, la enfermedad, las alegrías, las lágrimas y las decisiones de cada día. Unido a Cristo, todo puede convertirse en ofrenda. Unido a la Misa, todo puede entrar en el movimiento de amor del Hijo hacia el Padre.

En Dachau, Karl Leisner celebró una sola Misa. Una sola. Y esa Misa quedó como testimonio luminoso de lo que el sacerdocio es en su raíz: una vida tomada por Cristo para ser ofrecida con Cristo.

Esa es la gracia que podemos pedir hoy: que cada sacerdote viva unido al Corazón sacerdotal de Jesús, y que cada uno de nosotros aprenda a ofrecer la vida con Él.

Acompáñame a orar por los sacerdotes con las palabras del cardenal Richard Cushing:

Oh Dios eterno y omnipotente, mira al rostro de tu Cristo, y por amor a Él, que es el Sumo y Eterno Sacerdote, ten piedad de tus sacerdotes. Recuerda, Dios misericordioso, que no son sino unos seres humanos débiles y frágiles. Renueva en ellos la gracia que han recibido por la imposición de las manos del obispo. Guárdalos cerca de ti para que el enemigo no prevalezca contra ellos; a fin de que nunca hagan nada que desdiga en punto alguno de su sublime vocación.

Oh Jesús, a ti ruego por tus sacerdotes fieles y fervorosos; por tus sacerdotes infieles y tibios; por tus sacerdotes que laboran en casa o fuera, en campos de misión; por tus sacerdotes jóvenes y mayores; por tus sacerdotes moribundos; por las almas de tus sacerdotes en el purgatorio.

Pero sobre todo te encomiendo a los sacerdotes que me son más queridos: al sacerdote que me bautizó; a los sacerdotes que me absolvieron de mis pecados; a los sacerdotes a cuyas Misas asistí, que me dieron tu Cuerpo y tu Sangre en la Sagrada Comunión; a los sacerdotes que me enseñaron y me instruyeron o me animaron y me ayudaron; a los sacerdotes a quienes debo algo en cualquier otro modo.

Oh Jesús, guárdalos a todos cerca de tu Corazón y bendícelos copiosamente, así en el tiempo como en la eternidad. Amén.

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