El camino de Cuaresma 31

libérate
del miedo de hablar de Dios
a los demás

Hace muchos años, cuando comenzaba a caminar el camino de la fe, solía rezar continuamente una Novena a la Virgen. La terminaba y volvía a empezarla de nuevo. La Novena tenía un propósito para cada día, y ese día específico decía: “Hoy di un deseoso y confiado sí a todo suceso imprevisto que te suceda”. Pues te contaré que terminando la oración sonó el móvil para invitarme a dar una charla sobre María a un grupo de jóvenes. Había un pequeño problema… el grupo era de 500 muchachos y yo tengo pánico de hablar en público. Me costó mucho, pero en obediencia dije que sí y acepté la invitación.

Te confieso que esas semanas fueron difíciles. Escribí una charla preciosa —¡tenía que hablar por 60 minutos!— y la practiqué y practiqué y practiqué. Llegó el día y cuando llegamos al lugar, el predicador que estaba antes era muy fogoso y con un don de palabra increíble. Parecía que mi corazón iba en una carrera y, lo confiero, ¡tenía muuuucho miedo! Pero ya había llegado hasta allí y no podía echarme atrás. Cuando terminé pensaba que había sido un desastre, pero cuando escuché la grabación me di cuenta que no había estado tan mal… en realidad, había partes que quedaron muy buenas. El mérito no era mío, si así hubiera sido la gente se hubiera dormido o se hubieran marchado. Pero cuando somos dóciles a los impulsos del Espíritu Santo y le dejamos actuar a través nuestro, Él suple lo que nos haga falta para dar testimonio y hablar a los demás de Jesús.

Fíjate… tener miedo es de humanos, especialmente nos cuesta hablar sobre nuestra fe porque el mundo tiende a menospreciar lo que así lo hacen. Para los demás somos “fundamentalistas” o tontos o ingenuos. Pero si nosotros no le hablamos al mundo sobre Dios, ¿entonces quién va a hacerlo?

Hoy te invito a orar junto al Cardenal Eduardo Pironio, pidiéndole a Dios que nos libere de los miedos y nos conceda la gracia de gritar confiadamente las maravillas que Dios ha hecho en nuestras vidas:

Señor,
hoy necesito hablar contigo
con sencillez de pobre,
con corazón quebrantado
pero enteramente fiel.

Sufro, Señor, porque tengo miedo,
mucho miedo, más que nunca.
Yo no sé por qué,
o mejor, sí sé por qué:
porque Tú, Señor,
adorablemente lo quieres…
y yo lo acepto.

Pero también escucho tu voz de amigo:
“No tengas miedo, no se turbe tu corazón.
Soy Yo. Yo estaré contigo hasta el final.”
Repítemelo siempre Señor,
y en los momentos más difíciles,
suscita a mi alrededor almas muy simples
que me lo digan en tu nombre.

Tengo miedo, Señor, mucho miedo.
Miedo de no comprender a mis hermanos
y decirles las palabras que necesitan.
Miedo de no saber dialogar,
de no saber elegir bien a mis colaboradores,
de no saber planear tus planes,
de dejarme presionar por un grupo o por el otro,
de no ser suficientemente firme
como corresponde a un Buen Pastor,
de no saber corregir a tiempo,
de no saber sufrir en silencio,
de preocuparme excesivamente
por las cosas al modo humano,
y entonces, estoy seguro de que me irá mal.
Por eso, Señor, te pido que me ayudes.

Me hace bien sentirme pobre,
muy pobre, muy inútil y pecador.
Ahora siento profundamente mis pecados.
He pecado mucho en mi vida
y Tú me sigues buscando y amando.
Pero te repito, sigo teniendo miedo, mucho miedo.
No lo tendría si fuera más humilde.
Yo creo que me asusta la posibilidad del fracaso.
Temo fracasar, sobre todo,
después de que me esperaron tanto.
Pero no pienso que Tú también fracasaste,
que no todos aceptaron tu enseñanza.
Hubo muchos que te dejaron
porque “les resultaba dura” y absurda tu doctrina.

Nunca te fue bien, Señor:
te criticaron siempre y quisieron despeñarte.
Si no te mataron antes
fue por miedo al pueblo que te seguía.
Pero te rechazaron los sacerdotes;
te traicionó Judas; te negó Pedro;
y te abandonaron todos tus discípulos.
¿Y no sufrías Tú entonces?
Y yo, ¿quiero ser más que el Maestro
y tener más fortuna que mi Señor?

Jesús, enséñame a decir que sí
y a no dejarme aplastar por el miedo.
Amén.

Comentarios

  1. AMÉN.

    Pedro Arsenio Lavarreda Anleu

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