Un fariseo oraba en el templo para que todos lo vieran y demostrar así que era un fiel cumplidor de la ley. El orgullo y el desprecio por los demás no le permitían entender que necesitaba la misericordia de Dios. Pensaba que sus muchos méritos y buenas obras eran suficientes para ‘ganarse’ el cielo.

Por otro lado, vemos a un publicano que reconocía sus faltas. Se confesaba pecador y con la cabeza baja imploraba misericordia: «Dios mío, apiádate de mí, que soy un pecador.» Sabía que él solo no podía salvarse y necesitaba de Dios.
En el Evangelio de hoy, tomado de San Lucas 18, 9-14, Jesús comparte esta parábola para enseñarnos que: «Todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido.»
A Jesús no le agradan los que se tienen por justos y se creen superiores a los demás. De hecho, la primera lectura, tomada de Eclesiástico 35, dice que el Señor «no se deja impresionar por apariencias.»
Hermanos, el mundo nos enseña a exaltar la autosuficiencia y podemos caer en el error de pensar que nuestros logros, diplomas, y mensajes lindos por las redes, nos van a hacer ganar el favor de Dios. Cuidado que no estemos viviendo una vida de hipocresía, como aquel fariseo.
Somos hijos amados de Dios y no hay nada que podamos hacer para que nos ame más o nos ame menos. No importa la falta que hayamos cometido.
El llamado hoy es a acercarnos confiados y humildes, suplicando su perdón y su misericordia. Llamados a superar nuestro ego, sabiendo que depender de Dios y de los demás no es signo de debilidad, sino de fortaleza espiritual, y que la humildad es una virtud que nos abre las puertas del cielo.
Dice el Papa León que la humildad es “ser libres de uno mismo.”
¡Adelante con fe!
Diácono Richie

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