Hay muchas personas que atraviesan tormentas en sus vidas. Crisis familiares, la pérdida de un ser querido, problemas de salud, situaciones que no tienen salida visible. La esperanza va desfalleciendo, surge el miedo y la paz se escapa.

Le pasó a los apóstoles mientras cruzaban el Mar de Galilea. La tormenta apretó, la barca zozobraba, y cuando todo parecía perdido, Jesús apareció caminando sobre las aguas: «Soy yo, no temáis» (Jn 6, 20).
No sé lo que estás pasando en este momento. Pero puedes tener la certeza de que Jesús conoce tu situación y viene a tu encuentro. Mientras esperamos juntos, recemos con este poema que Santa Teresa Benedicta de la Cruz —Edith Stein— escribió en 1940, en medio de la oscuridad más densa de Europa.
La tempestad
Señor, ¡cuán altas son las olas,
y qué oscura la noche!
¿No querrás iluminarla
para mí que velo solitaria?
Mantén firme el timón,
ten confianza y quédate tranquila.
Tu barca es preciosa a mis ojos,
quiero conducirla a buen puerto.
Aguanta sin desfallecer
los ojos fijos en la brújula.
Ella ayuda a llegar al final
a través de noches y tempestades.
La aguja de la brújula de a bordo
se estremece, pero se mantiene.
Ella te mostrará el cabo
a dónde que quiero verte llegar.
Ten confianza y quédate tranquila:
a través de noches y tempestades
la voluntad de Dios, fiel,
te guía si tu corazón está en vela.

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