La Trinidad habita en nosotros

En un convento de carmelitas descalzos de París, en pleno siglo XVII, había un hermano lego encargado de la cocina. Se llamaba Lorenzo de la Resurrección. Había sido soldado, quedó herido en la guerra, y terminó sus días entre ollas, sartenes y el ajetreo de preparar la comida para la comunidad. Un trabajo humilde, repetitivo, lleno de ruido. Y fue justo ahí, entre los pucheros, donde Lorenzo hizo el descubrimiento que cambiaría su vida: Dios estaba con él, allí mismo, entre las cacerolas, tan presente como en la capilla. Daba vuelta a su tortilla en la sartén por amor a Dios, y en medio de las prisas guardaba la calma de quien sabe que Alguien lo acompaña.

La Trinidad habita en nosotros

Él mismo lo dejó escrito: “Para mí, el tiempo de acción no difiere del tiempo de oración; en el ruido y el trajín de mi cocina, mientras varias personas reclaman cosas distintas al mismo tiempo, poseo a Dios con tanta tranquilidad como cuando estoy de rodillas ante el Santísimo Sacramento”.

El descubrimiento del hermano Lorenzo es también una invitación para nosotros. Muchas veces buscamos a Dios como si estuviera lejos, allá arriba, en algún lugar al que hay que subir. Y la verdad es mucho más cercana y más asombrosa: Dios vive dentro de nosotros.

Eso es lo que la fe llama la inhabitación de la Santísima Trinidad. Por la gracia de tu bautismo, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo hicieron morada en tu alma. Jesús mismo lo había prometido: «Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él» (Jn 14,23). Fíjate: vendremos —en plural—, porque donde está una de las Personas divinas están las tres. El alma en gracia se convierte así en templo, en casa habitada por Dios.

San Juan Pablo II, al comenzar el tercer milenio, escribía a toda la Iglesia estas palabras: “Espiritualidad de la comunión significa ante todo una mirada del corazón sobre todo hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado”.

Saberse habitado cambia el modo de orar y el modo de vivir. La oración cristiana tiene la forma misma de la Trinidad: se dirige al Padre, por medio del Hijo, en el Espíritu Santo. Y la vida espiritual se vuelve entonces un trato sencillo y constante con esos Tres que habitan en nosotros. Igual que hacía Lorenzo entre sus ollas.

El alma en gracia lleva siempre consigo esa compañía. Los sacramentos la fortalecen, sobre todo la Eucaristía y la Reconciliación, que vuelve a abrir la puerta cuando el pecado la había cerrado. La caridad la hace visible por fuera: cuando amamos de verdad, el mundo alcanza a ver algo de Aquel que llevamos dentro. Y cada acto de fe, de esperanza y de amor es una respuesta a esa Presencia que siempre nos acompaña.

Una imagen ayuda a entenderlo mejor. Piensa en una casa de noche, iluminada por dentro: la luz se asoma por las ventanas y se derrama hacia afuera, y cualquiera que pasa por la calle sabe que adentro hay vida. Así es el alma en gracia. Lleva encendida la luz de Dios en su interior, y esa luz termina asomándose en la mirada, en las palabras, en los gestos de cada día.

Esto fue, precisamente, lo que marcó la vida de una niña francesa de carácter fuerte y arrebatos temibles. Se llamaba Isabel Catez. El 19 de abril de 1891, el día de su primera comunión, sintió por primera vez que Jesús la llenaba por dentro. Esa misma tarde visitó el Carmelo de Dijon, a pocos pasos de su casa, y la priora le explicó que el significado de su nombre hebreo, Isabel, quiere decir “casa de Dios”. A aquella niña de once años la frase la atravesó como una luz. Comprendió que su alma era morada de Dios, y a esa verdad le entregó el resto de su vida. Con el tiempo entró al Carmelo, tomó el nombre de Isabel de la Trinidad y llamaba a las tres Personas, con ternura, “mis Tres”. San Juan Pablo II, que la elevó a los altares, vio en ella un testimonio vivo de esa presencia secreta de Dios en el alma.

De aquel corazón habitado brotó una de las oraciones a la Santísima Trinidad más hermosas que la Iglesia conserva. Te invito a que la recemos juntos:

¡Oh Dios mío, Trinidad que adoro!,
ayúdame a olvidarme
enteramente de mí mismo
para establecerme en ti,
inmóvil y apacible
como si mi alma estuviera
ya en la eternidad;
que nada pueda turbar mi paz,
ni hacerme salir de ti, mi inmutable,
sino que cada minuto me lleve más lejos
en la profundidad de tu Misterio.

Pacifica mi alma.
Haz de ella tu cielo,
tu morada amada y el lugar de tu reposo.
Que yo no te deje jamás solo en ella,
sino que yo esté allí enteramente,
totalmente despierta en mi fe,
en adoración, entregada sin reservas
a tu acción creadora.
Amén.

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