En los Estados Unidos, el 15 de abril tiene un significado para millones de personas: es el día que el gobierno te recuerda que existes. El famoso Tax Day. El día en que el IRS te manda a decir, con toda la cordialidad burocrática del mundo, que ya es hora de rendir cuentas.

Y yo, mirando esa fecha en el calendario, no pude evitar sonreír. Tal vez no te acuerdas, pero Jesús ya habló de esto… con dos mil años de anticipación.
Un día, unos fariseos fueron a tenderle una trampa. Le preguntaron: «¿Es lícito pagar el tributo al César, o no?»Genialidad con maldad en esa pregunta. Si Jesús decía que sí, parecía un colaborador del Imperio. Si decía que no, lo arrestaban por sedicioso. Tenían todo calculado.
Jesús pidió una moneda. La miró. Preguntó de quién era la imagen grabada en ella.
«Del César», respondieron.
Y entonces dijo lo que ninguno esperaba: «Pues lo del César devolvédselo al César, y lo de Dios, a Dios» (cf. Mt 22, 15-22).
Silencio. Nadie pudo decir nada. Se fueron.
Dos mil años después, seguimos lidiando con la primera parte de esa frase. Y nos va bastante bien —o bastante mal, dependiendo del contador que cada uno tenga— con el César. Llenamos formularios, guardamos recibos, rezamos para que el sistema no nos haga una auditoría, y al final pagamos lo que debemos. Con algo de quejido, claro, pero pagamos.
La segunda parte de la frase, sin embargo, es la que a veces se nos olvida archivar.
Porque Jesús no dijo “o”. Dijo “y”. Las dos cosas. Al mismo tiempo. No son obligaciones que se excluyen. Son obligaciones que se complementan. Cumplir con el Estado es una responsabilidad cívica. Cumplir con Dios es un deber moral.
La pregunta que me hago, y te hago, es esta: ¿dedicamos tanto esfuerzo a “rendir cuentas” con Dios como el que dedicamos a no quedar mal con el IRS?
Piénsalo. Meses antes del 15 de abril, la gente ya tiene carpetas organizadas, recibos guardados, conversaciones con contadores. Hay alarmas en el teléfono. Hay angustia. Hay planificación. No queremos deberle nada al César.
Y con Dios, ¿cuándo fue la última vez que me senté a hacer ese balance?
Hay algo más en lo que vale la pena fijarnos. El tributo al César era para sostener el orden, las obras, la paz pública. Pagar era, en cierto modo, participar en el bien común. Y Jesús no lo condenó. No llamó al boicot fiscal. Reconoció que hay estructuras humanas legítimas que merecen nuestra colaboración.
Eso incluye algo que a veces pasa desapercibido: la responsabilidad de orar por quienes nos gobiernan. San Pablo lo dice sin rodeos: «Ante todo recomiendo que se hagan plegarias, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres; por los reyes y por todos los constituidos en autoridad» (1 Tim 2, 1-2). No dice que los gobernantes tengan que ser perfectos para merecer nuestras oraciones. Dice que oremos por ellos. Porque el mundo necesita líderes que busquen la paz, y esa paz se construye—sobre todo—desde las rodillas.
Y ahora la parte que no aparece en los formularios del IRS, pero sí en los del corazón.
Jesús también paga impuestos. Lo leemos en Mateo 17, 24-27. Los recaudadores del tributo del Templo se acercan a Pedro para preguntarle si Jesús paga las a. Al llegar de vuelta, Jesús lo sorprende con otra pregunta: «¿De quién cobran tasas o tributo los reyes de la tierra, de sus hijos o de los extraños?».
«De los extraños», contestó Pedro.
Yo me imagino la sonrisa en los labios de Jesús cuando le dijo: «Por tanto, libres están los hijos».
Jesús sabía que esta era una afirmación fuerte: como Hijo de Dios, Él no tendría obligación de pagar el tributo del Templo — pero agrega: «Sin embargo, para que no les sirvamos de escándalo, vete al mar y echa el anzuelo». Y en la boca del primer pez encuentran una moneda que alcanza para los dos.
Me encanta ese momento. El Hijo de Dios paga un impuesto que técnicamente no le corresponde, para no poner tropiezos a nadie. Hay una humildad ahí que desafía. Una disposición a cumplir no por obligación legal, sino por amor a los demás.
Entonces, ¿qué le debemos a Dios?
No llenamos un formulario. No hay deadline oficial —aunque la vida misma es un deadline. Lo que Dios pide no es complicado. Tiempo. Atención. Amor. Oración. Un corazón disponible. Una vida que reconozca que todo lo bueno —el trabajo, la salud, la familia, hasta el salario del que pagamos impuestos— viene de Él.
«Lo del César devolvédselo al César, y lo de Dios, a Dios». Y, en el fondo, TODO es de Dios.
Terminamos orando con Santo Tomás Moro, patrón de los abogados y de los políticos:
Concédeme, Señor, una buena digestión, y también algo que digerir. Concédeme la salud del cuerpo, con el buen humor necesario para mantenerla. Dame, Señor, un alma santa que sepa aprovechar lo que es bueno y puro… Amén.
Santo Tomás Moro, ¡ruega por nosotros!

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