El camino de Cuaresma 25

adora
encuentra un momento en tu día
para acercarte a Dios
en el sagrario

En las lecturas de hoy, Jesús nos cuenta la parábola del fariseo y el publicado. El primero, siendo un hombre “religioso”, oraba como si tuviera derecho a la Misericordia de Dios. El segundo se reconocía pecador y, en su humildad, suplicaba a Dios que tuviera compasión de él. El mismo Jesús nos dice que la oración del publicano fue escuchada, mientras que la del fariseo no.

¿Qué nos enseña esta parábola? Sencillo, que nuestra actitud ante el Señor debe ser una actitud de humildad.

Nadie –absolutamente nadie– está exento de pecar. ¡Imagínate que el Papa Francisco se confiesa regularmente, y así mismo hacían Madre Teresa de Calcuta y Padre Pío (solo por mencionar dos de nuestros santos). Si ellos, que son modelos de santidad para nosotros, reconocen sus faltas y debilidades, ¡cuánto más nosotros que somos unos pobres pecadores!

Volviendo a la parábola, cuando vamos delante del Señor debemos estar conscientes que nosotros somos simples criaturas, llenas de defectos y sucias por el pecado, y aún así el Señor, que es todo Amor y perfección, nos recibe con sus brazos abiertos. ¡Ah! ¡Cuánta gracia derrama Dios sobre nosotros cuando nos acercamos con un corazón contrito al trono de su Misericordia!

Hoy te invito a acercarte con humildad al Sagrario… allí está Jesús, vivo y presente, esperándote en su forma más humilde, escondido bajo la apariencia de un pedacito de pan. Cuéntale sobre tus faltas y debilidades… y pídele que te conceda la gracia de un verdadero arrepentimiento.

Delante del sagrario oramos con esta oración de Santa Teresa de Jesús:

¡Oh Dios escondido en la prisión del sagrario!, todas las noches vengo feliz a tu lado para darte gracias por todos los beneficios que me has concedido y para pedirte perdón por las faltas que he cometido en esta jornada, que acaba de pasar como un sueño…

¡Qué feliz sería, Jesús, si hubiese sido enteramente fiel! Pero, ¡ay!, muchas veces por la noche estoy triste porque veo que hubiera podido responder mejor a tus gracias… Si hubiese estado más unida a ti, si hubiera sido más caritativa con mis hermanas, más humilde y más mortificada, me costaría menos hablar contigo en la oración.

Sin embargo, Dios mío, lejos de desalentarme a la vista de mis miserias, vengo a ti confiada, acordándome de que “no tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos”. Te pido, pues, que me cures, que me perdones, y yo, Señor, recordaré que “el alma a la que más has perdonado debe amarte también más que las otras…” Te ofrezco todos los latidos de mi corazón como otros tantos actos de amor y de reparación, y los uno a tus méritos infinitos. Y te pido, divino Esposo mío, que seas tú mismo el Reparador de mi alma y que actúes en mí sin hacer caso de mis resistencias; en una palabra, ya no quiero tener más voluntad que la tuya. Y mañana, con la ayuda de tu gracia, volveré a comenzar una vida nueva, cada uno de cuyos instantes será un acto de amor y de renuncia.

Después de haber venido así, cada noche, al pie de tu altar, llegaré por fin a la última noche de mi vida, y entonces comenzará para mí el día sin ocaso de la eternidad, en el que descansaré sobre tu divino Corazón de las luchas del destierro. Amén.


Oración de Santa Teresa de Ávila compuesta por encargo de Sor Marta para usarla en su examen de conciencia al terminar el día.

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