«Pues desde el sol levante hasta el poniente, grande es mi Nombre entre las naciones, y en todo lugar se ofrece a mi Nombre un sacrificio de incienso y una oblación pura. Pues grande es mi Nombre entre las naciones, dice Yahveh Sebaot» (Malaquías 1, 11).

La Plegaria Eucarística III dice: “Santo eres en verdad, Padre, y con razón te alaban todas tus criaturas, ya que por Jesucristo, tu Hijo, Señor nuestro, con la fuerza del Espíritu Santo, das vida y santificas todo, y congregas a tu pueblo sin cesar, para que ofrezca en tu honor un sacrificio sin mancha desde donde sale el sol hasta el ocaso. Por eso, Padre, te suplicamos que santifiques por el mismo Espíritu estos dones que hemos separado para ti…”
Esto es exactamente lo que ocurre en cada Misa. Cada vez que un sacerdote eleva la hostia —en Manila, en Roma, en una capillita de los Andes o en una misión en África—, ese mismo sacrificio se hace presente. ¡Ah, qué maravilloso Misterio el de la Santa Misa! El sacrificio eterno de Jesucristo —siempre actual, siempre presente, siempre activo— que se celebra sobre cada altar, en cada iglesia, en cada rincón del mundo.
Por eso hoy digo como Madre Teresa de Calcuta: “Amo todas las religiones… ¡pero estoy enamorado de la mía!”

Comentarios
Para mi, la Santa Misa es, el primero y mas grande oración a la Santísima Trinidad ya que alli esta todo, la Pasion y la Triunfante Resurreccion de Nuestro Señor Jesucristo.
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