La Trinidad, comunión de amor

Se cuenta que San Agustín caminaba un día por la orilla del mar, dándole vueltas en la cabeza al Misterio de la Santísima Trinidad. Quería entender cómo tres Personas distintas —Padre, Hijo y Espíritu Santo— son un solo Dios. Iba tan metido en sus pensamientos que casi tropieza con un niño que jugaba en la arena. El niño había hecho un hoyo pequeño y corría una y otra vez hasta la orilla, llenaba una concha con agua del mar y volvía a vaciarla en el hoyo. Agustín, curioso, le preguntó qué hacía. “Quiero meter todo el mar en este hoyo”, le respondió. “Pero eso es imposible”, dijo sonriendo Agustín. Y el niño, antes de desaparecer, le contestó: “Más imposible aún es lo que tú pretendes: meter en tu mente el Misterio del Dios infinito”.

La Trinidad, comunión de amor

Quise comenzar con esta breve historia porque esta es la primera verdad que podemos afirmar sobre la Santísima Trinidad: es un Misterio que nos supera. Y al decir “misterio” me refiero a algo tan luminoso y tan vasto que nuestra mente simplemente no alcanza a contenerlo todo de una vez. Como el océano y el hoyo en la arena.

Dicho esto —y dejando a un lado la historia de San Agustín—, la Iglesia sí nos dice cosas precisas y hermosas sobre la Santísima Trinidad. Y hoy quiero compartir algunas de ellas contigo.

Benedicto XVI, en la Solemnidad de la Santísima Trinidad de 2009, dijo: “El Padre es amor, el Hijo es amor y el Espíritu es amor. Dios es todo amor y sólo amor, amor purísimo, infinito y eterno. No vive en una espléndida soledad, sino que es fuente inagotable de vida que se entrega y comunica incesantemente”.

Fíjate bien en esa imagen: desde toda la eternidad, antes de que existiera el universo, antes de que existiera el tiempo mismo, Dios ya era comunión. El Padre ama al Hijo. El Hijo ama al Padre. Y ese amor entre los dos es tan real, tan desbordante, tan personal, que Él mismo es una Persona: el Espíritu Santo. Tres Personas, un solo Dios, un solo amor.

El Cardenal Luis Francisco Ladaria Ferrer, uno de los grandes teólogos de nuestro tiempo, dedicó gran parte de su obra a este Misterio. Su intuición central es que Dios es, por naturaleza, donación. Recoge aquí a San Buenaventura, quien decía que Dios es “suma capacidad de donación, por la cual no solo da lo que se posee, sino que se da por completo”. El Padre se entrega al Hijo totalmente. El Hijo se entrega al Padre totalmente. Y ese entregarse total, ese amor sin reservas, fluye hacia nosotros en el Espíritu Santo.

Aquí está lo que me parece más importante para nuestra vida diaria.

Esa dinámica de amor —recibir y entregarse, dar y acoger— se derramó sobre el mundo. Se derramó sobre la familia, sobre la amistad, sobre la comunidad. Cada vez que alguien perdona de verdad, cada vez que alguien sirve sin esperar nada a cambio, cada vez que una familia se sostiene en la dificultad, cada vez que una comunidad se cuida mutuamente — ahí está resonando, aunque no lo sepan, algo de la vida interior de Dios. La Trinidad es el modelo de todo amor verdadero.

En otra ocasión, Benedicto XVI también dijo que el mundo sería más feliz si se inspirase en la Trinidad, “modelo perfecto de comunión en el amor para construir nuestras relaciones humanas de cada día”. La soledad que tantos sienten hoy, la fragmentación de las familias, el individualismo que nos encierra en nosotros mismos — todo eso tiene el antídoto en esta revelación: Dios es comunión, y nosotros hemos sido creados a su imagen.

Por eso, la señal de la cruz es la oración trinitaria más sencilla y más completa que tenemos. Cada vez que nos santiguamos —En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo— nombramos a las tres Personas divinas y entramos, con un gesto humilde, en el Misterio que desborda al mundo entero. Es la oración con la que comenzamos el día, con la que bendecimos la mesa y con la que cerramos los ojos por la noche.

La Santísima Trinidad es un Misterio que nos supera, sí. Pero un Misterio que nos envuelve, que nos sostiene y que nos invita a vivir de otra manera.

Al terminar, acompáñame a alabar a la Trinidad con esta hermosa doxología con la que solemos terminar el rezo del Rosario y la Liturgia de las Horas:

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.
Amén.

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