El camino hacia Pentecostés 3 — El alma de la familia

«En efecto, todos los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Y, si somos hijos, también somos herederos» (Rom 8, 14.17).

El camino hacia Pentecostés 3 — El alma de la familia

Hay una pregunta que tarde o temprano se hace todo el que toma en serio su fe: ¿qué es exactamente la Iglesia? Una institución, dirán algunos. Una comunidad de creyentes, dirán otros. Un conjunto de normas y sacramentos. Una tradición milenaria. Todas esas respuestas tienen algo de verdad, pero ninguna llega al fondo.

Walter Kasper, teólogo alemán y cardenal de la Iglesia, lleva décadas pensando en esta pregunta con una profundidad poco común. Su respuesta arranca de un lugar inesperado: la Trinidad. La Iglesia, dice Kasper, encuentra su origen y su modelo en la vida íntima de Dios. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo viven en una comunión perfecta de amor — se dan el uno al otro, se reciben el uno del otro, subsisten el uno en el otro. Y la Iglesia es el reflejo de esa comunión en la historia. Una familia cuyo modelo es la vida misma de Dios.

¿Y quién sostiene esa familia? El Espíritu Santo.

Es Él quien hace que la Iglesia sea algo más que una organización humana con fines religiosos. Es Él quien convierte a un grupo de personas dispares, con culturas distintas, con historias distintas, con pecados distintos, en un solo cuerpo. San Agustín lo dijo con una frase que la tradición ha repetido durante siglos y que León XIII recogió en su encíclica Divinum illud munus sobre el Espíritu Santo: lo que el alma es para el cuerpo humano, eso es el Espíritu Santo para la Iglesia. Sin el alma, el cuerpo es un cadáver. Sin el Espíritu Santo, la Iglesia sería solo una institución más.

Esto tiene consecuencias muy concretas para la manera en que nos relacionamos con la Iglesia.

Si la Iglesia es una familia cuyo vínculo es el Espíritu Santo, entonces pertenecer a ella es algo radicalmente distinto a ser socio de un club o ciudadano de un país. Es ser hijo. Y los hijos no se relacionan con su familia desde la distancia crítica ni desde la indiferencia cómoda. Los hijos pertenecen. Sufren cuando la familia sufre. Se alegran cuando la familia se alegra. Y cuando la familia falla —porque las familias fallan— los hijos sufren, se duelen, a veces toman distancia; pero el Espíritu los sigue llamando a no mirar la Iglesia solo desde sus heridas, sino desde la esperanza de la sanación.

Kasper insiste en algo que conviene escuchar: la unidad de la Iglesia no viene de sus estructuras ni de sus reglamentos, por necesarios que sean. Viene del Espíritu. Por eso la unidad de la Iglesia es siempre un don antes que un logro. Recibimos la unidad; no la fabricamos. Y la conservamos en la medida en que permanecemos abiertos a Aquel que la sostiene.

Hay momentos en que la Iglesia visible decepciona. Sus miembros fallan, sus pastores cometen errores, sus instituciones muestran sus límites humanos. En esos momentos puede nacer la tentación de tomar distancia, de mirar la Iglesia solo desde sus heridas y decir que uno ya no se reconoce en ella. Conozco esa tentación. La he sentido. Pero quedarse ahí sería confundir la familia con sus peores momentos, y perder de vista al Espíritu que la habita y que, desde dentro, siempre está obrando para sanarla y renovarla.

Pentecostés es, entre otras cosas, el cumpleaños de esa familia. El día en que el Espíritu Santo descendió sobre aquel grupo asustado en el Cenáculo y los convirtió en Iglesia. Los transformó de fugitivos en testigos, de dispersos en comunidad, de solos en familia.

Ese mismo Espíritu es el que nos une hoy. A ti y a mí, y a los que rezan en este momento en el otro extremo del mundo. Una sola familia, un solo Espíritu.

Veni Creator Spiritus

Ven, Espíritu Creador,
visita las almas de tus fieles
llena con tu divina gracia,
los corazones que creaste.

Tú, a quien llamamos Paráclito,
don de Dios Altísimo,
fuente viva, fuego,
caridad y espiritual unción.

Tú derramas sobre nosotros los siete dones;
Tú, dedo de la diestra del Padre;
Tú, fiel promesa del Padre;
que inspiras nuestras palabras.

Ilumina nuestros sentidos;
infunde tu amor en nuestros corazones;
y, con tu perpetuo auxilio,
fortalece la debilidad de nuestro cuerpo.

Aleja de nosotros al enemigo,
danos pronto la paz,
sé nuestro director y nuestro guía,
para que evitemos todo mal.

Por ti conozcamos al Padre,
al Hijo revélanos también;
Creamos en ti, su Espíritu,
por los siglos de los siglos.

Gloria a Dios Padre,
y al Hijo que resucitó,
y al Espíritu Consolador,
por los siglos de los siglos.

Amén.

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