La conversión era el centro de la predicación de Jesús: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; conviértanse y crean en la Buena Nueva» (Mc 1, 15). El corazón del hombre tiene que cambiar, abandonar el pecado y volver a Dios para encontrar la paz y la salvación. Pero la conversión es un proceso que abarca toda la vida y todas las dimensiones del ser humano. El hombre sólo terminará de convertirse cuando Dios lo llame a su presencia.

La Cuaresma es un tiempo privilegiado para intensificar el camino de la propia conversión. Este camino supone cooperar con la gracia para dar muerte al hombre viejo que actúa en nosotros. Se trata de romper con el pecado que habita en nuestros corazones, alejarnos de todo aquello que nos aparta del Plan de Dios y, por consiguiente, de nuestra felicidad y realización personal.
La Cuaresma dura cuarenta días porque el número cuarenta tiene un simbolismo especial en la Biblia: fueron cuarenta los días del Diluvio Universal, cuarenta los años durante los cuales el pueblo hebreo deambuló por el desierto a la salida del exilio, que duró 400 años, y cuarenta los días que Jesús estuvo en el desierto antes de comenzar sus enseñanzas.
Se dice que es tiempo de ayuno y abstinencia. No obstante, tal como se lee en un pasaje del libro de Isaías el ayuno agradable a Dios consiste «en compartir el pan con el hambriento, dejar entrar en la casa a los pobres sin techo, vestir al que se ve desnudo y no volver la espalda a los demás» (Is 58, 7).
Y tú, ¿ya estás listo para iniciar el camino de Cuaresma?
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Adaptación del Cuaresmario Mariano / Padre Marcelo

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