El Pastor Bello

El IV Domingo de Pascua se conoce como el Domingo del Buen Pastor y en el Evangelio de Juan que leemos esta semana, Jesús afirma con claridad: «En verdad, en verdad os digo que yo soy la puerta de las ovejas» (10,7). Es parte de un discurso que leemos en tres partes, dependiendo del ciclo del año litúrgico. En los otros dos Jesús se presenta como “el pastor cuya voz conocen sus ovejas” y como “el buen pastor”, de donde el domingo toma su nombre.

El Pastor Bello

Lo que me ha parecido fascinante del Mensaje del Papa León XIV es que explica que el término original en griego es kalós, que no significa solamente “bueno”, sino también “bello”, “perfecto”, “lo que atrae por su hermosura”. El “pastor bello” — ὁ ποιμὴν ὁ καλός — es el que da la vida por sus ovejas, el que las conoce por su nombre, y cuya sola presencia transforma a quienes lo siguen.

Me llama la atención ese matiz. No es un detalle menor: toda la reflexión del Papa gira en torno a esa belleza. Dice León XIV que quien mira verdaderamente a Cristo “descubre que la vida es realmente hermosa si lo sigue”, y que al convertirnos en sus discípulos, nosotros también nos volvemos bellos — no en sentido estético, sino con esa belleza espiritual que irradia quien vive en Cristo. Los santos, en el fondo, son eso: personas que se dejaron transformar por la belleza del Pastor.

Y justo en este domingo, cada año desde 1964, la Iglesia celebra la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, que instituyó san Pablo VI durante el Concilio Vaticano II. Fue él quien entendió que el problema de las vocaciones no es un asunto interno de los seminarios, sino un termómetro de la fe viva de toda la comunidad cristiana. Hace más de sesenta años puso en nuestros labios la misma palabra de Cristo: «Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies»(Mt 9,38).

Este año, el Papa León XIV nos invita a mirar hacia adentro. El tema de su mensaje es hermoso: El descubrimiento interior del don de Dios. No se trata de reclutar, ni de hacer campañas. Se trata de crear “espacios de silencio interior” donde la voz del Señor pueda ser escuchada. La vocación es un diálogo íntimo. Es Dios llamando desde dentro de alguien que, como el joven Samuel, aprende a reconocer esa voz en el silencio de la noche. Y esa voz necesita, de nuestra parte, algo muy concreto: oración, acompañamiento, ambientes donde la fe resplandezca. Cada familia, cada parroquia, cada uno de nosotros es parte del ecosistema donde una vocación puede florecer o marchitarse.

Hoy, mientras las lecturas nos presentan a Pedro anunciando a Cristo resucitado (Hch 2, 14a.36-41); al Salmo 22 que nos recuerda que el Señor es nuestro Pastor; y a la primera carta de Pedro que habla del “pastor y guardián de vuestras almas” (1Pe 2,25), unamos nuestra voz en oración por los que están siendo llamados — aunque todavía no lo sepan — y por quienes ya respondieron y necesitan nuestra gratitud y nuestro apoyo.

Acompáñame a rezar con la oración que San Pablo VI nos regaló para la primera Jornada en 1964:

Jesús, divino Pastor de las almas, que llamaste a los Apóstoles para hacerlos pescadores de hombres, atrae a Ti también las almas ardientes y generosas de los jóvenes, para hacerlos tus seguidores y tus ministros; hazlos partícipes de tu sed de redención universal, para que se renueve sobre los altares tu Sacrificio.

Tú, Señor, “siempre dispuesto a interceder por nosotros” (Hb 7,25), descúbreles los horizontes del mundo entero, donde la muda súplica de tantos hermanos pide luz de verdad y el calor del amor; para que, respondiendo a tu llamada, prolonguen aquí en la tierra tu misión, edifiquen tu Cuerpo místico, la Iglesia, y sean “sal de la tierra y luz del mundo” (Mt 5,13).

Extiende también, Señor, tu amorosa llamada a muchas almas de mujeres puras y generosas, e infúndeles el ansia de la perfección evangélica, y la entrega al servicio de la Iglesia y de los hermanos necesitados de asistencia y de caridad. Así sea.

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