Entregado, no vendido

Hoy nace la Iglesia. Nosotros somos los discípulos de Jesús que seguimos haciendo “esto” en memoria de Él. Celebrar la Eucaristía, leer la Palabra, orar juntos, comulgar el pan no son simplemente actos de arqueología antigua, imitando lo que Jesús hizo, como un teatro de repetición. Hacemos “esto” en memoria de Él haciendo lo mismo que El hizo. Memorial que convierte en “hoy” el sacrificio de Jesús entonces y hace que el pan y el vino que comulgamos se conviertan en el Cuerpo y la Sangre del Señor y nos convierten a nosotros en una sola alma y un solo corazón.

Entregado, no vendido

Jesús se hace pan. El pan no es solo para mirarlo; es para comerlo. Y para que podamos comer, o comulgar, el Pan de la Eucaristía, Cristo se hace pan partido, repartido y compartido. Del mismo modo la Iglesia alimentada con ese Pan, se extiende por el mundo y da sin límites lo que tiene y lo que es. Partirnos sin dudar, porque al morir damos fruto. Repartirnos para que les llegue a todos el amor de Dios en Jesucristo. Compartirnos para hacer de todos uno, para ser comunidad y familia de Dios en la tierra. Humanidad nueva.

Judas no venció. Él pensó entregar a Jesús, pero Jesús se entregó. Los poderosos pensaron que habían comprado a Jesús, pero Jesús se entregó. En comunión con el Padre y con el Espíritu, el Hijo se hizo siervo con un motivo importante y fundamental: la redención. Al poner su voluntad humana en identificación total con el Padre, lo que parecía el fracaso de Jesús –la cruz y la muerte– se convierte realmente en victoria. Porque Jesús se entregó y nosotros con Él nos entregamos a la gran obra de la glorificación de Dios y de la salvación de la humanidad.

Nadie roba de nuestro pan eclesial, porque somos Iglesia partida, repartida y compartida. Y cada pequeña o gran acción que realizamos, cada palabra que proclamamos, cada sacramento que celebramos, nos hace entregarnos como Jesús, en fidelidad, autenticidad y coherencia. Amando hasta el extremo como Jesús, nos rompemos en mil pedazos para alimentar a los necesitados de este mundo. Somos pan amasado con la sangre y el agua que salen del costado de Cristo y de cada cristo-hermano que extiende su mano para aferrar las nuestras y ser parte de la gran comunión de la humanidad nueva, renacida del agua y del espíritu, alimentada con la Eucaristía.

Para meditar el día de hoy: Todos comemos del mismo pan porque somos todos de Cristo.

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Juan L. Calderón
Un nuevo comienzo, Reflexiones diarias para Cuaresma y Pascua.

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