Por desgracia la vida es difícil, complicada, oscura. Pasan demasiadas cosas malas y, además, desayunamos leyendo en el periódico las desgracias del día anterior. Así la jornada comienza pesada y triste, y salimos a caminar por un desierto emocional en el que los esfuerzos parecen inútiles, como si nunca fuéramos a ver más que la arena de los problemas cotidianos, asediados por la crisis, quemados por el sol de las obligaciones que nos agota y nos seca. Muchos días nos sucede que no tenemos fuerzas, que no vemos claro el horizonte, que sentimos que los atisbos de algo bueno son solamente espejismos. Sí, en la vida también hay época de desierto (“noche oscura” la llamó san Juan de la Cruz) en la que no hay futuro y todo pesa terriblemente. La cultura dominante huye de estos momentos o intenta ocultarlos.

Los cristianos sin embargo pasamos por ellos con otro espíritu. Enfrentamos las desdichas con fe y esperanza. Quizás dentro de nosotros nos sentimos rotos, vacíos, con aridez en la vida de oración, incluso como si Dios nos hubiera abandonado. La historia de la Iglesia está plagada de ejemplos edificantes que nos ayudan en este momento. El “desierto espiritual” existe y se produce. Nadie está exento de este peligro. Santa Teresa de Jesús, Santa Teresa de Calcuta… tantos otros han pasado por él y han hablado de él. Su ejemplo nos ayuda hoy y cada vez que estemos en una situación semejante. A pesar de la amargura dolorosa que supone, los santos que sufrieron esta experiencia interior del desierto espiritual se mantuvieron firmes en su vocación y en su compromiso con el Señor y con la Iglesia. Nos demuestran que el amor está en la voluntad, no en el sentimiento. Amar es una decisión. Y se puede decidir amar incluso en el desierto.
Hoy nos preguntamos: ¿Caigo fácilmente en la desesperación?
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Juan L. Calderón
Un nuevo comienzo, Reflexiones diarias para Cuaresma y Pascua.

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