Recientemente les hablaba a un grupo de niños del Colegio Marista sobre la Eucaristía. Al final uno se acercó con inocencia y curiosidad y me preguntó: ¿Por qué Jesús se quedó en el pan? Le dije que por amor a ti y a mí. A aquel niño le cambió el rostro.

En el Evangelio de hoy, tomado de San Mateo 22, 34-40, quieren poner a prueba a Jesús, pero este respondió con total claridad: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser».
Pregunto yo: ¿Hay en nuestras vidas algo más importante que amar a Dios? Creo que todos podemos estar de acuerdo y responder que no hay nada más importante. Pero una cosa es lo que decimos y otra lo que hacemos. A veces, cuando nos vemos llenos de tareas, quizás inconscientemente, le quitamos prominencia a Dios. Por ejemplo, cuando posponemos nuestro rato de oración o cuando no acudimos a los sacramentos con frecuencia, entre otros.
Luego Jesús añade: «Y el segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Pienso que esta es la parte más difícil, pues nos está diciendo que no podemos amar a Dios sin amar a los demás. Eso incluye a los que no nos caen bien, los que nos han hecho daño, los que juzgamos como “diferentes”, etc.
Cuando amamos al prójimo, estamos amando a un hijo de Dios; por ende, estamos también amando a Dios, y cuando amamos a Dios, se nos hará más fácil amar a los demás. Nuestro amor por los demás hace visible nuestro amor a Dios y ese amor es contagioso. Decía San Juan de la Cruz: “Donde no hay amor, pon amor y encontrarás amor”.
Señor, ayúdame a amarte a ti y a todos los que me encuentro en el día.
¡Adelante con fe!
Diácono Richie

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