Hay semanas en que las noticias pesan. Tensiones entre naciones, palabras duras entre líderes, amenazas que van y vienen como si la guerra fuera una opción más en el menú de la política internacional. Esta semana no ha sido la excepción.

Hoy me acordaba de una historia de San Juan XXIII. Se cuenta que el Papa bueno, abrumado por el peso de los problemas del mundo que caían sobre su escritorio cada día, pasaba noches sin poder dormir. Una de esas noches, dando vueltas en la cama, se dijo a sí mismo: “Giovanni, ¿quién gobierna la Iglesia, tú o el Espíritu Santo? Pues si la gobierna el Espíritu Santo, ¿de qué te preocupas?” Y se quedó dormido.
Me parece que esa pregunta sencilla, casi infantil, esconde una verdad enorme.
San Pablo lo tenía muy claro. Escribiéndole a Timoteo, le pide algo que hoy suena casi contracultural: que se oren súplicas y acciones de gracias por todos los hombres, y especialmente por los reyes y los que tienen autoridad. ¿La razón? «Para que podamos vivir una vida tranquila y apacible con toda piedad y dignidad. Esto es bueno y agradable a Dios, nuestro Salvador, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad» (1 Tim 2, 2-4).
Todos. No solo los que nos caen bien. No solo los que gobiernan según nuestros valores. Todos.
Y luego está Jesús Resucitado que, en varias de sus apariciones, lo primero que dice a sus discípulos es: «La paz con vosotros». Lo repite, lo insiste — tres veces sólo en el capítulo 20 de Juan. Como si quisiera que esas fueran las palabras que grabaran en su corazón después de la Resurrección. No “todo va bien”, no ‘ya no hay problemas” — sino una paz que viene de Él y que el mundo no puede dar ni quitar.
Esa paz no es ingenuidad. Es la certeza de que la historia no está a merced de los que gritan más fuerte.
El pasado sábado, el Papa León XIV convocó una vigilia de oración por la paz en el Vaticano. En su discurso dijo: “La oración no es un refugio para eludir nuestras responsabilidades, no es un analgésico para evitar el dolor que desata tanta injusticia. Es, en cambio, la respuesta más gratuita, universal y disruptiva a la muerte”. Y a los gobernantes del mundo les pidió directamente: “¡Deténganse! ¡Es tiempo de paz! ¡Siéntense en mesas de diálogo y de mediación!”
Buscar la paz no es rendirse ni aceptar que la injusticia, la opresión o la amenaza queden sin respuesta. Es precisamente lo contrario: es tener la valentía de buscar soluciones que no generen más víctimas, más destrucción, más odio heredado de generación en generación. Eso, como bien sabía Juan XXIII, no depende solo de la habilidad de los diplomáticos ni de la voluntad de los líderes — depende también de que haya un pueblo que ore, que confíe en que el Espíritu Santo puede hacer lo que los hombres solos no pueden.
Mientras tanto, a nosotros nos toca orar. Y hacerlo en serio — por todos, por los que tienen el poder de encender o apagar guerras, y por los que sufren sus consecuencias. No porque la oración sea el último recurso cuando ya no hay nada más que hacer, sino porque es lo primero y lo más poderoso que tenemos.
Con las mismas palabras con que el Papa cerró aquella vigilia, hagamos nuestra esta oración:
Señor Jesús, tú venciste a la muerte sin armas ni violencia: disolviste su poder con la fuerza de la paz. Concédenos tu paz, como a las mujeres asombradas en la mañana de Pascua, como a los discípulos escondidos y asustados. Envía tu Espíritu, aliento que da vida, que reconcilia, que convierte en hermanos y hermanas a los adversarios y enemigos. Inspíranos la confianza de María, tu madre, que con el corazón desgarrado estaba al pie de tu cruz, firme en la fe de que resucitarías. Que la locura de la guerra llegue a su fin y que la tierra sea cuidada y cultivada por quienes todavía saben engendrar, saben custodiar y saben amar la vida. ¡Escúchanos, Señor de la vida! Amén.

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