Esperando en el terminal del aeropuerto, veo a un joven pasar con una camisa que decía: “Yo era aquel por quien dejó las 99”. Era una clara referencia a la parábola de la oveja perdida, cuando Jesús dejó las noventa y nueve para ir a buscar a una perdida. Hubiera querido conversar con él, pero caminaba de prisa. Ahora bien, me atrevo a asegurar que este joven había tenido un hermoso encuentro con Cristo y se sabía infinitamente amado por Él.

El Evangelio de hoy es el del impuesto debido al César, tomado de San Mateo 22, 15-21, en el que Jesús llama “hipócritas” a aquellos que querían tenderle una trampa. En el griego antiguo, la palabra “hipócrita” se usaba en el teatro para referirse a un actor que se ponía una máscara para representar un personaje. Luego comenzó a utilizarse en la vida diaria.
Hermanos, Jesús no tuvo problemas con los pecadores que se reconocían como tales, inclusive comía con ellos. Pero desató sus palabras más duras contra los hipócritas: aquellos que pretendían ser santos por fuera, pero estaban vacíos por dentro.
Somos hipócritas cuando decimos una cosa y luego hacemos otra. Como cuando les decimos a nuestros hijos que no estén tanto tiempo en el celular y nosotros lo estamos, etc.
Todos somos susceptibles a la hipocresía; es una de las consecuencias de nuestra naturaleza de pecado. Por lo que debemos examinarnos cuidadosamente para identificar las veces que las palabras y los actos no concuerdan.
La buena noticia es que el Señor comprende nuestras luchas y, como en aquella camisa, sale a buscarnos sin titubear para salvarnos. Cuanto más capaces seamos de vivir auténticamente nuestra fe, no sólo de boca, más podremos ser verdaderos testigos de Jesús. Él quiere que tengamos una relación íntima y que ofrezcamos cada momento del día para salvar almas y darle gloria.
Señor, quiero estar más cerca de ti; no me sueltes.
¡Adelante con fe!
Diácono Richie

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