«El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rom 5, 5).

Hay una confusión que se instala fácilmente en la mente cuando hablamos del Espíritu Santo. Lo llamamos “aliento”, “viento”, “soplo”, “fuego”, “agua viva”… Y todas esas imágenes tienen su verdad — la misma Biblia las usa. Pero si nos quedamos solo con ellas, corremos el riesgo de quedarnos con una cosa donde hay una Persona.
El padre Yves Congar, teólogo dominico francés y una de las inteligencias más hondas del Concilio Vaticano II, dedicó los últimos años de su vida a una obra monumental sobre el Espíritu Santo. La tituló Creo en el Espíritu Santo. Congar insistía en algo decisivo: el Espíritu Santo es el amor del Padre y del Hijo hecho Persona. Amor subsistente, personal, eterno. Dentro de la Trinidad, el Padre ama al Hijo y el Hijo ama al Padre con un amor tan pleno, tan real, tan desbordante, que ese amor es en sí mismo una Persona divina. Eso es el Espíritu Santo.
Congar recoge aquí una intuición que viene desde San Agustín y que la teología ha ido profundizando a lo largo de los siglos: si el Hijo es la Palabra que el Padre se dice a sí mismo desde la eternidad, el Espíritu Santo es el Amor que el Padre y el Hijo se tienen desde siempre. Un amor vivo, con nombre, con voluntad propia. El vínculo vivo entre las dos primeras Personas de la Trinidad es Él mismo una Persona.
¿Y qué cambia eso para nosotros?
Cambia todo. Porque si el Espíritu Santo es Amor en persona, entonces cuando el amor de Dios se derrama en tu corazón —como dice san Pablo— Dios te está enviando a Alguien. Cuando oras y sientes que algo se mueve dentro de ti, cuando la Escritura de pronto te habla directamente, cuando en medio de una decisión difícil aparece una luz que no venía de ti —detrás de todo eso hay una Persona que te conoce, que te ama y que actúa en ti con libertad, sabiduría y amor.
Eso es lo que Congar quiere que entendamos: la vida espiritual es una relación. Y como toda relación, crece cuando se cultiva, y se enfría cuando se descuida.
San Juan de la Cruz lo llamó “cauterio suave”. Santa Teresa de Jesús describía su acción interior como una presencia que transforma sin violentar. Lo que ambos estaban nombrando, sin los términos técnicos de Congar, es exactamente esto: una Persona que entra en el alma y la va rehaciendo desde dentro, con delicadeza y con poder.
Hoy es un buen día para hacer una pausa y dirigirle la palabra a Alguien que lleva tu nombre escrito en su memoria desde antes de que existieras, y que hoy, en este momento, habita en ti.
Oración
Cardenal Mercier
Oh Espíritu Santo, alma de mi alma, te adoro. Ilumíname, guíame, fortaléceme, consuélame. Dime qué debo hacer; dame tus órdenes. Te prometo someterme a todo lo que desees de mí y aceptar todo lo que permitas que me suceda. Hazme conocer solamente tu voluntad. Amén.

Tienes algo que decir
Te invitamos a comentar, aportar, sugerir, elogiar, objetar, refutar... sobre los temas y artículos que aquí presentamos.