¿Damos frutos? ¿Y cómo es ese fruto? Parecen preguntas extrañas, pero el Evangelio de hoy, San Lucas 6, 39-45, nos lleva a meditar sobre nuestra vida y los frutos que damos. Dice la Palabra: «No hay árbol sano que dé fruto dañado, ni árbol dañado que dé fruto sano. Cada árbol se conoce por su fruto.»

Podemos pensar que el fruto que damos no es bueno, pues entonces necesitamos que Jesús nos cambie, pero desde la raíz. Él vino a transformarnos el corazón, para que seamos “árboles que dan buen fruto.”
Este es un proceso que se va dando lentamente en nuestro interior. La oración y los sacramentos son herramientas importantísimas para ayudarnos, pero también debemos recurrir a la Confesión, reconociendo de corazón nuestras faltas.
Cuando nos confesamos, reconocemos que lo necesitamos a Él y le permitimos obrar en nuestro corazón. El arrepentimiento, humilde y sincero, nos lleva a sanar nuestro interior. Jesús quiere perdonarnos y que experimentemos la paz que solo viene de Él.
Recientemente, alguien me dijo que se le hacía difícil controlar su temperamento y que reconocía haber maltratado de palabra a algunos a su alrededor. Le dije que el reconocer nuestras faltas es un importante primer paso para lograr un cambio de raíz.
Pronto comienza la Cuaresma, tiempo de acercarse humildemente al Señor. Te invito a tomar en serio este tiempo litúrgico. Que no sea sólo una Cuaresma más. Sino que nos lleve a acercarnos a Aquel que dio su vida por nosotros, aunque no lo merecíamos.
“No nos cansemos de orar. Jesús nos ha enseñado que es necesario ‘orar siempre sin desanimarse’. Necesitamos orar porque necesitamos a Dios. Pensar que nos bastamos a nosotros mismos es una ilusión peligrosa” – Papa Francisco.
Señor, necesito tu amor transformador, te presento mi pequeñez, para que me cambies de raíz.
¡Adelante con fe!
Diácono Richie

Tienes algo que decir
Te invitamos a comentar, aportar, sugerir, elogiar, objetar, refutar... sobre los temas y artículos que aquí presentamos.